entre familiaridad y exotismo: la vuelta al
mundo en la numancia, un episodio (trans)nacional de benito pérez galdós
Pedro García-Caro
University of Oregon
“[…] no puede menos de sorprender el hecho de
que tratándose de un pueblo tan inquieto y andariego como el español, en su
literatura de la segunda mitad del siglo xix
haya tan pocas notas de exotismo…” (102). Antonio Heras prologa así su lectura
de la representación de América en la obra de Benito Pérez Galdós, en la que
ocupa un lugar destacado la imagen de la naturaleza americana en La vuelta
al mundo en la Numancia (1906), episodio nacional número treinta y ocho de
la serie del autor canario. Heras lamentaba los vacíos que padecía la
literatura española de la segunda mitad del xix
en relación con la experiencia americana y contraponía dichos vacíos con el supuesto
americanismo de escritores como Benito Pérez Galdós o Vicente Blasco Ibáñez: “Pérez
Galdós [es] el primero de nuestros novelistas contemporáneos que abre sin
vacilación la puerta del Nuevo Mundo […] y cabe a Blasco Ibáñez el honor de
haber entrado por ella con ímpetu de conquistador” (111). Es obvio que el americanismo
que subraya y demanda Heras no escapa de la matriz colonial y colonialista a
través de la necesidad de lo americano como escenario exótico para consumo
europeo, presente según él en el episodio nacional de Galdós, y que culmina con
la imagen guerrera de Blasco Ibáñez con yelmo castellano.
Para Heras, Galdós resuelve y rellena los
extraños silencios literarios españoles con respecto a América en tanto que se
concentra en una naturaleza exuberante y promisoria, distante y diferente. Esa
América “primitiva, cuasi salvaje y poco recomendable como residencia para el
Hombre Civilizado” es sin embargo el objeto de las críticas a Galdós que
formula otro comentarista, Gabriel Cabrejas (110). Sin embargo, en este ensayo
propongo leer este episodio (trans)nacional descentrando ese patrón interpretativo
y abandonando la exigencia peninsular y eurocéntrica de lo americano como
exótico. La relación narrativa que Galdós establece con algunos aspectos de la
cultura y el medio ambiente americanos es mucho más compleja que una simple
admiración por el exotismo que en palabras de Heras “habla
al espíritu de juventud, de aventura, de ambición” (110). Ese exotismo estaría
destinado a un público claramente peninsular para alimentar su nostalgia
postcolonial y sus deseos de exploración neocoloniales. El exotismo constituye el
ideologema principal en la maquinaria epistémica que perpetúa la radical otredad
(léase inhumanidad) del no europeo y la base cultural/pseudocientífica de lo
que Aníbal Quijano ha denominado la colonialidad del poder. Sin embargo, es
imposible resumir y reducir el texto de Galdós a una simple operación de
propaganda colonial para un público metropolitano como Heras celebra y Cabrejas
critica.
Entre los aspectos que quedan ocultos,
silenciados o solapados en los escasos comentarios que del episodio de Galdós
ha planteado el hispanismo clásico (Heras, Barrón) e incluso la crítica más reciente
(Cabrejas) destaca la omisión de la constante lucha dialéctica en Galdós entre
diversas formas de entender los procesos de intercambios comerciales y
culturales globales para generar una crítica del militarismo hispano.[1] Silenciado queda en la crítica el debate que surge en La vuelta al
mundo en la Numacia entre un hispanismo peninsular militarista y
neocolonial fracasado, ya sea liberal o conservador, y un tímido republicanismo
ibérico masón, pacifista e internacionalista, representado en parte por la
evolución del inocente protagonista Diego Ansúrez. En este ensayo analizaré la
participación de la novela de Galdós en el debate sobre la continuidad cultural
entre la metrópolis y sus ex colonias, las formas de encarar diferencias y
tradiciones locales, en definitiva, lo que podríamos llamar la naturaleza
transnacional y estereográfica de este episodio y el forcejeo dialéctico que
esboza Galdós entre la familiaridad y el exotismo de Latinoamérica vis à vis
la España post/neocolonial.
Para entender esta compleja operación
dialéctica y narrativa es necesario detectar un doble eje geo-político e
histórico en La vuelta al mundo en la Numancia. En primer lugar,
el eje geopolítico del texto le permite a Galdós introducir el diálogo que
podríamos llamar transnacional entre lo nacional español y sus relaciones con
el “otro” postcolonial, que como veremos más adelante aparece a menudo sous-rature,
sólo de manera fantasmática y postergada, en las discusiones sobre la invención
de la nación española. En segundo lugar, la duplicidad de referencia histórica
del texto lo convierte en un buen ejemplo de texto estereográfico (literalmente
escrito en estéreo), es decir, un texto que interviene en dos
momentos históricos al mismo tiempo y que establece por lo tanto un diálogo
crítico entre ambos.[2] Estos dos ejes se intercalan y confluyen en el cuestionamiento de las
relaciones y aventuras coloniales y militaristas del conglomerado
liberal-conservador de la monarquía borbónica.[3] En particular, la novela recrea la aventura militar de la llamada
Guerra del Pacífico entre 1864 y 1866 y la invasión por parte de España de las
islas Chinchas, cuyos depósitos de guano constituían la principal fuente de
ingresos comerciales de Perú. Escrita a comienzos de 1906 la novela nos permite
leer un implícito paralelismo entre esa aventura y el más reciente desastre
colonial militar de Cuba y Filipinas de 1898 y sus efectos sobre la moral
nacionalista española. La novela o episodio se podría leer así como la
intervención noventaiochista más explícita de
Pérez Galdós, que al tiempo que critica el discurso imperialista del
nacionalismo español, parodia su aislamiento internacional a causa de su
perverso y atávico autoritarismo.
La naturaleza dialógica de la novela le permite
a Galdós dar voz a personajes críticos con el autoritarismo paternalista
español y su renovado papel de madrastra de Latinoamérica, sin por ello perder
de vista la crítica a las otras formas de colonialismo que podrían calificarse
como bienintencionadas: “¿[…] qué te diré de la ocupación de las islas
Chinchas, que fue como quitarle al Perú el corazón y el estómago? Los españoles
no querían ser la buena madre, sino la madrastra de América […]” (161), sugiere
Mendaro, un comerciante español establecido en Perú, que representa al liberalismo
comercial paternalista de “la buena madre” patria.[4] A un tiempo nostálgico tanto de la época colonial como de “gigantes”
españoles (tal que el conquistador Pizarro), Mendaro verbaliza la invectiva
contra el desfasado militarismo neocolonial de la administración isabelina, la
“madrastra”. Esta clara contradicción entre nostalgia imperial y crítica
contemporánea le permite a Galdós generar una demolición del liberalismo
nacionalista español decimonónico, que habita este mismo contrasentido: el espacio
entre el paternalismo liberal que sigue sin cuestionar su connivencia colonial
pasada y presente, y el reñidor militarismo numantino conservador. Con todo, a través de la resolución de la trama
narrativa, Galdós realiza un replanteamiento de las relaciones postcoloniales
entre la metrópolis y el mundo latinoamericano, proponiendo el reconocimiento
de una radical igualdad internacional frente a esas otras dos narraciones
colonialistas.
En lo que sigue, abordaré el análisis del
contexto intelectual en el que surge este episodio y llevaré a cabo un
comentario crítico del texto en tres partes: en primer lugar, propondré una
incursión en el debate sobre la relación entre la invención de la tradición
española decimonónica y su armadura imperialista para comprender mejor el
contexto histórico en el que se produce el cuestionamiento galdosiano del neoimperialismo
nacionalista hispano. Una segunda parte discutirá el texto como novela
histórica y estereográfica, a manera de reacción crítica de Pérez Galdós a la
derrota militar española de 1898. En tercer lugar evaluaré el concepto de anagnórisis
o “reconocimiento familiar” como la fórmula de hispanidad republicana e
igualitaria que Galdós plantea como alternativa al paternalismo neocolonial
borbónico.
Metrópolis postcolonial, nacionalismo neocolonial.
Salvo las contribuciones de Carlos Rama y de algunos otros estudios, poco se habla de qué dijeron los
intelectuales y literatos españoles peninsulares ante la gran hecatombe
colectiva que supuso el colapso del sistema atlántico y la pérdida definitiva
de las posesiones continentales hispanoamericanas a comienzos de la segunda
década del siglo xix. Es
particularmente llamativa la ausencia de un corpus definido que habría de
recoger todo este material, quizá desde aquella primera y frustrada
constitución fundacional de la hispanidad, la Constitución de Cádiz de
1812, entendida como texto de ficción-legal dada su nula aplicación, que otorga
carta de españolidad y ciudadanía a españoles peninsulares y españoles
americanos. Anulada con la Restauración del monarca absoluto, la Constitución
fue seguida de las diatribas poéticas anticriollas de Fernández de Velasco en
la corte de Fernando vii. Este corpus
aún por hacer habría de incorporar también textos tales como el himno nacional
“Mexicanos al grito de guerra” (1853) cuyo autor, Francisco González Bocanegra
era uno de aquellos españoles intersticiales, hijo de peninsular y de mexicana,
que paradójicamente tuvo que abandonar México y trasladarse a la península de
manera temporal tras la expulsión oficial de los españoles en 1827. Al poner en
diálogo las obras de los numerosos personajes transatlánticos del siglo xix como Fray Servando, Gertrudis Gómez
de Avellaneda o el mismo Zorrilla, se recobraría el sentido de la historia cultural
del espacio postcolonial hispano, sin priorizar las narrativas nacionales del
fenómeno literario. Así, incluso la épica historia de Francisco Espoz y Mina,
que luchó en Navarra contra los franceses durante la Guerra de Independencia
peninsular y luego contra los peninsulares en la Guerra de Independencia de
México, y cuya vida fue novelada por Martín Luis Guzmán en Mina el mozo
(1931), cobraría una renovada importancia histórica y cultural para entender la
tradición postcolonial hispana. Éste debería además considerar la otra
historia: la de las múltiples colecciones epistolares comerciales y familiares
entre españoles peninsulares y americanos a partir de la larga y violenta serie
de secesiones y represiones, reconocimientos y negaciones mutuas.
Sin embargo, y por poner un conocido
contraejemplo a este necesario canon transatlántico, una de las manifestaciones
poéticas más significativas del romanticismo español, la “Canción del Pirata”
de José de Espronceda (1840), demuestra y perpetúa la habitual ausencia de
América en la conformación del canon nacional(ista) peninsular. Pese a su fecha
de publicación tan cercana a la primera gran crisis colonial (España venía de
reconocer oficialmente la independencia de México y enviar su primera embajada en
1839),[5] esta pieza evoca otro mundo mucho más próximo en el espacio con un espíritu
provinciano y orientalista: “Asia a un lado, al otro Europa / Y allá a su
frente, Istambul” (284). Esta confrontación clásica del oriente y el occidente
ante la que el poeta pirata se debate en su himno libertario y lo que Said
identificó como Orientalismo, nos permite además sospechar que el trauma
cultural e histórico peninsular se había transformado, como es habitual en los
casos de importantes pérdidas, en absoluta negación hacia mitades del xix.
A través de los estudios de varios casos
clínicos específicos, Julia Kristeva concluye que la negación o cierre
prematuro de la pérdida caracteriza una dimensión importante de los desórdenes
de las personalidades narcisistas.[6] Esta
alteración psicológica individual, el narcisismo negador de la pérdida, podría
ser aplicada al conjunto de la cultura peninsular de la primera mitad del siglo xix: al mirar hacia Estambul,
Espronceda no asume de manera mecánica las fórmulas orientalistas del romanticismo
francés y británico, como habitualmente se asume, sino que, como el resto de la
sociedad peninsular, practica inconscientemente un narcisismo negador de la
pérdida colonial. En su grito libertario, este pirata tan mediterráneo calla y
por lo tanto silenciosamente revela una mirada que, en su orientalismo, ignora
los trescientos cincuenta años de intercambios atlánticos, de constantes
migraciones y asentamientos, comercio, exploración y devastación de las
culturas locales al servicio de los intereses y el desarrollo metropolitano.
Los piratas y corsarios mucho más reales del Caribe, que tantos quebraderos de
cabeza habían causado a la hegemonía naval del imperio español, quedan
cautelosamente silenciados, pero con ellos también las banderas piratas alzadas
por los independentistas mexicanos en 1810 o los corsarios al servicio de la
corona española, como aquel famoso mulato Miguel Henríquez que abrumó a los
ingleses en las costas de Puerto Rico y de las Islas Vírgenes, a comienzos del
siglo xviii. Sin embargo, y de
manera casi patética, el pirata de Espronceda mira hacia la India por aquel
camino que Colón y sus navegantes castellano-andaluces decidieron evitar hacia
1492.
Este trauma no se verbaliza y se convierte en
la ruptura de la negación narcisista hasta el desastre militar contra Estados
Unidos de 1898, momento final en el que parecen concentrarse todas las
reflexiones (a menudo dotadas de esa verborrea que Kristeva asocia con la
histeria) sobre el ocaso imperial y la grave crisis nacional española. La
supresión de la dimensión colonial en la constitución discursiva del
estado-nación español a lo largo del siglo xix,
supone también el silenciamiento de las implícitas prácticas subalternizadoras
mantenidas en el tiempo: esclavitud, sociedad de castas, sacarocracia,
proteccionismo, ausencia de derechos civiles y sociales, por mencionar tan sólo
algunas.
En Mater Dolorosa, José Álvarez
Junco analiza detalladamente el proceso de narración identitaria que ocupó a
historiadores, pintores, escritores y otros intelectuales y creadores que
tenían que “inventar la tradición” española y generar un discurso sobre el
pasado y las esencias hispanas en el contexto de creciente descrédito y
decadencia política y económica de la España del siglo xix. Curiosamente el lugar de Latinoamérica en la
conformación del imaginario colectivo nacional español durante el siglo xix ocupa apenas tres páginas en el
monumental estudio de Álvarez Junco, como ya han notado otros. Sin embargo, el
origen y formación del discurso nacional español y de las instituciones
nacionalistas que lo promovieron tras la invasión napoleónica deberían ser
explícitamente conectados tanto a la conformación de un estado metropolitano,
atrincherado en sus últimas posesiones (Cuba, Puerto Rico, Filipinas,
Marruecos), como a sus relaciones postcoloniales con las nuevas naciones
surgidas tras las guerras independentistas continentales, como sugiere
Schmidt-Nowara en su respuesta a Junco: “… a retrenched colonialism, in its
interface with nationalism, attracted and appeased powerful economic, political
and intellectual forces throughout the peninsula. Indeed colonialism was
a major vector for imagining the nation and its history” (192). Schmidt-Nowara
demuestra de manera convincente que para entender cabalmente la “reacción al
desastre” de 1898 debemos estudiar su origen en las respuestas a la primera
descolonización generadas en la década de los 1820 y prolongadas a lo largo del
siglo xix, y por lo tanto, en la
alianza entre un renovado orden colonial, si bien “atrincherado” más que
expansivo, y la construcción de un discurso nacionalista que obvia su
connivencia neocolonial.
Uno de los aspectos más señalados por Michael
Costeloe, Ángel Loureiro y otros en relación con la ausencia de las referencias
al colonialismo en los estudios recientes sobre el nacimiento del nacionalismo
español en el siglo xix es la
extraña, aunque elocuente, preeminencia del último estertor colonial (1898) y
su contraste con los aparentes silencios del ajetreado siglo xix. Una línea principal de
argumentación se centra en el papel desproporcionado de producción intelectual
en torno al llamado “desastre cubano” y las profundas consecuencias que la
debacle imperial de 1898 tuvo sobre la confianza nacional española. Sus
efectos, repetidamente enfatizados por el amplio debate intelectual y político
que generaron, parecen mantenerse a lo largo de todo el siglo xx. ¿Por qué la batalla de Ayacucho de
1824 no tuvo las mismas repercusiones en el mundo del arte y de la cultura, del
ensayo o de la novela en la península? De hecho, ¿qué repercusiones o
manifestaciones generó en España la disolución de su imperio continental
americano durante el primer cuarto del siglo
xix? ¿Qué relaciones culturales de intercambio y de representación se
generaron entre la península y sus antiguas colonias en las décadas
inmediatamente posteriores a la consecución de las primeras independencias?
Uno de los pocos historiadores que ha trabajado
las reacciones españolas a la primera pérdida colonial es Michael Costeloe, quien
revela, por un lado, la duda constante de las élites políticas e intelectuales
españolas sobre qué hacer con los hechos consumados de las múltiples
independencias, y, por otro lado, los debates acerca del reconocimiento (o no)
el nuevo status quo. La vacilación constante entre dura represión militar,
negación de la realidad y tímido reconocimiento, conforma y define el grueso de
las relaciones postcoloniales decimonónicas españolas; una oscilación que
dejará profundas marcas en las relaciones culturales transatlánticas y a la que
Galdós claramente alude en este episodio (trans)nacional.
En Mater Dolorosa, sin embargo, hay una
útil incursión en la naturaleza política y variable del discurso nacionalista
español a lo largo del periodo que va desde 1812 hasta 1939. La narración que Álvarez
Junco elabora está presidida por la lenta transferencia de los ideales
nacionales desde el bando liberal-progresista y constitucional, que imagina y
que literalmente “constituye” la nación en sus luchas contra el antiguo régimen,
hacia el bando conservador y católico, que para finales de la Guerra Civil de
1936-1939, había conseguido apoderarse y monopolizar el discurso nacionalista y
al mismo tiempo vaciarlo del contenido constitucional y legal con el que había
sido concebido inicialmente. Por eso mismo, no es casualidad que este
vaciamiento de legalidad y la correspondiente esencialización de la
excepcionalidad nacional – consistente en la apología del autoritarismo de
origen católico – coincidan con el relanzamiento de la política imperialista a
través de los ideales del falangismo y de los diversos institutos, creados por
el estado franquista para la promoción de la Hispanidad nacional-católica. Así
pues, el concepto de hispanidad, objeto central de estudio del hispanismo,
queda secuestrado desde su nacimiento en las primeras décadas del siglo xx por los sectores intelectuales y
políticos más reaccionarios, nostálgicos y antidemocráticos.[7]
De 1866 a 1898: novela histórica estereofónica
El caso de la novela La vuelta al mundo en
la Numancia, publicada en 1906, por Benito Pérez Galdós, es el de un
“episodio nacional” único, ya que analiza con detalle los prejuicios y
actitudes que habían caracterizado a los peninsulares en sus relaciones
postcoloniales durante el siglo xix.
Se trata del número treinta y ocho en la serie incompleta de cuarenta y seis Episodios
Nacionales que cubren de manera concisa y cronológica la historia de la
España decimonónica, desde sus orígenes en la crisis del ancien régime
absolutista borbónico tras la revolución francesa, hasta las primeras
administraciones de la restauración Canovista. A
través de esta serie episódica de relatos históricos, Pérez Galdós examina la
sociedad española del siglo xix mezclando
habitualmente la trama de la historia oficial con la de los personajes
ficcionales que se erigen como testigos de esa misma historia. La secuencia variada, pero continua, de novelas históricas escritas a lo
largo de cerca de cuarenta años, entre 1872 y 1912, muestra también la compleja
evolución de la obra de Galdós y, al mismo tiempo, su permanente obsesión y
compromiso con la investigación histórica de esa crisis nacional que ocupa a
los peninsulares durante más de dos siglos. Esta crisis nacional es vista de
manera palpable en los episodios como historias estrictamente peninsulares, una
manifestación más de ese síntoma característico del narcisismo nacional
traumado, del que hablé anteriormente y que olvida, salvo un par de notables
excepciones,[8] la continuidad de la dimensión asiática y atlántica española en Cuba,
Puerto Rico y Filipinas. La ausencia de América es quizá aún más llamativa y
elocuente en este caso, si tenemos en cuenta que Pérez Galdós fue designado
diputado a cortes por el Partido Liberal en 1886 como representante en Madrid
de Guayama (Puerto Rico), aunque nunca visitó personalmente su diputación, que
no parece haber dejado huella alguna en su producción literaria.
Así, incluso este episodio que he calificado
como transnacional, no se aparta del resto de la serie sustancialmente ni en su
producción material (escrita y publicada en Madrid, revestida por los colores de
la enseña nacional, rojo y gualda de la cubierta), ni tampoco en su temática
narrativa, ya que mantiene la obsesión por la reflexión en torno al asunto
nacional. Pensar sobre los españoles americanos, sobre las conflictivas
relaciones familiares de la hispanidad poscolonial, es en realidad para Galdós
mirar el país en el espejo de su otredad postcolonial: pensar en España y en su
permanente crisis nacional, resultado de la liquidación (involuntaria) de su
paternalista y eurocéntrica “misión civilizadora”. Pese a ello, la novela
constituye una excepción notable a la ausencia generalizada del tema americano
en los otros episodios nacionales, y por ello es quizá no sólo en términos
cronológicos, sino también intelectuales, una de las primeras novelas del siglo
xx español: la dimensión geográfica del viaje
épico en La vuelta al mundo en la Numancia añade a la serie episódica
una curiosa incursión en los debates postcoloniales y regeneracionistas que
caracterizaron al 98.
El relato evoca el periodo de 1850 a 1866, en
particular, las aventuras militares y neoimperiales de la armada de Isabel II
en el Pacífico hispano. La fragata Numancia del título es el primer navío
acorazado español, de hecho, se trata del primer barco a vapor blindado, que
consigue dar la vuelta completa al mundo, símbolo de modernización belicista y
de la renovada presencia marítima que España intenta articular sin éxito a
partir de la segunda mitad del xix. Galdós participa así en el debate
intelectual sobre el papel internacional de España, en particular en las
Américas, que sólo se despliega con verdadera complejidad crítica tras la
destrucción completa del imperio de ultramar. Al igual que ocurre con las
relaciones entre España y sus antiguas colonias en el agitado siglo xix, los
postulados galdosianos con respecto a la ansiedad poscolonial española no han
sido del todo bien reconocidos por la crítica literaria, mucho más atenta a los
debates sobre modernidad, laicismo, reacción [carlista], y la anhelada
europeización de España. Estos énfasis relegan lo americano a color local o
exotismo.
De hecho, La vuelta al mundo en la Numancia
no se aleja del todo de ese modelo, ya que lo utiliza en su juego dialéctico:
la primera escena de la novela escenifica la paródica escapada de una monja,
Angustias, del represor espacio del convento y su caída literal en los brazos
del protagonista, Diego Ansúrez. En un guiño anticlerical típico de la
narrativa galdosiana, Ansúrez no sólo bromea sorprendido mientras comienza
inmediatamente un romance con la monja escapada, sino que además la rebautiza
con el nombre de Esperanza. De Angustias a Esperanza, la discusión sobre la
política nacional, conservadores católicos frente a liberales laicos, queda
condensada en el cuerpo preñado de la monja fugada. La hija de este matrimonio,
Mara, que al igual que su madre huye de otro convento, en este caso el espacio
nacional español, para marcharse a América, servirá a Galdós para poner en
práctica los debates sobre familiaridad y exotismo en torno a las relaciones
transatlánticas hispanas del periodo postcolonial.
La hija de la monja renegada y el marino se
escapa con quince años de la tutela paterna para unirse a Belisario Chacón, un
poeta bohemio peruano que la ha conocido en sus viajes por el sur de España. El
paralelismo entre la historia ficcional y la historia oficial es claro. Por un
lado, la metrópolis a la que se denomina madre patria o madre España,
trata constantemente de reprimir a sus “hijas rebeldes”, las ex colonias,
negándoles su mayoría de edad y sus deseos de autonomía o de independencia. Por
otro lado, la historia de un padre que busca a su hija huida con un criollo
hispanoamericano, provoca claramente una dramatización alegórica de los eventos
históricos para debatir las relaciones postcoloniales en lenguaje familiar,
pero también erótico: si bien el padre metropolitano quiere cortar la
escandalosa relación de su hija y el poeta peruano, esta pareja de española y
americano simboliza un nuevo espacio transnacional hispano-americano, basado no
tanto en relaciones de poder o jerarquía como en una mutua atracción
erótico-intelectual.
Al publicar La vuelta al mundo en la
Numancia en los primeros meses de 1906, Galdós continúa con la crónica de
sus Episodios y sitúa la acción en la llamada “Guerra del Pacífico”, un
conflicto que se desarrolla con mayor o menor intensidad de 1862 a 1871 entre
España y sus ex colonias Chile, Perú, y, de manera hasta cierto punto nominal,
Bolivia. Cuarenta años después de la debacle militar de Ayacucho, que marcó la
independencia efectiva del Virreinato del Perú, España seguía sin reconocer por
la vía diplomática algunas de las nuevas repúblicas que habían surgido de
aquella conflagración (reconocía a Chile, pero no a Perú y a Bolivia). En un
claro ejemplo de negación postcolonial, España insistía con el envío de comisionados
para el cobro de la deuda, generada por aquellos enfrentamientos militares que
culminan con la toma de posesión de las islas Chinchas y sus depósitos de guano.
De manera simbólica, el segundo almirante de la escuadra española destacada en
el Pacífico, Juan Manuel Pareja Trasero, había nacido en Perú en los últimos
años del periodo colonial y su padre, oficial del ejército, había muerto al
servicio de la corona, reprimiendo los movimientos de independencia. El primer
almirante enviado con la expedición científica de 1862, se apellidaba Pinzón y era
descendiente directo de uno de los marinos que habían acompañado
a Colón en su primer viaje a América.[9] No
es difícil, pues, para el agudo ojo crítico de Galdós, elaborar con materiales
puramente históricos un análisis de las prácticas y lenguajes nostálgicos
imperiales de España durante el largo siglo
xix. Y ese análisis se complementa con una observación crítica de la
melancólica y violenta relación del discurso cultural público español con la
historia olvidada de su “familia” truncada, revelando así su trauma y su negación
narcisista postcoloniales.
Como ocurre con otros Episodios, este análisis
le permite a Pérez Galdós evaluar la política española en dos tiempos: por un
lado, el pasado narrado no como historia monumental, sino como diálogo político
y, por otro, una historia dirigida hacia la comprensión de la actualidad, del
momento presente en el que aparece el Episodio. De
manera que no estamos (al menos no exclusivamente) ante una revisión del quijotesco
imperialismo isabelino (al que tanto recuerdan aventuras imperiales más
recientes, como el asalto a la isla de Perejil o el frustrado intento de golpe de
estado en Venezuela, bajo la administración de José María Aznar) sino también
ante una clara invectiva contra el colonialismo de la Restauración. Como
veremos, nos hallamos, de hecho, ante una crítica a las fórmulas políticas neoimperialistas
subyacentes al concepto de “hispanidad” promovido por España con el cierre de
su dominio colonial en las Américas, tras la debacle militar, y que actúa como
detente ante al imperialismo emergente de los Estados Unidos.
Las estrategias críticas y alegóricas de Galdós,
y su participación en el debate noventayochista sobre el legado colonial
español y la compleja definición de las relaciones familiares hispanas, son claras. Galdós propone en esta novela
su particular interpretación del 98, una visión que incorpora la crítica
republicana al imperialismo español en América durante el reinado de Isabel II,
pero también la crítica a sus sucesores en el trono, ese sistema que colapsa
durante el periodo de la Restauración (1876-1923, años que coinciden con el
periodo creativo de Pérez Galdós) y con la cesión de las Antillas mayores y el
archipiélago de Filipinas a los EEUU.
El destacado interés en las relaciones de
la metrópolis con sus ex colonias transatlánticas,
no sólo se plasma en el viaje épico hacia la costa sur del Pacífico del
flamante acorazado Numancia y los posteriores enfrentamientos navales,
sino también en las relaciones que establece Ansúrez, como padre que intenta
recuperar el honor perdido mientras participa en
las complejas relaciones poscoloniales hispánicas. La caracterización de
Ansúrez como producto de la dimensión comercial transatlántica y marinera de
España a mediados del siglo xix,
lo identifica ya al comienzo de la novela con la conocida figura del indiano
rico. Efectivamente, hay en la novela varias sugerencias sobre la posición
económica ventajosa de Ansúrez, relacionada con sus actividades comerciales en
las Américas. Tras casarse con la monja fugada en 1849 y tener a su hija Mara a
finales de ese mismo año, el marino se había dedicado tanto al cabotaje como a
acompañar a la armada en diferentes expediciones por el Pacífico. En el segundo
capítulo de la novela, se resumen diez años en la vida del protagonista, de
1850 a 1860, cuando éste regresa de sus viajes “trayendo sus ahorros y algún
dinero ganado en América con el toma y daca de pacotillas” (68). A menudo,
otros personajes piensan que Ansúrez es muy próspero y le toman por “indiano
rico”, y algunos – “no faltaron parientes pobres […]” – incluso obtienen de él
“algún socorro” (93). Esta prosperidad aparente y la “largueza de indiano” (89),
son los rasgos más destacados del estereotipo literario en su forma quizá
tardía. De esta manera, Ansúrez representa desde el comienzo el papel de un
hombre de mundo que es capaz de entrar y salir de la asfixiante realidad
económica y política de la España decimonónica, ese “vetusto reino
emperifollado a la moderna” (71). Su éxito mercantil lo separa y diferencia del
resto de personajes que viven abrumados por las eternas guerras entre caciques y
trabajadores del campo o por las disputas palaciegas de conservadores y
liberales, una constante lucha que Ansúrez “no podía comparar con nada de
cuanto él había visto en sus vueltas por el mundo” (24). Esta ambigua posición
del español a un tiempo castizo y observador atónito, el celtíbero, que es
también marinero y cosmopolita, busca situar al personaje como testigo exterior
de las luchas políticas y militares que definieron gran parte del siglo xix español pero también del
hispanoamericano.
La anagnórisis transnacional: entre
familiaridad y exotismo
Galdós sitúa a Ansúrez a bordo de la Numancia
a comienzos de 1865, con lo cual une en el espacio de la nave acorazada la
historia de la aventura postcolonial en el Pacífico y la del desesperado padre
vengativo. Pero esa distancia de los diferentes espacios nacionales ha tenido
ya un alto precio en su identidad: al regresar de América, su esposa
Angustias-Esperanza, víctima de un claro ataque de histeria victoriana en
versión española, ha retornado mentalmente a su época conventual y vive
recluida en su pueblo natal, renegando de su libertad sexual y racializando a
su marido indiano y a su hija Mara:
Desconociendo a su hija, la llamaba
negra, intrusa, y mandábala salir de su presencia. También a su marido lo trataba
como persona subida de color. Creyéndose monja y de inmaculada blancura, decía:
“Quiero escaparme, quiero salir de esta triste cárcel;
pero no me salvarán hombres tiznados […] no me salvarás tú, que traes el rostro
oscuro de andar con los negros de Indias”. (85)
El ennegrecimiento del
indiano por sus viajes escenifica de manera grotesca y paródica la exotización
literal de los españoles que se salen del espacio conventual-nacional. Pese a
ello, en sus viajes a América, Ansúrez, sigue siendo
un observador foráneo, cuyo alejamiento le permite disfrutar de una distancia
crítica tanto de los embrollados eventos políticos americanos como de las
violentas relaciones de los españoles con sus antiguas colonias. Al mismo
tiempo, este personaje logra replantear su propia postura como padre.
En contraste con el exotismo racial
al que es sometido en su propia intimidad el español que ha viajado a las
Américas, Ansúrez y con él el narrador galdosiano, parecen obsesionados por
encontrar parecidos familiares entre la metrópolis y las nuevas repúblicas. A
bordo del Numancia, llega a la costa de Uruguay, donde “había terminado una guerra fratricida”, expresión en la que encontramos una referencia quizá anacrónica o
bien a la llamada “guerra grande”, que concluyó en 1853, o a la guerra de la Triple
Alianza entre Argentina, Uruguay, y Brasil contra Paraguay, que dio comienzo
precisamente semanas antes de que la Numancia fondeara en las costas
rioplatenses a comienzos de 1865. Pese al creciente conflicto, los compañeros de
Ansúrez se alegran de poder “tratar con españoles” (123). La explicación
matizada de esta definición de los uruguayos como españoles viene yuxtapuesta a
continuación:
Aunque políticamente no fueran
aquellos nuestros hermanos, por el habla y los sentimientos no podían negar la
casta. Prueba plena del parentesco daban los valientes
americanos son su afición al juego de la guerra civil. Como nosotros, se
dividían en furiosos bandos, y se perseguían y se fusilaban por dar gusto al
dedo. (123, énfasis del original)
La confirmación del
parentesco violento, corroborado por la contienda civil y militar perpetua, no
hace sino trasladar al paisaje americano las dudas sobre las constantes
fracturas fratricidas en el seno de la nación malavenida que configuran el tema
central de la serie de Los Episodios Nacionales: “Aquellos pueblos,
establecidos en las regiones más feraces del mundo, tenían horror, como su
madre España, a la ociosidad militar, que es la paz” (123).
Esta imagen negativa de la metrópolis como
madre o incluso madrastra, cuyo parecido familiar con sus hijas se basa en la
belicosidad civil y en la anarquía política constante, y que tiene su reflejo
narrativo alegórico en las relaciones entre el padre, Diego Ansúrez y su hija,
Mara, queda a su vez reformulada en ese plano personal más flexible. A
diferencia del estado español, que se empecina con el bombardeo del Callao y de
Valparaiso en la defensa de su mentado honor y su perdido prestigio, mientras
intenta hacerse con los estratégicos depósitos de nitrato de guano, Ansúrez
evoluciona hacia posiciones tolerantes y modernas, generando una conciencia
postcolonial desprovista de militarismo. Su exterioridad radical, ese
ennegrecimiento del que lo había acusado Angustias-Esperanza, se convierte a lo
largo de su viaje en una reconsideración y reformulación de las relaciones
familiares y morales. Al llegar a Lima y tener noticias del embarazo de su
hija, y por tanto de la consumación de la familia transatlántica, el motivo de su
viaje parece haber cambiado: ya no busca a una hija rebelde ni tampoco reconstruir
el honor familiar perdido, sino más bien reconocer el linaje de su futuro
nieto. La preocupación por lo personal y por mantener la unión de la familia en
su diferencia, contrasta marcadamente con el turismo nostálgico que practican
los otros españoles en la novela.
Al llegar a Lima, los oficiales de la Numancia
no ven tanto un espacio exótico, como les había ocurrido a su paso por la
Patagonia o más adelante al llegar a las islas del Mar del Sur. En Lima, lo que
les invade es una sensación melancólica. Dice con gran ironía el narrador:
La sombra de Pizarro les acompañaba; las
remembranzas de la patria salían a recibirles en las fachadas de los edificios
de la época vice-real. A cada instante surgía la anagnórisis. Anagnórisis
era el gozo con que los españoles contemplaban el barroquismo amable, risueño,
consanguíneo de la catedral. Nuestro, de casa, de familia, era el rostro
de aquel monumento; nuestra también el alma, el interior, impregnado de dulce
misterio y místico encanto. Igual impresión de parentesco les daba el palacio
de los virreyes, hogaño presidencial. (158, énfasis del original)
Frente a este caso de anagnórisis
o reconocimiento del parentesco hispánico colonial, que sólo se halla en lo
urbano y arquitectónico vaciado de su humanidad, y que es de naturaleza esencialmente
nostálgica (una práctica más del narcisismo postcolonial español), Galdós
promueve con el abrazo de Ansúrez a Mara y Belisario y su confesión de amor al recién
nacido nieto transatlántico, una anagnórisis alternativa: la de una nueva familia
hispánica reconciliada, cuyas jerarquías desafían el orden postcolonial belicista
que España intenta (re)construir con sus militares nostálgicos del periodo
virreinal. En esta nueva familia, las reglas no son ya las impuestas por la
madre patria con sus fragatas numantinas ni las que había intentado aplicar el
padre herido en su honor al comienzo del relato, sino las que fija la política transnacional
del republicanismo galdosiano: la igualdad radical en lo erótico entre hijas e
hijos políticos liberados, ajenos al exotismo colonizador o, en otros términos,
la libertad de un romance transnacional de carácter fundacional que supera y desestabiliza
las estrechas fronteras nacionales y neocoloniales de una hispanidad forjada a
cañonazos.
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