borges, escritor del siglo xxi

 

Silvia N. Barei

Universidad de Córdoba

 

No trabajó para la posteridad, ni aún para Dios, de cuyas preferencias literarias poco sabía. Minucioso, inmóvil, secreto, urdió en el tiempo su alto laberinto invisible.

J. L. Borges, “El milagro secreto”

 

Podría decirse que en la última década del siglo xx comenzó a leerse otro Borges. No sólo aquel canonizado a partir de 1955-1960, el famoso escritor de poemas y relatos como “El hombre de la esquina rosada,” “El jardín de los senderos que se bifurcan,” “El Aleph,” “El hacedor,” “El informe de Brodie” ―entre sus textos más conocidos y citados―, sino a un Borges que empezó a ser editado o reeditado después de mucho tiempo. (Pienso en El tamaño de mi esperanza, Inquisiciones, El idioma de los argentinos, los textos publicados en Crítica, en Sur, en El Hogar, El lenguaje de Buenos Aires).

“A la realidad le gustan los anacronismos y las leves asimetrías,” dice el narrador de “El Sur” (Obras 525). Pues justamente, estamos leyendo a Borges anacrónica y asimétricamente, reconociendo textos anteriores, aquellos de los que poco o nada conocíamos y que, por lo tanto, iluminan su obra de otro modo y crean una genealogía invertida, lecturas desplazadas y múltiples que a él le hubieran deleitado.

En una especie de deriva incesante Borges es leído y reescrito en un sistema de relaciones infinito y creo que esto tal vez es posible porque Borges es un escritor de declarados arrabales y de un solo centro: la biblioteca.

El presente de Borges, las formas posibles de leerlo en este nuevo siglo consistirán seguramente en recuperar este/su mundo: la biblioteca, todas las bibliotecas que él transitó infatigablemente, las bibliotecas que son, sin embargo, una sola: la de su padre, la suya propia, la de sus amigos ―especialmente la de Bioy Casares―, aquellas de las que fue dependiente o director, las bibliotecas del mundo que lo deslumbraron ―como la del Dublin de Joyce― y las bibliotecas “ilusorias” como las que transitan sus personajes o como la de Babel, de la que Liberato Santoro Brienza asegura en el texto escrito para este volumen, que existe en la realidad.

Uno de sus poemas más bellos fue escrito siendo director de la Biblioteca Nacional, poema en el que recuerda, “con vago horror sagrado,” a otro hombre, también de dos mundos ―el francés que decidió ser argentino, Paul Groussac―, también ciego, también director de la misma biblioteca. Borges es Borges, pero así mismo y de algún modo, es el otro entre las altas paredes tapizadas de libros.

Uno puede preguntarse entonces: ¿estamos recuperando acaso, el legado de una escritura que se configura en la lectura, en una genealogía de repeticiones textuales inscripta en los volúmenes sin orillas de una biblioteca infinita?

Sólo el postulado borgeano de una biblioteca babélica soporta la escritura de historias textuales hechas de lecturas iterativas que soslayan la linealidad del tiempo: sólo esa biblioteca infinita montada sólidamente sobre los cimientos del idealismo, suspende nuestra inscripción en la realidad y soporta la asombrosa legibilidad de Borges, más allá de su muerte, sus aniversarios, sus propios deseos de ilegibilidad y de olvido.

Por ello en este volumen, consagrado a su nombre a 20 años de su muerte, Borges vuelve en los laberintos de Umberto Eco y los dibujos de Escher (Liberato Santoro Brienza), en la historieta y el cine (Manuel Cáceres Sánchez), en los diálogos inevitables con la literatura argentina (Pampa Arán, Ana Camblong), en las traducciones que suscita su obra creada también a partir del universo de sus propias lecturas, traducciones  y reescrituras  (Klaarika Karldjärdv, Antonio Melis, Gabriel Linares), o en las ciudades que habitaron sus dobles y sus palabras (Christina Komi Kallinikos).

 

De la libertad

Sabemos que Borges creía en una trama férrea que rige nuestras vidas, a veces sacudida por el azar e inmune a la voluntad del hombre. Por ello convocará reiteradamente para él y para sus personajes un destino, hecho de “repeticiones”, “variantes” y “simetrías” (Obras 719).

Si somos juguetes del destino, un sueño de dioses ignotos que tejen y destejen esta vida, ¿en donde radica entonces la libertad que se juega en su escritura y el desafío actual de su lectura?

 A fuerza de quebrar la linealidad de las lecturas, Borges toma distancias de las fijaciones de la historia tradicional puesto que la dimensión crítica de su saber se vincula con la idea de volver extraño algo habitual, para a partir de allí, cambiar los modos de percepción.

En 1930, ni la estética del video-clip ni de los hipertextos se había inventado. Es cierto que las vanguardias rompían, de la manera más espectacular que podían, con las formas tradicionales de la escritura (sobre todo con el realismo) y las nuevas imposiciones de la cultura de masas.

Pero el arte de la mezcla, el desdibujamiento de lo real, la noción de simulacro, la desmitificación de formas consagradas y los nuevos modos de lectura que permiten recombinar escrituras sin orden jerárquico y por lo tanto, proponer formas diferentes de percepción, convierten a Borges en un hombre del siglo xxi, o mejor aun, como sostiene  en este volumen Graciela Ricci, un hombre que pensó “en términos de relaciones y de procesos” tal como lo propone el actual paradigma de la complejidad.

Siendo estudiante en la década del 70 en la Universidad de Córdoba, con Borges aun viviendo en Buenos Aires, yendo y viniendo por el mundo, cuando lo admirábamos y atacábamos  simultáneamente, un profesor nos dijo: “Borges escribe para los lectores del próximo siglo.” Esa frase aún resuena en mi memoria, porque lo que no alcanzábamos a ver aquellos que creíamos que América Latina estaba a las puertas de la revolución socialista y del “hombre nuevo,” es que Borges estaba creando ―ya lo había creado― un nuevo escritor, y fundamentalmente, un nuevo lector, o mejor dicho, una relación diferente con los lectores o como ha escrito recientemente Ricardo Piglia “lo otro del lector ... No sólo qué lee sino también con quién se enfrenta el que lee, con quién dialoga y negocia esa forma de construir el sentido que es la lectura” (31).

Su visión era menos utópica que la visión tradicional del intelectual, desde Voltaire a Sartre, que es la que los jóvenes estudiantes le exigíamos: un discurso radicalizado sobre el mundo y la propuesta de un cambio total. Su concepción del trabajo intelectual era más modesta: a partir de una competencia particular de lectura/escritura, se propuso inquietar. Inquietar para una cierta toma de conciencia, que es la posibilidad de un cambio en las formas de ver el arte, de concebir el mundo y la vida, y elaboró a partir de poemas y relatos aparentemente “sólo pasatiempos literarios,” un “proyecto multifacético ―social, ideológico, cultural, geopolítico―” como dice Christina Karageorgou-Bastea en el trabajo incluido en este volumen.

Poco afecto a las declaraciones públicas, a los partidos políticos y a las formas declamatorias, prefirió pensar que, abatidos los muros exteriores, la revolución es una exigencia interior, un ideal desde el cual inventamos nuestra propia vida, una pasión que nos conduce a librar un combate perpetuo, a vivir en una tensión creativa, a ensayar ser otros para ser nosotros mismos.

Consciente de los inamovibles parámetros del nacimiento y de la muerte, conservador, escéptico e individualista, Borges atisbó la libertad humana y la ejerció en las circunstancias de su propia vida.

Libertad para elegir la ciudad donde siempre quiso vivir: “Buenos Aires, yo sigo caminando / por tus esquinas, sin por qué ni cuándo” (Obras 982).

Libertad para decidir el lugar donde quiso morir: “Ginebra, otra de mis patrias” (Los conjurados 95).

Libertad para inventar una tradición y una genealogía caprichosa para sus lecturas, en la que todos los autores se multiplican y todos son el mismo: “Durante años, yo creí que la casi infinita literatura estaba en un hombre. Ese hombre fue Carlyle, fue Johannes Becher, fue Withman, fue Rafael Cansinos Assens, fue De Quincey” (Obras 716).

Libertad para pensar la filosofía como literatura o como antifilosofía, como señala en su estudio Bruno Bosteels y para cuestionar dogmas consagrados pensándolos ilusorios: “Yo no puedo creer en un Dios que se hace hombre, que se concibe como un ser bello y se autoestima a salvar a los pobres de espíritu, a los humildes y después se condena a morir. Ese Dios me parece un poco racista, excluyente, pretencioso” (Borges citado en Alifano, Borges 107).

Libertad para denunciar los regímenes totalitarios: “El nazismo ... es inhabitable; los hombres sólo pueden morir por él, mentir por él, matar y ensangrentar por él. Nadie, en la soledad central de su yo, puede anhelar que triunfe”  (Obras 728).

Libertad para ejercer el humor de maneras diferentes, es decir, burlándose de sí mismo: “mi fama es una prueba de lo disparatada que es la época que nos toca vivir” (Borges citado en Alifano, El humor 214)

Libertad para cuestionar los mitos: “Gardel es un malevo sentimental, un compadre con sonrisa de oreja a oreja, pero un compadre francés” (Alifano, Biografía 174)

Libertad para aceptar con estoica resignación aquello frente a lo que no tuvo libertad de opción, la ceguera: “A los otros les queda el universo; /a mi penumbra, el hábito del verso” (Los conjurados 55)

Libertad para pensar finalmente, que el arte amplía con su propia ambigüedad los espacios del mundo y trasciende la efímera vida de los hombres:

Pido a mis dioses o la suma del tiempo

que mis días merezcan el olvido,

que mi nombre sea Nadie como el de Ulises,

pero que algún verso perdure

en la noche propicia a la memoria

o en las mañanas de los hombres. (Obras 229)

 

Los muchos presentes

Ya en la Historia universal de la infamia de 1935, Borges formula en clave narrativa esta estética: otros hombres han hecho los mismos gestos que nosotros, por lo tanto, nadie escribe desde la nada, nadie escribe si no es mezclando lo que leyó. La escritura es escritura de lecturas y no de invenciones originales. Desde la(s) biblioteca(s) Borges intenta deslizarse por la trama de los textos; sabe que hay voces que lo preceden y que él es tan irreal como cualquier personaje.

“La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma,” dice en “La biblioteca de Babel” (Obras 465). Y el origen no está en el texto más antiguo, en el más preciado y más valioso para la tradición, sino en un texto cualquiera ―real o imaginario―, capaz de permitir remontar otros textos, capaz de admitir la prueba del método regresivo para constituirse en el tronco generador de las ramas del linaje; de su propio linaje que hoy leemos sobre un fondo de permanencia, en un gesto de inversión temporal que instaura no una diacronía, sino una genealogía inversa, leída, descubierta desde este nuevo siglo para atrás, una heterotopía que inquietó hace tiempo a un lector como Foucault. Para éste, “las heterotopías inquietan sin duda, porque minan secretamente el lenguaje, porque impiden nombrar esto y aquello, porque rompen los nombres comunes o los enmascaran, porque arruinan de antemano la sintaxis” (3).

 La forma alternativa que Borges adopta para organizar las estirpes textuales cuestiona el modo tradicional de lectura e instaura la arbitrariedad, lo fuera de lugar, la variación en el ordenamiento (¿des-ordenamiento?) de la biblioteca que recuerda más las conexiones rizomáticas de los actuales internautas. Éstos soslayan ―de una manera que sin duda a Borges le hubiera deleitado― la paternidad textual, la existencia exacta de cada cosa, las identidades rigurosamente regladas y las formas inmóviles o puramente sucesivas.

Los márgenes y las conexiones de los textos no están rigurosamente demarcados: su supuesta unidad se desmorona a cada instante, envuelta en un sistema de citas como un nudo (un sitio) en la red: apenas se la interroga, la evidencia de su unidad y de su origen posible, se vuelven variables, relativos y permutables.

En la obra de Borges, los detalles y las minucias suponen un movimiento que, en el campo de su constitución, despliega relaciones entre diferentes tipos de textos y de autores que se desconocen ―se desconocían hasta entonces. Desmigajada la propiedad, la autenticidad y la sustancia del sujeto, resulta imposible determinar quién es el autor, el lector seguro, de la pululante multiplicidad de los textos de la Biblioteca, de ese se escribe que soslaya escrupulosamente el yo escribo, aboliéndolo en las blancas páginas de los libros tal como lo estudian particularmente Cristina Bulacio y Alberto del Pozo en las reflexiones que aquí se incluyen.

Palabra por palabra, línea por línea Pierre Menard repitió el Quijote de Cervantes: Cervantes ya estaba prefigurado en el gesto del escritor imaginario porque a su vez repitió el gesto de otro: palabra por palabra y línea por línea, a Cide Hamete Benengeli.

Por eso Borges y los personajes de Borges son siempre uno y otro, una estratificación de su ser interior proyectados de maneras diferentes hacia el exterior: es el alemán Dalhmann, muriendo en duelo criollo, es la cautiva inglesa o el niño robado que eligen la toldería, es Tadeo Isidoro Cruz apostando por el gaucho matrero, es el nazi Otto Dietrich confundido con el poeta judío a quien persigue, es Kilpatrick, héroe y traidor de Irlanda, es Zaid, el cobarde, quien se hace pasar por el valiente Abenjacán el Bojarí,  es el mismo Borges en los mismos pasos de Paul Groussac.

Este Borges que jugaba a no saber si era él o el otro quien figuraba en un diccionario biográfico, vuelve en este nuevo siglo desde lejanas orillas y acomoda pacientemente los libros en los altos anaqueles de su biblioteca. Recuerda que su trabajo es el de un minucioso genealogista que, obligado a ordenar los innumerables volúmenes del vasto recinto, necesita de un método preciso que le ayude a llevar a cabo su tarea final: la de ordenar el universo. Ya lo sabía cuando en uno de sus primeros libros había escrito: “Esta vocación de vivir que nos impone las elecciones ominosas de la pasión, de la amistad, de la enemistad, nos impone otra de menos responsable importancia: la de resolver este mundo” (Borges, El idioma 6).

Conjetura que esa tarea es tan vasta que ocupará todos sus días. Sabe que, precipitado en un punto cualquiera del tiempo y del espacio infinitos, la muerte lo sorprenderá sin haber cumplido esa debida labor que no es menos vana que su vida.

Por ello, este volumen que aquí presentamos pretende ser un acercamiento actualizado a un escritor que en este nuevo siglo ya es un “clásico” tal como señalara Josefina Ludmer, a pocos años de la muerte de Borges:

Un clásico es el que puede ser usado como presente por muchos presentes: no podemos leer, no podemos usar a Borges de otro modo, ahora. El mismo escribió con su literatura el código literario (la lengua y la ley) con el que lo leemos. Quiero decir que él fue y sigue siendo para nosotros la literatura. (236)

 

Obras citadas

 

Alifano, Roberto. Borges. Biografía verbal. Barcelona: Plaza & Janés, 1988.

---. El humor de Borges. Buenos Aires: Ediciones de la Urraca, 1996.

Borges, Jorge Luis. Obras completas.  Buenos Aires: Emecé, 1970.

---. El tamaño de mi esperanza. Buenos Aires: Seix-Barral, 1993.

---. Inquisiciones. Buenos Aires: Seix-Barral, 1993.

---. El idioma de los argentinos.  Buenos Aires: Seix-Barral, 1994.

Foucault, Michel. Las palabras y las cosas.  Barcelona: Planeta-Agostini, 1989.

Ludmer, Josefina. El género gauchesco. Un tratado sobre la patria. Buenos Aires: Sudamericana, 1988.

Piglia, Ricardo. El último lector. Buenos Aires: Anagrama, 2005.

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