“funes el memorioso” o de la memoria-diálogo

 

Christina Karageorgou-Bastea

Vanderbilt University

 

We can remember thanks to the fact that somebody has remembered before us, that other people in the past have challenged death and terror on the basis of their memory. Remembering has to be conceived as a highly inter-subjective relationship.

Luisa Passerini, Memory and Totalitarianism

 

Considerar la memoria relación intersubjetiva permite ver la hibridación de discursos y la heterogeneidad de acentos, de los que están hechos los recuerdos, como factores principales para del entendimiento del pasado. En este sentido, la historia no es temporalidad ida. La interacción humana en la representación discursiva del pasado implica compromisos, esperanza, auto-censura, proyección en el futuro, intereses, mentiras, errores, imposibilidades, imaginación, entre otros elementos, y se sitúa en la espaciotemporalidad actual del ser, definida siempre por su relación con el otro —el grupo social, el contendiente, el habitante del pueblo vecino, el historiador, etc. Lo anterior intensifica la conciencia de la calidad moral del ejercicio historiográfico, valorando abiertamente, por sobre los datos, su interpretación tanto por el emisor de la información como por el receptor. La historia oral, disciplina revolucionaria dentro de las humanidades de los últimos 40 años, ha puesto en el proscenio científico el diálogo como motor de la escritura historiográfica. La intensa heteroglosia de la memoria revelada por los historiadores oralistas, ha comprobado que el pasado no es tan sólo producto de yuxtaposiciones de fuerzas sociales —grupos, partidos, clases, naciones, ideologías—, sino de contradicciones, incongruencias, coerciones, y debilidades internas, en los grupos y los individuos.

Esta historia que es a la vez acto y discurso en la esfera de la vida se vuelve memoria-diálogo en la literatura. Escrito mayormente en modalidades temporales pretéritas, el corpus literario de la humanidad recuerda acontecimientos que representan evocaciones encarnadas, y al ser leído, pasa a formar parte de la memoria colectiva e individual. Ejemplar como práctica de esta índole es “Funes el memorioso,” un relato que rescata del olvido el encuentro entre un narrador argentino y un mnemonista uruguayo. Hasta la fecha la crítica ha adoptado posturas a favor o en contra de la actividad recordatoria perfecta o selectiva representadas en el cuento por los dos protagonistas. Hay quienes ven en Funes al gran artista, la máquina inútil, al nominalista superado, una réplica de dios o de Borges, una crítica o la fiel adhesión a la modernidad, visiones proféticas de la posmodernidad, la tribuna desde donde se aclama la identidad, el altar en el que se venera la universalidad del espíritu, al realista más aferrado o al idealista más acérrimo. Si bien cada una de estas interpretaciones tiene suficiente apoyo textual, desde la perspectiva de la memoria-diálogo, los hallazgos analíticos no terminan de hacer justicia al proyecto multifacético ¾social, ideológico, cultural, geopolítico¾ que propone el cuento.

Mi intención en lo que sigue es doble, desenredar las dubitaciones y aporías que el monólogo del narrador uniforma y develar las afirmaciones éticas, ideológicas, y políticas en este diálogo sobre la memoria. Opto por ver el texto no como la afirmación de dos posturas, sino como un puesta en escena de la memoria como diálogo inquietante, lleno de tentativas, retiradas, errores, olvidos, pretensiones, dudas, lugares comunes, reflejos culturales. Esto dará paso a una apreciación renovada de los personajes considerados hasta ahora como portavoces sombríos de tendencias filosóficas. Propongo enfrentarlos como conciencias encarnadas, es decir, en evolución y diálogos externos, internos, explícitos e implícitos. Con todo esto, pretendo hacer visible un encuentro dialógico por caminos que Borges sembró de dudas, contradicciones, pero también de esperanza.

Si la memoria es lo que nos funda en tanto individuos, si es la quintaesencia y la razón constitutiva de una comunidad, de una cultura o de una nación, entonces, el modelo mnemotécnico creado de “Funes el memorioso” toca ante todo la esfera de lo político porque rige las relaciones del individuo con la comunidad, del presente con el pasado y el futuro, de la esperanza con la vida. La manera de recordar, entretejida con la clase social, la pertenencia racial, el bagaje educativo, el cuerpo y sus coordenadas, es presentada en el texto como aquel elemento gracias al cual la palabra se encarna, se vuelve parte viva de un diálogo. Más que un tratado ficticio en contra del nominalismo, una loa imaginaria a la universalidad de las ideas o una prueba del relativismo escondido hábilmente detrás de todo proceso cognoscitivo, me parece pertinente ver el cuento como un diálogo sobre la dimensión política de las memorias. Aceptando que “Funes el memorioso” es el registro inventado de contradicciones dinámicas, hay que seguir el proceso de evaluación que el texto pone en marcha, desde la memoria extraordinaria hasta la que es sinónimo de un vaciadero de basuras. Con reconocer, desbrozar y evaluar la polémica entre las cosmovisiones que se encuentran en el texto, se puede dar cuenta del legado borgeano al siglo xxi.

Desde los la década del70, los historiadores se acercaron a la literatura no sólo para renovar la metodología de su oficio, sino para reorientar el estudio del pasado con base en una asunción que, bajo su carácter formal ¾la afinidad genérica entre historiografía y prosa narrativa¾, escondía una exigencia deontológica: encontrar y defender la relación entre epistemología ¾discurso¾ y subjetividad ¾su agente. Para algunos, esta reivindicación se encuentra en la base del derrumbamiento posmoderno de seguridades, y de la elevación de la duda en principio constructor de micro-narraciones, capaz de dar cuenta del pasado. Para otros, cuestionar la relación del sujeto con su cometido exacerbó la ideologización de ciencia y literatura. Donde unos vieron la preeminencia relativista del sujeto, otros advirtieron la índole social de la identidad individual y la integración ética de su quehacer. Aquí entronca el cuento de Borges con la práctica oralista de la historiografía: en la puesta en escena de la vacilación axiológica que todo recordar conlleva.

Entre ambas formas de narrar el pasado ¾la historia oral y el cuento borgeano¾ hay similitudes tales como la forma de diálogo para la colección del material, el interés por la memoria como contraparte y al mismo tiempo como elemento constitutivo de la realidad, el uso de la transcripción de la oralidad a la escritura, la relación entre entrevistado y entrevistador, y las tradiciones que rigen su interdependencia jerárquica.[1] La historia oral ha optado reiteradas veces por dispositivos analíticos literarios, y sus representantes fraternizan más con el estudio de la literatura que con el de la historiografía tradicional.[2] Por supuesto, hay un mar de diferencias ¾metodológicas, cognitivas, intencionales, etc.¾ entre el cuento de Borges y cualquier investigación llevada a cabo por un historiador oralista. No obstante todo lo anterior, mi comparación se superpone a estas diferencias, a la vez que se hace posible a causa de algo mucho más profundo que las similitudes estructurales; se basa en que la memoria, en tanto espacio de saber inter-subjetivo, mismo que subyace y sistematiza las premisas de la historia oral, es lo que posibilita una interpretación política de “Funes el memorioso.” Como consecuencia de este parangón entre ciencia y literatura, las revelaciones epistemológicas de la historia oral ¾la eficiencia cognitiva de la perspectiva y la alteridad (Schrager 285, Portelli xiii, Passerini, “Introduction” 18), la construcción social de la memoria y su cariz axiológico (Shrager, Portelli, Passerini, passim)¾ adoptan formas estéticas y repercuten en la arquitectónica de la ficción borgeana.

Funes y el narrador sostienen una conversación que se vuelve texto escrito. Tanto el afán de este registro como su objetivo quedan en suspenso y entredicho. Borges pone en boca de su narrador: “Me parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que lo trataron escriban sobre él” (177). El lugar común, el tono insulso y la ausencia de razonamiento, en vez de afirmar el valor conmemorativo, lo echan a un vacío sin asideros obvios. Recordar a Funes queda como un acto carente de propósito y utilidad. La primera pregunta sobre la importancia de la memoria surge polémica: ¿con qué fin? La seguridad de que el pasado es la base del presente, con el que se conecta por vías subterráneas, y el credo de  que, al ocuparnos de los tiempos idos, ampliamos nuestra percepción sobre la actualidad y nuestra perspicacia para mirar el porvenir, se tambalean. La magnitud de Funes en cuanto signo de algo o ancestro de alguien reclama fundamentación. La negación de un interés general por el que Funes se tiene que guardar en la memoria revela la importancia de perspectiva y destino de la memoria: el cuento implica que la trascendencia de la memoria está inexorablemente atada a la definición del lugar desde donde nace y adonde se dirige la necesidad del acto recordatorio.

El punto de vista y el propósito del volumen sobre Funes brillan por su ausencia. Para llenar este vacío textual, la crítica ha ensayado diferentes explicaciones: Nicolás Emilio Álvarez considera el testimonio colectivo como homenaje a Funes (147), lo mismo que Verónica Cortínez (156), mientras Ilán Stavans dice que se trata de un volumen “dedicado a ‘la memoria’ de Funes” (99), jugando en esta frase con el recuerdo de Funes y su modo de recordar. Robert Folger aventura la hipótesis de un libro que sigue la tradición de aquéllos dedicados a hombres ilustres (132), y James Fernández supone que es una biografía póstuma que transformará a Funes en héroe nacional (241). En cada una de estas interpretaciones se encuentran las líneas de un diálogo que el texto propicia, y cuyo propósito es resaltar el papel clave que desempeña en la creación de un texto-recordatorio la finalidad entretejida en su concepción.

La intención de los editores ¾registrar el recuerdo de todos aquellos que trataron a Funes¾ pone en abismo la memoria total del protagonista, a la vez que resalta las dificultades que presenta el deseo de un recuerdo total. No obstante las similitudes, entre ambos proyectos sin fin ¾el recuerdo de los que conocieron al personaje y la memoria total de Funes¾ hay una gran diferencia: la labor del volumen colectivo, imprecisa y caótica como la presenta irónicamente Borges, apunta hacia la creencia de que el conocimiento del pasado es labor de conjunto, no privilegio de la evocación personal y aislada. El volumen por venir se quiere encuentro y orquestación de voces, hibridación discursiva ¾oralidad/escritura, ensayo/biografía¾, enfrentamiento de tiempos. Mientras Funes, por medio de su memoria, pone en marcha la abolición de la perspectiva, del encuentro dialógico, del paso de la oralidad a la escritura ya que, según el narrador, “lo pensado una vez no podía borrársele” (Borges 182), instaurando el monólogo en centro de su ser.

La consecuencia inmediata de recordar todo es que visitar el pasado significa cancelar el presente y el futuro: “Podía reconstruir todos los sueños, todos los entresueños. Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero” (Borges 181). Lo exasperante de esta memoria no termina en el estancamiento del tiempo, implica anular los beneficios o simplemente los efectos de conocer el pasado, lo cual pone a prueba la misma utilidad de la historia. Funes aislado representa el callejón sin salida del monólogo, aunque éste sea la suma referencial de todas las voces. Y es que suma es diferente de relación, y este cuento sólo se pone en marcha si se hace justicia al más difícil de sus contenidos: el diálogo de la memoria o la memoria del diálogo.

“Arribo, ahora, al más difícil punto de mi relato. Éste (bueno es que ya lo sepa el lector) no tiene otro argumento que ese diálogo de hace ya medio siglo” (Borges 180), dice el narrador, subrayando la forma del evento. El diálogo que en este punto de la narración se hace explícito ha existido desde un inicio del relato y continuará a pesar del “estilo indirecto […] remoto y débil” (Borges 180). Sobre él se han construido subrepticiamente los personajes. Desde el principio, cada uno de éstos ha ocupado cierto espacio social, geográfico, cultural. El diálogo se da entre un argentino y un uruguayo, un vivo y un muerto, un burgués pretencioso y el prodigioso hijo natural de una lavandera, un memorialista imperfecto y un mnemonista extraordinario. Encontrar la manera de romper la polarización improductiva entre argentino vs. uruguayo, educado formalmente vs. autodidacta, burgués de alcurnia vs. proletario-hijo natural, pasado vs. presente, escritura vs. oralidad, memoria selectiva vs. memoria total, universalismo vs. individualismo, idealismo vs. positivismo, abstracción vs. experiencia, es el esfuerzo ético y estético del cuento, de la conversación al cabo de la cual Funes y el narrador serán recuerdo orquestado.

A binomios aparentemente tan rígidos —casi maniqueos, se diría— se oponen sutilezas que Borges siembra a medida que la narración avanza. Por medio de éstas el escritor llevará las diferencias de sus héroes al nivel de un diálogo, superando la mera contraposición, cuya suma daría dos individualidades y dos cosmovisiones, dos historias registradas, pero nunca un recuerdo; pero también esquivando la reconciliación dinámica de una síntesis. El diálogo, a diferencia de la dialéctica, no opera una integración de las ideas; busca la efervescencia existencial por medio de la cual el personaje llegará a concluir su conciencia por interactuar con el resto de los actores en su ambiente narrativo. Para empezar, ambos personajes se definen en función del otro. El argentino que cruza la frontera física del Río de la Plata hacia la banda oriental, es “literato, cajetilla, porteño” (Borges 177), en la medida en que Funes, más allá de ser “precursor de los superhombres” (Borges 177), según Pedro Leandro Ipuche, es “también un compadrito de Fray Bentos, con ciertas incurables limitaciones” (Borges 178). El ser se define por y con el otro; la identidad es el punto en que se encuentran los individuos en correspondencia, evaluando y evaluándose, en una proyección recíproca entre el tú y el yo.

Es por esta deuda con el otro que el burgués de alcurnia revisará su condición familiar, y con ella su más amplia entidad socio-cultural:

El catorce de febrero me telegrafiaron de Buenos Aires que volviera inmediatamente, porque mi padre no estaba ‘nada bien’. Dios me perdone; el prestigio de ser el destinatario de un telegrama urgente, el deseo de comunicar a todo Fray Bentos la contradicción entre la forma negativa de la noticia y el perentorio adverbio, la tentación de dramatizar mi dolor, fingiendo un viril estoicismo, tal vez me distrajeron de toda posibilidad de dolor. (Borges 179-180)

Siempre en competencia con su personaje por ocupar el centro del cuento y con un gesto igual de teatral que el que critica, el narrador se desnuda ante el lector con esta apología. Tal dependencia competitiva o competencia dependiente entre sujeto y objeto de la palabra es consecuente con el hecho de que hasta casi la mitad del cuento el narrador margina el tema de Funes para hablar de sí mismo. Si bien no exento de narcisismo, el argentino entiende y explica la naturaleza de su testimonio por quién es él, su objeto y sus posibles receptores, sin que esto lo salve al final de contradicciones.[3]

Por su lado, Funes se irá definiendo conforme avanza la conversación. A lo largo del encuentro nocturno, el mnemonista revisará su pasado y se presentará como resultado de su historia para el narrador. Si bien el personaje quiere presentar su accidente como principio de una epifanía, el narrador señala: “Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos” (Borges 181). La memoria después del accidente revela la entelequia del archivo y la potencialidad característica de la acumulación de datos. Éstos se actualizan a partir del capricho, como lo señala no sin algo de sorna el narrador: “Su primer estímulo, creo, fue el desagrado de que los treinta y tres orientales requirieran dos signos y tres palabras, en lugar de un sola palabra y un solo signo” (Borges 182, el subrayado es mío). La arbitrariedad de la que Funes es capaz cuestiona el sistema en cuanto construcción racional. La respuesta del narrador tiene algo que de tan obvio resulta ingenuamente proferido:

Yo traté de explicarle que esa rapsodia de voces inconexas era precisamente lo contrario de un sistema de numeración. Le dije que decir 365 era decir tres centenas, seis decenas, cinco unidades; análisis que no existe en los ‘números’ El Negro Timoteo o manta de carne. Funes no me entendió o no quiso entenderme. (182)

La pregunta sobre por qué es necesario un sistema surge a pesar de la arrogancia desenfadada del narrador. Narcisismo, competencia, deseo de verdad, revisionismo, incongruencias, capricho, se vuelven los ingredientes polémicos de un encuentro en el que los horizontes del narrador y de su personaje se encontrarán sobre el tamiz valorativo que Borges ha preparado. En este encuentro se hace evidente la conciencia del ser y de su recuerdo como proceso inter-subjetivo.[4]

Hay quizás una característica de la memoria total: el miedo al futuro, el miedo a todo lo que no cabe en ella, es por esto que Funes se voltea hacia las casas nuevas para tranquilizarse y dormir. Todo lo que no cabe en el archivo total, principalmente, el principio de la esperanza, es el lugar de la angustia existencial que particulariza de una vez por todas a Funes y da carácter ético a sus facultades mentales. Incapaz de discernir entre lo que es útil de retener, ya que lo útil es sólo inteligible en función de un propósito, y un propósito sólo existe si existe futuro; e incompetente para soñar con una utopía futura, y desear un mundo en evolución, Funes se sume en un rosario de detalles extrapolados por el narrador entre los recuerdos más románticos a pesar de su nimiedad y los más triviales. La falta de visión futura lo incapacita para tener un punto de vista personal sobre el mundo. Esto sucede porque su conocimiento del pasado no corresponde al ansia de porvenir: “Hacia el Este, en un trecho no amanzanado, había casas nuevas, desconocidas. Funes las imaginaba negras, compactas, hechas de tiniebla homogénea; en esa dirección volvía la cara para dormir” (Borges 183). Por su lado, el narrador ve el futuro como la pervivencia amenazante: “Pensé que cada una de mis palabras (que cada uno de mis gestos) [recuerda el narrador] perduraría en su implacable memoria; me entorpeció el temor de multiplicar ademanes inútiles” (Borges 184).[5]

Funes no logra discernir los problemas creados por su memoria en la misma medida en que el pensamiento del narrador yace inerte sobre seguridades prefabricadas. Ambos carecen de duda; el primero, por la seguridad que le ofrece la totalidad real del mundo que él traduce en verdad absoluta, el segundo, por la fe en los sistemas que hacen del mundo un objeto cognoscible. Ambos son individualmente incapaces de trascender porque, al carecer de duda, se privan de aquella fuerza utópica que une el pasado con el porvenir, y da razón de ser y continuidad a la existencia del individuo fuera de sus límites: el principio de la esperanza, el deseo de que la memoria sobreviva en el porvenir. La asociación de ambos ¾el cuento¾ palia exactamente esta falta de trascendencia. El miedo de uno se proyecta sobre el del otro; así, la seguridad de Funes deviene banalidad para el narrador, y las limitaciones de éste se revelan bienaventuranzas frente a la abundancia tormentosa de aquél.

El diálogo entre los protagonistas se entorpece por la dificultad de entender la memoria como proceso; en cambio, ambos la conciben como sucedáneo de la vivencia aislada, discurren sobre ella inmersos en su soledad. Al principio del cuento, Funes se presenta como un solitario irredento —el mnemonista no se da con nadie, según testimonio de Bernardo Haedo (Borges 178)—, un individuo privado vis à vis un individuo público, pero también en oposición a un individuo pleno —de plena significación socio-histórica. La crítica ha puesto atención a las privaciones y excesos del protagonista. En su excelente reseña-artículo, James Fernández afirma: “a truly universal subject like Funes, just as he is incapable of thought, would be incapable as well of narration. Incapable, even, of identity” (242).[6] Por la otra parte, se hace oír la voz de Henry Shapiro, quien encuentra que el protagonista del cuento “functions not as a wretch but as a sort of epistemological deity, a Berkeleyan guarantor of both the past and the present” (260). Capaz de ver la liberación lúdica en los nombres de los números inventados por Funes, precisamente donde Ana María Barrenechea ve el escarnio (124), Shapiro arguye que Funes es un aval del presente y del pasado, y la prueba de la estabilidad del mundo (259-260 y 262).[7] Ilán Stavans compara el caso de Funes con el de un mnemonista registrado por Luria, ofreciendo un asidero real y contemporáneo a la fantasía de Borges. “Retenemos poco y omitimos mucho [asevera Stavans]; pero este proceso de selección natural nos permite tener identidad individual” (97, el subrayado es mío). No obstante la perspicacia de detectar la dialéctica entre memoria y olvido como motor para la formación de la identidad, sería desafortunado considerar que hay algo natural en este proceso.

“At the heart of what is social in oral history is the symbolic quality at the boundaries of actions and characters, of the ‘I’ that stands for the one doing the speaking and the ‘we’ that designates the speaker’s membership in groups” (Schrager 297). Recordar y olvidar, por lo tanto, constituyen decisiones tan conscientes como inconscientes, cuyo cariz cultural ¾donde “cultural” es lo contrario de “natural”¾ no depende sólo de que sean históricas, sociales, psicológicas, circunstanciales, etc., sino de que sean ante todo evaluadas por el individuo y su sociedad como deliberaciones/contingencias identitarias. Lo anterior significa que el nexo entre reconocimiento y obliteración de la experiencia pertenece a la actividad responsable del ser en su devenir social, y exige una dilucidación de las implicaciones de esta responsabilidad. Evaluar la experiencia en cuanto memorable u olvidable, comoquiera que se lleve a cabo esta operación, instituye la calidad ética, ideológica y política del acto recordatorio en tanto acto de la asociación con el otro; es lo que vuelve social una operación tan subjetiva al parecer como guardar/desechar lo vivido y aprendido.

Funes, “impedido del comercio dialógico” (Sosnowski 82), de magnitud memorial inabarcable, resulta, paradójicamente y por su encuentro con el otro, superior a las contingencias que lo podrían definir ¾capacidad neurológica, monstruosidad genética, accidente, enfermedad, etc. La intervención del narrador, en otras palabras el criterio axiológico benigno con el que se cuenta la historia, define el recuerdo del personaje —que no su capacidad mnemónica— como ejemplar, precisamente al ubicar la producción y eficiencia del recuerdo en la encrucijada entre el personaje, el narrador, los editores, y los lectores.

Para el ejercicio del diálogo hay que tener un punto de partida y un deseado fin, es decir, un proyecto inconcluso. Según el narrador y varios críticos, a Funes le falta poder pensar, hacer hipótesis, especular, manipular los datos reales hacia un fin particular. En el diálogo que mantiene con el narrador, sin embargo, el uruguayo puede articular silogismos. Lo que sí no puede hacer es evaluar la finalidad de sus actos. Funes carece ante todo de juicio ético sobre el mundo, aunque no sobre sí mismo, y esta afirmación proviene de un olvido: el de su propio ser anterior a la caída. Tal característica la hace patente el narrador de manera irónica, como perspicazmente observa Fernández:

The narrator musters the courage to interrupt and contradict the paralyzed prodigy, reminding Funes that, even before his accident, he had some remarkable traits related to memory and perception. With the true zeal of a convert, Funes can brook no trace of continuity between his old and new selves. The narrator laconically reports ‘no me hizo caso.’ So much for absolute perception. (242)

Funes ha descartado su recuerdo por inútil. Esto significa que en el centro de la memoria total se ha instalado un punto de comparación. La perspectiva-desde-ninguna-parte se viene abajo cuando lo que se recuerda es el yo ante el otro: por vanagloria o genuinamente, Funes no logra dar con quién ha sido. La abundancia del archivo total ha usurpado el espacio de su conciencia. La ilusión de totalidad que Funes vocifera por sobre su propio olvido es por completo ajena a la carga ética impostergable que su acto de recordar-para-el-narrador implica.

El pensamiento positivista de Funes, en el cual se junta el genio y el universo, es la metáfora de la suma de testimonios, inerte tanto en su mecanicismo moderno como en su fragmentación posmoderna.[8] El archivo tiene que ser traspasado por ojos e inteligencia ¾Funes tiene que estar presente en la vida de alguien¾, para que su montón de datos se vuelvan significativos por medio de la narración y la lectura. Sin el archivo nada podemos saber, es cierto. Pero sólo es posible desentrañar un sentido orientándose ideológicamente hacia el contenido del archivo. Es por esto que, en momentos, el cuento borgeano se vuelve una polémica abierta entre memoria total y memoria selectiva, y tan encontradas lecturas ha provocado. Lo más simple sería admitir que dependiendo de la perspectiva desde la que se mire el texto, la visión resultante es diferente y en su diversidad, válida. Sin embargo, antes de llegar a tal generosidad, hay que definir y fundamentar la razón por la que se escoge una perspectiva y no otra. En esta aseveración se encierra el principio valorativo del proceso de recepción.

Según Henry Shapiro, la inmovilidad de Funes simboliza “the fixed stability and reliability of his mind. He cannot be moved or swayed. He is the sole guarantor of immutability¾thus of knowledge, of meaning and of truth […] Funes saw reality as it is, in its concrete, irreducible splendor” (262). Esta interpretación valora la pragmática de la existencia. Funes es el sujeto absoluto (dios) ante el objeto absoluto (el mundo, el tiempo, el espacio). El yo abarca y cosifica el objeto, lo vuelve parte integral de su ser. Esta absorción anula lo otro en tanto diferencia. Para Shapiro, Funes es una conciencia total que en su omnipotencia otorga perfección por medio del argumento de la completitud. Tanto para Funes como para Shapiro, lo completo es sinónimo de lo bueno, lo bello y lo verdadero. Pero así, la visión ética del mundo cuentístico que provendría de la dialéctica entre Funes y la esfera de la vida estetizada sería nula, aunque total sería el recuerdo dentro de su actualización. Quizás por esto el encuentro no se cuenta desde Funes sino desde la memoria selectiva.

El recuerdo del narrador salvará evaluando algunos de los recuerdos de Funes, y así se salvará a sí mismo de la terrible polarización en la que se ha puesto desde el principio del cuento, cuando confiesa con falsa modestia: “mi testimonio será acaso el más breve y sin duda el más pobre, pero no el menos imparcial del volumen que editarán ustedes. Mi deplorable condición de argentino me impedirá incurrir en el ditirambo —género obligatorio en el Uruguay, cuando el tema es un uruguayo” (Borges 177, los subrayados son míos). Esta frase encierra la contradicción entre el yo que afirma el valor de su agencia —la imparcialidad— por encima de su identidad —la deplorable condición de argentino—, empresa contradictoria para no decir imposible, como lo manifiesta la oración misma llena de vericuetos y salvedades.

En el cuento, el narrador decide recordar para rescatar del olvido a Funes pero también para preservar su propia juventud, para los editores de un volumen de temática dudosa, y los lectores futuros; para uruguayos y argentinos, con el objetivo de dejar saber el desamor por su padre, y para poner en el proscenio su ser, incluso a aquél apabullado por el prodigio de su interlocutor. Funes se pone a rememorar para el narrador. Mientras, los editores se caracterizan por su deseo de recordar-a-Funes-recordando, y lograrán esto en la medida en que otros quieran barajar sus memorias. También los lectores leen, entre otras cosas, para poder evocar. “Funes el memorioso” se escribe, entonces, sobre un andamio de generosidad y gratitud; su mensaje se cristaliza en este nexo ¾no por polémico menos amatorio¾ que ofrece la seguridad de una memoria obsequio, destinada a trascender por encima de la muerte y el terror para ser entregada al otro y para ser recibida como la dádiva del diálogo entre los agentes de un mundo heterogéneo. La medida ética de este mundo no es la subjetividad aislada, sino la inter-subjetividad, relación par excellence valorativa. La manifestación de este nexo en el cuento de Borges es la memoria más allá del archivo total, más acá de la duda relativista. Ninguno de los dos personajes está destinado a trascender sin el otro, sin el diálogo que mantienen, sin la alteridad que sostienen a toda costa entre y dentro de sí. En la narración de Borges el tiempo sale del olvido; el encuentro de las dos memorias salva el pasado, redimensionándolo contra el presente; la historia, entorpecida por la memoria total y el recuerdo solitario, cobra pleno sentido dialógico en el presente.

 

Obras citadas

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Notas

 

[1] Alessandro Portelli afirma que la historia oral ha dejado ya de lado la forma de la entrevista que se relaciona con el folklore y la etnografía, optando por un diálogo activo entre entrevistador y entrevistado (11-13).

[2] La “perspectiva” es aquel dispositivo analítico literario que realza la importancia de lo social en el testimonio individual que registra la historia oral (Schrager 285).

[3] La palabra está condicionada por tres presencias: yo, objeto, tú (Voloshinov 122).

[4] Una manera perspicaz de definir el cuento como aquel género de raíces profundas en la oralidad, en el que diferentes mundos, encarnados en la palabra de los personajes, se encuentran en el umbral de un acontecer ha sido teorizado por Martha Elena Munguía Zatarain, en su Elementos de poética histórica. El cuento hispanoamericano (El Colegio de México, México, 2002) 84-103.

[5] En este sentido se comprueba la hipótesis que esbozan Narotzky y Smith: “[…] if there is no imaginable future, there is no need for a knowable past” (221).

[6] A esta tendencia se afilian Squires, Stewart, Stavans, Sosnowski, Stephanis, Álvarez, Cortínez.

[7] En esta visión optimista lo sigue, paradójicamente, Squires, quien dice que Funes es el mayor poeta (306), y Nicolás Rosa, quien afirma la relación metafórica entre el protagonista y los actos de leer y escribir (185).

[8] Los avances de la tecnología, a principios del siglo xx, transforman nuestra manera de ver la memoria en el tiempo. Hablando del fonógrafo y la cámara fotográfica, Rebecca Stephanis afirma: “Each of these tools provided direct access to the past through auditory and visual imagery. Consequently, construction of the past, present, and the future could be controlled” (168).

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