construcción y destrucción de lo
heroico en filmes sobre la guerra civil española: sierra de teruel, la
caza y soldados de salamina
Christian von Tschilschke
Universidad de Siegen
1. La Guerra Civil como fenómeno mediático
La inusual y vasta presencia que alcanzó la
Guerra Civil en la conciencia pública de su tiempo y en la memoria colectiva de
la posteridad fue en gran parte causada por su difusión mediática. El filme
jugó en este proceso un papel primordial. Hoy en día su importancia aún se ve
aumentada gracias al distanciamiento progresivo de los sucesos históricos y al
desvanecimiento paulatino de los recuerdos vitales de aquella época. Los
trastornos de la guerra no lograron parar la extensa producción fílmica de la
España de aquel tiempo, a la cual habría que añadirle las películas de los
Estados Unidos, la Unión Soviética, Inglaterra, Francia, Alemania e Italia
producidas sobre todo con fines propagandísticos o informativos. Aún después de
la guerra los sucesos exigían de nuevo formas innovadoras de representación, lo cual dio lugar a una serie de producciones individuales de relevancia histórica para el cine. La historia de la
cinematografía en la guerra civil así como la de la filmografía sobre
la guerra civil han sido ya bien documentadas.[1]
Naturalmente predomina una aproximación historiográfica en cuanto al
enfrentamiento con el pasado, pero tanto ahora como antes hacen falta las
perspectivas interpretativas. En este artículo se intentará desarrollar una
perspectiva interpretativa sobre la base de algunas reflexiones en cuanto a la
relación entre el cine y la guerra (civil), para luego dedicar atención
especial al uso de los conceptos de ‘héroe’ y ‘lo heroico’. Aplicando dicha
perspectiva a tres películas españolas de diferentes períodos, Sierra de Teruel
(1939) de André Malaux, La caza (1965) de Carlos Saura y Soldados de
Salamina (2003) de David Trueba, se demostrará un cambio profundo en la
representación fílmica de la Guerra Civil.[2]
2. Marcos históricos y conceptuales
2.1 El cine y la guerra (civil)
Quien se ocupe de la conexión entre el cine y
la guerra no podrá dejar pasar por desapercibida la famosa escena de la
película Pierrot le fou (1965) de Jean-Luc Godard: en una fiesta
sorpresa, Ferdinand Griffon (protagonizado por Jean-Paul Belmondo) le dirige la
palabra a un anciano de gafas oscuras que parece estar algo extraviado y que se
da a conocer como el director de cine Samuel Fuller. Para hacer conversación,
Belmondo le pregunta súbitamente a Fuller (que realiza una aparición de cameo):
“J’ai toujours voulu savoir ce que c’était exactement que le cinéma.” Fuller le
responde en inglés: “A film is like a battleground. Yes ―love,
hate, action, violence, and death― in one word: emotion” (Godard 75). Este corto diálogo es representativo para todos los casos en que se
postula un parentesco entre el cine y la guerra ―teniendo en cuenta que
la guerra ha sido uno de los temas preferidos del cine.[3] Sin embargo, la estructura
analítica y auto-reflexiva de las películas de Godard desmiente la afinidad
entre la guerra y el cine basada en emociones, movimiento, profusión de
sensaciones o intensidad perceptiva. La frase que Godard coloca irónicamente en
los labios de Fuller no define el cine en general sino una fórmula de
producción hollywoodense: “emoción”. De esa manera puede llegarse directamente
a la conclusión de que no existe un parentesco ahistórico y natural entre el cine y la guerra.
Sin embargo, esto no cambia el hecho de que el cine y la guerra se entrelazan a
veces de una manera tan estrecha que podría llegarse a hablar de una simbiosis.[4]
Esta relación simbiótica entre el cine y la
guerra se demuestra sobre todo en dos campos: el que está relacionado con el
desarrollo del cine y el que está emparentado con su empleo. En otras palabras,
es necesario distinguir entre el “campo de batalla como cine” y el “cine como
campo de batalla”. Los estudios de Herbert Marshall McLuhan, Paul Virilio y
Friedrich Kittler tratan de manera lúcida la innegable conexión que existe
entre la industria militar y la cinematográfica, es decir, entre la técnica
militar y la del cine.[5]
En su Guerre et cinéma (1984), Virilio muestra cómo
el gradual acercamiento entre la lente de la cámara y el
arma ―desde los tiempos en que comenzaron los reconocimientos aéreos
hasta los últimos avances de la guerra electrónica― ha deparado que el
campo de batalla se aproxime cada vez más al cine.
La perspectiva inversa, la del cine como campo
de batalla, es por otro lado más conocida: El (ab)uso del cine para objetivos
propagandísticos demuestra su relación utilitaria con la guerra. La fuerza
sugestiva y el potencial de identificación de las imágenes, el sonido y el
movimiento hacen del cine un instrumento indispensable para la continuación de
la guerra con la ayuda de otros medios. Hasta la aparición de la televisión, el
cine fue el lugar predilecto para luchar por la opinión pública dentro y fuera
del país. Pero sus ventajas mediáticas no sólo se manifiestan en su dependencia
de los sucesos de la guerra, sino también en las polémicas retrospectivas sobre
las conmemoraciones que cada presente considera como las más adecuadas. Las
películas poseen un lugar privilegiado en la memoria colectiva gracias a la
cercanía de las imágenes fílmicas y los recuerdos que también funcionan de
manera visual.[6] El
cine es por eso ―junto con la televisión― uno de los “visual
battlegrounds” (Paul 133) más importantes, donde se resuelve la lucha cultural
por la imagen ‘verdadera’ de la guerra. Este aspecto, la modelación de los
recuerdos de la guerra a través del cine, será determinante para el tratamiento
sucesivo del tema en este ensayo. Junto a sus características propagandísticas,
informativas, educativas y de entretenimiento, este aspecto debería ser
incluido dentro del concepto de ‘la función cultural’ del cine.
Ahora es necesario preguntarse si existe una
relación específica entre el cine y la guerra civil. Dicha relación existe,
pero no gracias al medio en sí sino a la situación en que éste se origina o a
la que se refiere. Esto se puede documentar magníficamente en la Guerra Civil española,
donde las circunstancias fomentaron una configuración de temas y motivos
determinados, como la escisión ideológica en la familia o la transformación de
los combatientes voluntarios en soldados. Por otro lado, cuando el conflicto
sucede dentro de una comunidad nacional, la información y propaganda, así como
la inevitable memoria dividida entre los ganadores y los perdedores después de
la guerra, se convierten en un proceso especialmente difícil y complejo.[7] Este fenómeno se vuelve
expresamente obvio en el trato de las categorías del héroe y del heroísmo.
2.2 Héroe/heroísmo como categorías
culturales y conceptos analíticos
Ya que los siguientes análisis fílmicos se
orientan hacia los conceptos del héroe y heroísmo es necesario dar una breve
explicación ya que nuestro uso no se basa en el concepto neutral de ‘héroe’
como ‘figura’ o ‘protagonista’, sino en un concepto normativo y valorativo. En
este sentido la historia ha deformado en gran escala las categorías culturales
de héroe y heroísmo. Estas categorías representan una sociedad patriarcal y
pre-democrática que concede a la lucha y a la guerra una función creadora de
sentido. Estas categorías forman parte de un sistema de valores con el que
difícilmente podríamos identificarnos en nuestra actualidad ―al menos
desde un punto de vista histórico-político.
Sin embargo, hay razones suficientes para
nuestro uso de los conceptos analíticos del héroe y heroísmo. En primer lugar,
la más reciente de las películas consideradas, Soldados de Salamina de
David Trueba, acoge con asombrosa naturalidad un discurso sobre el héroe que
estuvo proscrito por muchos años, especialmente en España. Esto es por un lado
sorprendente para una película que llegó a los cines en el 2003, pero por otro
lado resulta sintomático de las circunstancias históricas contemporáneas. Los
filmes de Malraux y Saura también se aproximan a las categorías de héroe y lo
heroico sea con aprobación o rechazo. En segundo lugar, esto nos permite
preguntar por los conceptos de héroe y reconstruir sus sistemas de valores
correspondientes, las escalas morales y éticas que forman el modelo artificial
y esquemático del mundo inherente de cada película. Estos sistemas de valores
están relacionados por su parte con determinados discursos sociales y explican
la imagen propia de un grupo cultural.[8]
Tercero, en los conceptos de héroe y heroísmo la dimensión ética siempre se
fusiona con la estética ya que dichos conceptos se han desarrollado en estrecha
relación con las nociones del mito, lo épico y la tragedia, y muestran una
afinidad tradicional con los ideales estéticos de lo sublime, el desinterés y
el efecto del patetismo. Cuarto, del discurso del héroe se desprende la
interrogante de su imagen contraria, la del antihéroe, que al menos en la
literatura ha sido ilustrada desde Voltaire (Candide ou l’optimisme,
1759), Stendhal (La chartreuse de Parme, 1839) y Tolstoi (Vojna i mir,
1864-69) en íntima relación con el tema de la guerra. Para nuestro fin, la
definición de héroe de Geert Hofstede, aunque un tanto esquemática, resulta
útil como punto de arranque: “Heroes are persons, alive or dead, real or
imaginary, who possess characteristics which are highly prized in a culture,
and who thus serve as models for behaviour” (8). Para lo heroico, por otro
lado, puede utilizarse una de las numerosas definiciones de Nietzsche que no
necesariamente corresponde con el concepto del Superhombre: “Lo heroico
consiste en hacer algo muy grande (o de una manera grandiosa no hacerlo)
sin sentirse en una situación de competencia con otros o ante
otros” (Nietzsche 1003).[9]
Esta definición es ventajosa ya que presenta la grandeza como algo indefinido a
lo que se pueden atribuir varias características. También considera la
posibilidad de que lo heroico radique en la abstención de un acto y en la forma en la que se lleva a cabo dicha ausencia.
2.3 Cronotipología del cine sobre la Guerra
Civil
Los filmes de André Malraux, Carlos Saura y
David Trueba fueron escogidos para este ensayo por el estatus representativo de
sus conceptos fundamentales sobre héroe y heroísmo. Su relevancia recae en las
perspectivas que ofrecen de cada una de los bandos de guerra teniendo en cuenta
el tiempo en que se produjeron las películas, la generación a la que pertenecen
sus directores y la postura ante el pasado vinculado con ésta. El siguiente
cuadro esquemático sirve de aclaración:
|
Película
|
1. Año-Período
|
2. Generación
|
3. Perspectiva
|
4. Postura al pasado
|
|
André Malraux,
Sierra de Teruel
|
1938/39
Durante la guerra
|
Padres
|
Perdedores (+)
= Héroes
|
Presente como pasado
del futuro
|
|
Carlos Saura,
La caza
|
1965
Durante el
franquismo
|
Hijos
|
Vencedores (-)
= Antihéroes
|
Presencia del pasado
reprimido
|
|
David Trueba,
Soldados de
Salamina
|
2003
En la actualidad
|
Nietos
|
Vencedores (-)
= Antihéroes /
Perdedores (+)
= Héroes
|
Recuerdo /
Reconstrucción /
Evocación
|
El primer criterio es la fecha de producción de
los filmes. Sierra de Teruel, de André Malraux, fue producido en 1938 y
1939, todavía durante la guerra y con un claro propósito propagandístico. Sierra
de Teruel es, junto al documental Spanish Earth (USA 1937) de Joris
Ivens ―en el que Ernest Hemingway hizo de comentador―, la película de esa época más reconocida
internacionalmente. Por otro lado, La caza, de Carlos Saura,
producida bajo las severas condiciones de censura del franquismo, es un ejemplo
de un filme sobre la Guerra Civil que tuvo que evitar cualquier alusión
directa a su verdadera temática. 1965 trajo consigo un cambio cultural
significativo porque en ese año Saura se sitúa como el representante más
importante de una generación joven y crítica de cineastas que rehúsan a aceptar
el discurso oficial de la reconciliación. En comparación con éstos, el filme de
David Trueba representa la actualidad inmediata. Y ya que la importancia del
enfrentamiento fílmico con la Guerra Civil española a disminuido significativamente en los años ochenta y primer lustro de
los noventa, el filme de Trueba merece atención especial.[10]
Puede decirse que los cineastas más jóvenes de
las décadas de los 80 y los 90 ―no considerados en el panorama anterior―
no se interesaron en absoluto por el pasado. El trabajo de Pedro Almodóvar
resulta aquí paradigmático. Sus obras ejemplifican la necesidad de hallar los
límites de la nueva libertad creativa que surge de la Movida Madrileña en la
que el acuerdo general parece haber sido el de no abrir innecesariamente las
heridas del pasado. En esta época fueron sobre todo los auteurs
‘veteranos’ del cine español, como Luís García Berlanga (La vaquilla,
1985), Carlos Saura (¡Ay Carmela!, 1990) y Vicente Aranda (Libertarias,
1995), los que se consagraron de nuevo a la escenificación de la Guerra
Civil. Por eso es sintomático que una de las películas más exitosas de los
últimos veinte años que trata sobre esta guerra no es de un español sino que
del inglés Ken Loach (Land and Freedom, 1995).
El segundo criterio para la elección de los
filmes es la generación a la que pertenecen los directores. Cada generación
comparte un horizonte de experiencias y recuerdos comunes.[11] La generación de Malraux
(nacido en 1901) es la de los que, como adultos, participaron directamente en
la guerra. La prioridad de sus obras es usualmente la justificación de sus
propios actos. Carlos Saura (nacido en 1932) es un representante de la
“génération innocente” (Oms 211), la generación de los que vieron la guerra con
ojos de niño y cuyas vidas y trabajos fueron marcados por el dominio de los
vencedores. Esta generación busca sobre todo una confrontación con sus padres y
sus actos. David Trueba (nacido en 1969) es miembro de la generación de los
nietos, quienes ven la guerra como un acontecimiento definitivamente del
pasado. En éstos, se observa el deseo
de conocer y entender lo ocurrido para poder encontrar un vínculo con el
pasado.
El tercer criterio es la perspectiva de los
bandos de guerra: Malraux muestra la guerra desde el punto de vista del bando
republicano ―de los futuros perdedores. Pero en su película éstos son
presentados como héroes, como los verdaderos vencedores. El bando contrario
apenas aparece en la película. En el filme de Saura sucede lo contrario. Él
presenta a los vencedores, pero los presenta como perdedores y fracasados, en
una palabra: como antihéroes. Los antiguos adversarios están presentes sólo
como restos de esqueletos. Por último, Trueba escoge una perspectiva doble. Él
contrasta la trayectoria de un fascista con la un republicano, pero al hacerlo
le concede exclusivamente al republicano los atributos heroicos junto a su
función de modelo.
El cuarto criterio son las distintas maneras de
concebir y presentar el pasado, que se reflejan en el uso de varias técnicas
fílmicas. En cuanto a la película de Malraux, parece que este criterio no
significa ningún beneficio ya que la trama se desarrolla en el presente
histórico. Pero más adelante se verá que una de las peculiaridades del filme de
Malraux es que su presente se muestra como un recuerdo del futuro. Por su
parte, el filme de Saura tiene lugar en el presente de 1965. Pero el escenario
en que se desarrollan la acción y el comportamiento de las figuras indica sin
duda alguna un vínculo con la previa Guerra Civil sin que este pasado se
comente directamente o aparezca a través de flashbacks. El empleo
excesivo de esta técnica surge primeramente entre los cineastas de los primeros
años de la democracia. A este respecto se podrían destacar las adaptaciones de Los
santos inocentes (1984) por Mario Camus y Réquiem por un campesino
español (1985) por Francesc Betriu, basadas respectivamente en las novelas
homónimas de Miguel Delibes (1981) y Ramón José Sender (1953). Soldados de
Salamina de Trueba pertenece a otra fase de esta familia de filmes. Los
sucesos de la Guerra Civil quedan ya tan lejos como los tiempos de la batalla
de Salamina. Éstos han de ser reconstruidos a través de un trabajo minucioso y
detectivesco que se basa en la revisión de documentos históricos y en los
testimonios de los sobrevivientes de esa época.[12] Mientras que por un lado la
nueva generación, consciente de la ficcionalidad y construcción mediática de la
historia, favorece un trato lúdico-manipulativo del pasado que se refleja en
una mezcla de grabaciones documentales y escenas recordadas e imaginadas, por
otro lado también asume la necesidad de identificación y experiencia auténtica
del pasado.
3. El discurso del héroe en el cine de la
Guerra Civil
3.1 Sierra de Teruel:
fundamento/construcción
André Malraux fundó con su Sierra de Teruel ―rodada
en España en 1938 bajo circunstancias muy difíciles y finalizada en París en
1939― una perspectiva heroica de la Guerra Civil determinante para el
entendimiento propio de los izquierdistas y para la publicidad liberal ―perspectiva
en parte vigente hasta el día de hoy.[13]
La trama se basa en las vivencias de Malraux como comandante del escuadrón
aéreo de voluntarios agrupados por él mismo. Algunos episodios están tomados de
su novela sobre la Guerra Civil, L’espoir, publicada en 1937. El filme
relata fundamentalmente varias operaciones de resistencia contra la ofensiva de
las tropas fascistas en la región de Teruel (en el Noreste de España) y se
concentra en la preparación y ejecución del ataque aéreo del escuadrón de
aviones internacionales contra un aeropuerto de los franquistas. Durante el
vuelo de regreso de la exitosa misión, uno de los dos aviones republicanos es
alcanzado por las balas de los bombarderos enemigos y se estrella en las
montañas de Teruel. Los muertos y heridos de la tripulación son rescatados por
los habitantes de la región y llevados al valle.
El filme fue financiado principalmente por el
gobierno republicano en Barcelona, lo cual es de por sí un indicio claro de la
importancia propagandística que se le concede desde el principio.[14] En realidad, el
objetivo del filme era disuadir a las democracias occidentales y en especial al
gobierno de Roosevelt de su política de no intervención. Resulta paradójico que
precisamente la intención propagandística nacida de esta situación sea, en parte, responsable de los rasgos más
importantes del film, ya que ―para no ofender directamente al público, a
quien el mensaje iba dirigido― Malraux tuvo que ocultar todas las ideas
políticas radicales y las delicadas cuestiones religiosas.[15] En este contexto, resulta
estéril la discusión sobre si la película de Malraux es una obra
propagandística o de arte: bajo las circunstancias en que se produjo, Sierra
de Teruel podía desarrollar su función propagandística presentándose como
filme “artístico” para después convertirse en lo que es en la actualidad: un
monumento o un ‘lugar de memoria’ par excellence. ¿Dónde exactamente se
encuentra el propósito identificador del filme y por qué tuvo tanto éxito?
La primera respuesta consiste en que Malraux
construyó a un héroe colectivo cuya unidad se demuestra en la realización de un
objetivo común sin que por ello cada individuo tenga que abandonar su
identidad. Asimismo, Malraux quiere desmentir un cliché que se ha convertido en
un símbolo de la Guerra Civil: las contiendas internas de la izquierda y la
organización centrípeta de la derecha. ¿Cómo aborda Malraux este asunto? En la
primera mitad de la película elabora con ayuda de un montaje paralelo un
espacio imaginario de solidaridad y fraternidad: Le presenta al público
diferentes grupos de combatientes que al mismo tiempo se enfrentan a los
fascistas en lugares diferentes y de diferentes maneras ―entre ellos
están los escuadrones aéreos internacionales, un grupo de partisanos,
campesinos, etc. Con el ejemplo de los escuadrones aéreos, Malraux pone en
evidencia que la colectividad está compuesta por individuos de distintas
procedencias y motivaciones: alemanes, franceses, árabes y españoles que pueden
ser pacifistas, socialistas o, como Attignies, incluso hijo de fascistas. El
énfasis con que Malraux detaca el momento heroico de desinterés en el núcleo
republicano puede observarse en el ejemplo de Pol, uno de los pilotos
voluntarios que explica su decisión de tomar parte en la guerra diciendo lo
siguiente: “Yo vine porque me aburría”.[16]
En la segunda mitad del filme, cuyo trama se limita a un lapso de tiempo de 48 horas,
Malraux utiliza una estrategia narrativa linear que lleva la historia hasta su
clímax dramático: el bombardeo del aeropuerto fascista. De esa manera, el
mensaje de la película ―la exigencia de la solidaridad y de la ejecución
exitosa de una misión― se refleja con máxima eficacia en la estructura
narrativa.
Otro modelo identificador de la película es la
anticipación del fracaso histórico de los republicanos, que le brinda la
posibilidad de una interpretación casi religiosa. Esta perspectiva se advierte
aún en una de las primeras secuencias en las que los partisanos destruyen en un
ataque suicida, con la ayuda de un coche, una pieza de artillería de los
fascistas. A la colisión le sigue la imagen de una bandada de aves volando, y a
partir de esta secuencia, cada escena de muerte será acompañada de una corta
toma de la naturaleza. La indiferencia de la naturaleza acentúa el carácter
heroico del actuar humano que, recordando la definición ya mencionada de
Nietzsche, se realiza “sin sentirse en una situación de competencia con
otros o ante otros”. Esta perspectiva se vuelve más clara en la famosa
secuencia final. Los muertos o heridos del avión derribado son transportados de
las montañas al valle con la participación de todos los habitantes de la
región. En el momento de la trama (1937), la caída del avión es solamente un
percance en una guerra con un final todavía incierto; pero la película se rodó
en 1938, cuando la victoria de los franquistas ya era inminente. Como se ha
resaltado ya en muchas ocasiones, la composición de estas imágenes finales se
orienta en representaciones de la Pietà o en motivos religiosos al estilo de
Mantenga y Tintoretto.[17]
Su montaje está además basado en el cine revolucionario soviético e intenta
crear en el público un efecto de patetismo, gracias a la música fúnebre
compuesta por Darius Milhaud (“Cortège funèbre”). El mensaje es inequívoco: así
debe ser recordada la guerra en el futuro ―como un esfuerzo para realizar
una causa grande y justa. La muerte es una confirmación de la existencia de la
utopía. Así se encuentra también una respuesta a la retórica de los fascistas,
quienes caracterizaron desde el principio su alzamiento contra la República
como una “cruzada” bendecida por la iglesia. Es por lo tanto bastante claro que
Malraux persigue una estrategia doble: ofrece un modelo de identificación para
la victoria y para la derrota.
Pero el impacto extraordinario del filme se
logra gracias a otro factor decisivo: en el heroísmo doble de la trama ―la
acción concentrada y la mitificación del fracaso― parecen reflejarse las
circunstancias adversas de la producción y la recepción de la película. Sólo
así puede explicarse que después de su producción el filme se vio rodeado de un
aura de heroísmo y se convirtió en un emblema para la relación problemática
entre el arte y la política. La victoria de Franco no sólo impidió que Sierra
de Teruel terminara de producirse en España, sino que también implicó que
toda la empresa pareciera inútil ―inútil, pero no absurda. Aun la versión
final de la película montada por Malraux en París conserva un carácter
fragmentario que intensifica todavía más la impresión de ser una obra marcada
por la historia. También la persecución y la censura ayudaron a crear el mito:
la censura francesa prohibió el filme en 1939. Los nazis destruyeron los
negativos y todas las copias disponibles. En la década de los 1960, la película
logró incluso que su propio autor se volviera en su contra: siendo ministro de
cultura (1958-1966), Malraux fue forzado por de Gaulle a mantenerla bajo llave
para no ofender a Franco. Sierra de Teruel fue exhibida públicamente por
primera vez en España el 28 de enero de 1977. Hoy en día, la enciclopedia de
cine más popular del país la describe como “la mejor película sobre la guerra
española” (Torres 249). La accidentada trayectoria de la propia cinta está, en
definitiva, en perfecta solidaridad con el esforzado heroísmo y el denodado
sacrificio de los protagonistas pro-republicanos, así como con el destino heroico
que le depara un recuerdo muy posterior.
3.2 La caza (1965), de Carlos Saura:
crítica/destrucción
La tipología adoptada en este ensayo sitúa La
caza, de Carlos Saura, en la posición contraria de la crítica y la
destrucción del heroísmo y lo heroico. La trama sucede unos veinticinco años
después de la Guerra Civil. Cuatro hombres van a cazar conejos un domingo de
verano en las cercanías de Toledo: José, Paco y Luis, todos de unos cincuenta
años de edad, se conocen desde la época en que lucharon en el bando de Franco.
Los acompaña Enrique, cuñado de Paco y de unos veinte años de edad. Bajo el sol
radiante de ese día se producen tensiones que terminan deparando una gran
violencia: los hombres se disparan entre sí y el único sobreviviente es
Enrique. Saura bosqueja en su película la imagen de una sociedad perturbada,
que no quiere saber nada de su pasado bélico ―y esa misma negación
permite, sin embargo, que los vicios de la pasada Guerra Civil la domine. Las
condiciones de la censura obligaron a Saura a exponer su mensaje de forma
codificada. Irónicamente, esto se funde con su intención artística ya que
aumenta la atmósfera opresiva del filme. Dos aspectos merecen ser destacados:
En La caza, Saura desenmascara el ideal franquista del heroísmo
individual y colectivo, y pone completamente en evidencia la carencia de
sentido de la guerra.
La considerable estrategia sutil de denuncia de Saura puede observarse en la
forma con que desautoriza el heroísmo individual a través de alusiones claras a
la historia cinematográfica española. El actor Alfredo Mayo, que protagoniza el
papel del dominante Paco, encarna el prototipo del héroe en el cine franquista.
Entre otros, Mayo interpretó el papel principal en Raza (1941) de José
Luis Sáenz de Heredia. Ésta es la
película fascista más conocida cuyo guión fue escrito por el mismo Franco. En
cierto modo, este pasado cultural y político está inevitablemente presente en
la persona del actor Alfredo Mayo.[18]
Al mismo tiempo, el público informado es exhortado a comparar el carácter repugnante de Paco con los papeles
heroicos protagonizados anteriormente por Mayo, y se ve obligado a agregarle el
valor que esta confrontación implica: de aquel héroe de antaño ya no queda
nada. La comparación insinuada se refleja también en una corta secuencia en la
que Paco contempla su reflejo sudado y bronceado en un espejo (en una serie de
tomas de primer plano) y comenta lo siguiente: “¡Cómo me he puesto! ― He
tomado demasiado sol”. ¿Qué audiencia española no asociaría estas palabras con
el himno falangista “Cara al sol”? Pero no sólo Paco, sino también todos sus
camaradas de la Guerra Civil de antaño son desmitificados despiadadamente. La
faena compartida durante la caza de conejos alumbra todas las mentiras e
hipocresías: Paco es exitoso, pero cínico y vanidoso; José está enfermo, está
divorciado y se encuentra en bancarrota; Luis bebe en exceso y fue abandonado
por su mujer. La amistad evocada por todos no es más que una fachada que
encubre la falsa soberbia, el egoísmo, la envidia, el odio y el cálculo. La
crudeza con que los tres sentencian al mismo tiempo la enfermedad, la debilidad
y a los discapacitados, es un síntoma más de un barbarismo interior. Saura
traza la imagen de una colectividad comunicativa y patológica para la cual la
violencia es el único escape.
La guerra no provee un significado
trascendental: así podría formularse la declaración del filme. Saura deja claro
que la cacería ―como en el filme La règle du jeu (1939), de Jean
Renoir― puede ser entendida como una alegoría de la guerra: la cacería es
también la Guerra Civil. En realidad, los hombres están cazando conejos
exactamente en el mismo lugar en que treinta años atrás lucharon contra los
republicanos. Luis le describe el lugar a Enrique como un “buen lugar para
matar”. Saura encuentra la presencia del pasado en el presente, en concreto, en
las cicatrices del paisaje árido y semidesértico ―cavernas y trincheras―
que nos recuerdan de nuevo a la guerra. Incluso el acto de la caza, que se
desarrolla a lo largo del filme, se realiza con la mecánica de una operación
militar y se orquesta como la matanza sádica de víctimas indefensas. Esta
perspectiva se elabora a base de una “estética de choque” que utiliza
instrumentos visuales y auditivos como el montaje de staccato, cortes
abruptos, whip pans, y la precipitación constante de tomas totales y de
primer plano que muestran con rapidez las caras sudadas de los cazadores, las
armas siendo recargadas y los conejos saltando. La conclusión de la película de
Saura es obvia: una sociedad que no se confronta con su pasado violento y que
se aferra a formas de comportamiento equívocas no puede adaptarse a los
cambios del presente y corre el riesgo de autodestruirse. El último plano de la
película, que muestra a Enrique huyendo aterrado de la vaguada, se queda
congelado mientras que el sonido de su respiración continúa. Este final alberga
cierta ambigüedad ya que no se sabe si el estallido de violencia debe ser
considerado como una catarsis necesaria para escapar del trauma de la Guerra
Civil o si la generación más joven, como la de Enrique (que nunca ha oído nada
sobre la guerra), debería aprender que es imposible evadir los efectos de la
historia.
3.3 Soldados de Salamina (2003) de
David Trueba: rehabilitación/reflexión
La película Soldados de Salamina de
David Trueba, basada en la novela de Javier Cercas con el mismo título (2001),
se estrenó en marzo del 2003 en los cines ―38 años después del filme de
Saura y 64 después del fin de la Guerra Civil.[19]
Lo que la vincula con el filme de Saura es la invitación a la generación más
joven a confrontar el pasado. Lo que la diferencia ―entre otras cosas―
de La caza es la rehabilitación del concepto del héroe. Sin embargo, en
la película de Trueba este avance se convierte en una reflexión general sobre
las acciones heroicas. El filme sigue fielmente la trama de la novela con
algunos cambios no tan insignificantes. Por ejemplo, la figura principal en la
película no es un hombre sino una mujer soltera llamada Lola Cercas
(protagonizada por Ariadna Gil) que enseña literatura en la universidad de
Gerona (Cataluña) y trabaja al mismo tiempo como escritora y periodista. Como
en la novela, el filme gira alrededor de la anécdota de la sorprendente
salvación del escritor y jefe ideológico falangista Rafael Sánchez Mazas
(1894-1966), quien durante su huida de un fusilamiento se encuentra con un
miliciano republicano anónimo que le perdona la vida. Intrigada por esta
anécdota, Lola Cercas comienza a investigar la vida de Sánchez Mazas.
Decepcionada por los resultados, emprende finalmente la búsqueda del soldado
republicano anónimo. Como en la novela, la búsqueda termina en un asilo de
ancianos de Dijon, donde encuentra al catalán Antoni Miralles, veterano de la
Guerra Civil y de la Segunda Guerra Mundial, quien, según las conjeturas y los
deseos de Lola, debe ser el soldado que le salvó la vida a Sánchez Mazas. El
filme de Trueba documenta ―como se mostrará a continuación― una
relación con el pasado que presenta múltiples cambios de perspectiva.
Un primer indicio del distanciamiento histórico
alcanzado en esta obra es la aproximación pedagógica y didáctica que Trueba
escoge. Al igual que Saura y Loach, Trueba decide crear con Lola una figura
ficcional con la que el público puede identificarse. Con ella, el público es sacado de ese
lugar o estado de hastío e incertidumbre ―como Lola cuando se le pide que
escriba un artículo sobre la Guerra Civil, a lo que ella responde: “la guerra
civil, otra vez... no, por favor”, o cuando el estudiante Gastón pregunta con
respecto a Sánchez Mazas: “No sé quien es... ¿tendría que saberlo?”. Ambas
figuras descubren a lo largo del filme que sus propios padres y abuelos tienen
un pasado relacionado con la Guerra Civil y que este pasado, amenazado por el
olvido, continúa vivo en la presencia de los últimos testigos sobrevivientes.
Al distanciamiento histórico también se le suma
una perspectiva doble ―novedosa en el filme y en la novela― que le
presta igual atención a los fascistas y a los republicanos y que muestra, con
la reversión de los papeles tradicionales, a los perdedores, o sea, los
republicanos, como actores y a los vencedores, o sea, los fascistas, como
víctimas. El sentido alegórico del acto de misericordia en la parte principal
de la historia se puede interpretar en este contexto como una invitación a
superar para siempre la división tradicional e ideológica de las “dos Españas”.
También sugiere la posibilidad de que en el futuro no se den prejuicios
unilaterales (“los otros tienen la culpa”) pero tampoco relativizaciones un
tanto gratuitas (“todos tienen la culpa”).
Exactamente como en la
novela, el filme participa del caudaloso discurso memorialista típico de la cultura española de la actualidad ―pero lo moldea
de una manera específicamente fílmica.[20]
De esa manera el filme propone también una suerte de corrección al textual de
Javier Cercas porque destruye, a través de su “medialidad”, el patetismo y lo
cursi de la imaginación del narrador de la novela. Por un lado, la pretensión con tintes auto-paródicos del narrador
en primera persona ―que se presenta como guardián de la memoria cultural―
se basa sobre todo en que el escritor le otorga vida a los hombres y a las
cosas descritas a través se su lenguaje.[21]
Pero en la película, este papel “registrador” es desempeñado fundamentalmente
por el aparato fílmico: el filme deja que los testigos, los documentos,
imágenes y escenas hablen por sí solos.
Pero hay otro cambio de énfasis potencialmente
más importante. A partir de los primeros planos, el filme se dedica a construir
con esmero la crisis de identidad por la que está pasando Lola, como mujer y
como escritora. Su preocupación por el pasado se somete a sus necesidades
emocionales, a la búsqueda de sentido y finalmente a sus aspiraciones
artísticas. Teniendo esta perspectiva en la mente, se deduce que su búsqueda no
tiene como objetivo resolver las grandes preguntas sobre la culpa y la verdad,
sino que intenta sacar un beneficio privado de la historia para su vida. El
papel que juega el presente en el filme se hace obvio con el hecho de que
solamente una quinta parte de la trama sucede en el pasado.[22]
La secuencia de montaje presentada en el clímax
de la primera parte del filme es característica para el trato
imaginativo-identificador que la protagonista (y el filme mismo) utiliza para
acercarse a la historia. En este montaje se alternan imágenes de la visita de
Lola al lugar histórico donde supuestamente se realizaron los fusilamientos en
masa, y una reconstrucción escenificada de los hechos que recuerda al estilo
visual del fotógrafo de guerra Robert Capa. Cabe mencionar que los límites
entre ambos tiempos y realidades son disueltos concienzudamente por una serie
de match cuts. La manera en que se consideran las exigencias
prioritariamente emocionales y estéticas es un síntoma de que en la España de
hoy, al igual que en otros países, se está realizando un acercamiento al pasado
marcado por tendencias trivializantes, emocionantes, estetizantes y de auto-reconciliación.[23]
Sin embargo, donde se nota el cambio en la
relación con el pasado más significativamente es en la rehabilitación del
discurso del héroe. “¿Qué es para vosotros un héroe?” Éste es el tema para un ensayo que
Lola propone a su clase y al mismo tiempo la pregunta central de la película.[24] Soldados de Salamina
plantea una tipología del heroísmo. El fascista Rafael Sánchez Mazas que tuvo
la suerte de escapar del fusilamiento en masa, es presentado como antihéroe.
Pero no por esto es juzgado con la misma agresividad que Saura reserva a sus
personajes. Las imágenes de David Trueba adoptan más bien un punto de
vista humanista sin que necesariamente haya que simpatizar con la figura del
falangista: muestran que el encarcelamiento, la ejecución y la fuga tienen
siempre algo deplorable. El miliciano republicano que le permite a Sánchez
Mazas seguir huyendo regalándole la vida es, por otro lado, un héroe absurdo.
Su acto corresponde perfectamente a la segunda variante de la definición de
Nietzsche de lo heroico: “de una manera grandiosa no hacerlo”. Al mismo
tiempo, este acto es literalmente un acte gratuit, cuyo significado
ininteligible se intensifica todavía más por la ilustración fílmica. Tal acte
gratuit, que subraya la libertad e indeterminación de los actos humanos,
provoca una gran fascinación y curiosidad, pero, en general, no sirve como
modelo de comportamiento. Este modelo, sin embargo, es productivo porque, sin él, sería imposible considerar un tercer
tipo de héroe que desde un punto de vista ideológico nos ofrece grandes
posibilidades asociativas. Este tercer tipo de héroe es personificado por
Miralles, el veterano viejo y lacerado. Éste, que no es ningún hombre
excepcional, sino un simple soldado, se convierte en un “universal soldier”, en
un “last man standing” de la civilización, en una encarnación de la lucha
eterna por la libertad. Esta dimensión universal es concebida en la película a
través de la narración de la vida de este hombre contada desde el off de
un voice over mientras, al mismo tiempo, se muestran tomas históricas de
la Guerra Civil y distintas escenas de la Segunda Guerra Mundial.[25]
El hecho de que la pregunta “¿qué es un héroe?”
se convierta en el tema de la película es de por sí un indicio claro de un
anhelado redescubrimiento de unos
valores políticos y morales. Que esta pregunta se haga en un salón de clases y
que su respuesta se pida en forma de ensayo refuerza aún más esta impresión.
Que al final esta pregunta parezca ser contestada satisfactoriamente por medio
de la historia del veterano de guerra Miralles demuestra que la contienda
bélica contiene un alto valor simbólico muy positivo para la cultura de la
democracia española.
4. Funciones culturales del discurso del
héroe en comparación
La consideración de distintas constelaciones
históricas del cine y de la Guerra Civil nos lleva finalmente a la conclusión
de que el cine juega un papel importante dentro de la “mitomotórica”
correspondiente a cada presente.[26]
Precisamente en el trato con las categorías del héroe y de lo heroico
puede mostrarse cómo cada época intenta explicarse a sí misma y su propio
futuro. En este sentido, cada una de las tres representaciones de la Guerra
Civil tratadas en este ensayo marca una etapa en la historia del cine español.
A partir de Sierra de Teruel de André Malraux comienza una lucha por la
memoria en nombre de una utopía humanista de carácter heroico. Esta labor es
realizada, además, en unas condiciones históricas de máxima urgencia. Bajo las
también difíciles circunstancias de la dictadura, Carlos Saura busca un ajuste
de cuentas moral con los vencedores y reivindica la necesidad de los recuerdos.
Esta obra no aborda solamente la contienda, sino además (y sobre todo) sus
terribles efectos sobre la moralmente decadente sociedad franquista. David
Trueba une, por su parte, una perspectiva individualista con un simbolismo
masivo: mientras que el acto no llevado a cabo por el miliciano anónimo puede
ser entendido como una oferta de reconciliación, en la figura del fascista se
manifiesta el rechazo a cualquier ataque a valores tan importantes para la
España contemporánea, como la democracia y el estado constitucional. En el
homenaje al veterano de guerra Miralles que, con la bandera tricolor en la mano,
parte hacia el combate en Francia, se puede detectar también una negativa a
cualquier orientación puramente nacionalista del conflicto, así como también
una afirmación de la “normalidad e integración europeas”. Indudablemente, los
tres filmes tienen el mismo valor como “demarcaciones de una época”. En cambio,
desde el punto de vista estético hay que llegar a una declaración más
diferenciada. Visto desde esta perspectiva, aunque el filme Soldados de
Salamina posee una gama de cualidades incuestionables ―desde la
fotografía monocromática hasta su original estructura narrativa, estas cualidades no alcanzan,
sin embargo, la fuerza visual-mítica de Sierra de Teruel, o el potencial
de influencia estilística de La caza.[27]
Obras citadas
Álvarez Berciano, Rosa, y Ramón
Sala Noguer. El cine en la zona nacional 1936-1939. Bilbao: Mensajero,
2000.
Assmann, Jan. “Collective Memory
and Cultural Identity”. New German Critique 65 (1995): 125-133.
---. Das kulturelle Gedächtnis.
Schrift, Erinnerung und politische Identität in frühen Hochkulturen.
München: Beck, 2002.
Aub, Max. “L’histoire du film”. L’avant-scène
cinéma 385 (1989): 15-19.
Best, Otto F. “Held, Heros”.
Historisches Wörterbuch der Philosophie. Ed. Joachim Ritter. Vol. 3. Stuttgart/Basel: Schwabe&Co, 1974. 1043-1049.
Cercas, Javier. Soldados de
Salamina. Barcelona: Tusquets, 2003.
Cercas, Javier y David Trueba. Diálogos
de Salamina. Un paseo por el cine y la literatura. Javier Cercas ― David
Trueba. Ed. Luis Alegre. Barcelona: Tusquets, 2003.
Cerisuelo, Marc. Jean-Luc
Godard. Paris: Edition des quatre-vents, 1989.
Crussels, Magí. La Guerra Civil
española: Cine y propaganda. Barcelona: Ariel, 2003.
D’Lugo, Marvin. The Films of
Carlos Saura. The Practice of Seeing. Princeton: University Press, 1991.
Ehrlicher, Hanno. “Batallas del
recuerdo. La memoria de la Guerra Civil en Land and Freedom (Ken Loach,
1995) y Soldados de Salamina (David Trueba, 2002)”. Miradas glocales.
Cine español en el cambio de milenio. Eds. Burkhard Pohl y Jörg Türschmann.
Madrid: Iberoamericana, 2007. 283-305.
Godard, Jean-Luc. “Pierrot le
fou”. L’avant-scène cinéma 171/172 (1976): 71-111.
Gómez López-Quiñones, Antonio. La
guerra persistente. Memoria, violencia y utopia: representaciones
contemporáneas de la Guerra Civil española. Madrid: Iberoamericana, 2006.
Gubern, Ramón. 1936-1939: La
guerra de España en la pantalla. De la propaganda a la historia. Madrid:
Filmoteca Española, 1986.
Harguindey, Ángel S. “Muerte y
resurrección de Sánchez Mazas”. El país 3.05.2002: http://www.elpais.com/articulo/cine/Muerte/resurreccion/Sanchez/Mazas/elpcinpor/20020503elpepicin_1/Tes
[consultado mayo 2008]
Hofstede, Geert. Cultures and
Organizations. Software of the Mind. London: McGraw-Hill, 1991.
Iguarta, Juanjo y Dario Paez. “Art
and Remembering Traumatic Collective Events: The Case of the Spanish Civil
War”. Collective Memory of Political Events. Social Psychological
Perspectives. Ed. James W. Pennebaker et al. Mahwah/New Jersey: Lawrence
Erlbaum Associates, 1997. 79-101.
Kittler,
Friedrich A. Gramophone, Film,Ttypewriter. Stanford: Stanford UP,
1999.
Kracauer, Siegfried. Theory of
Film. The Redemption of Physical Reality. New York: Oxford UP, 1960.
La caza. Dir. Carlos Saura. Act. Ismael Merlo, Alfredo Mayo, José María Prada,
Emilio Gutiérrez Caba. 1965. VHS. Antología del cine español.
Luengo, Ana. La encrucijada de
la memoria. La memoria colectiva de la Guerra Civil Española en la novela
contemporánea. Berlin: Edition tranvía, 2004.
Malraux, André. Œuvres
complètes II. Ed. Marius-François Guyard et al. Paris: Gallimard, 1996.
McLuhan, Herbert Marshall y
Quentin Fiore. War and Peace in the Global Village. New York:
McGraw-Hill, 1968.
Michalczyk, John J. André
Malraux’s “Espoir”: The Propaganda/Art Film and the Spanish Civil War.
Mississippi: Romance Monographs, 1977.
Monteath, Peter. The Spanish
Civil War in Literature, Film, and Art. An International Bibliography of
Secondary Literature. Westport/London: Greenwood Press, 1994.
Nietzsche, Friedrich. Werke in
drei Bänden. Ed. Karl Schlechta. Vol. 1. Darmstadt: Wissenschaftliche
Buchgesellschaft, 1997 (Menschliches, Allzumenschliches. Ein Buch für freie
Geister. Aph. 337).
Oms, Marcel. La guerre
d’Espagne au cinéma. Mythes et réalités. Paris: Editions du Cerf, 1986.
---. “Ce qu’il reste de
‘L’Espoir’...”. L’avant-scène cinéma 385 (1989): 3-9.
Paul, Gerhard. Bilder des
Krieges. Krieg der Bilder. Die Visualisierung des modernen Krieges.
Paderborn/München: Schöningh/Fink, 2004.
Sala Noguer, Ramón. El cine en
la España republicana durante la guerra civil (1939-1939). Bilbao:
Mensajero, 1993.
Soldados de Salamina. Dir. David Trueba. Act. Ariadna Gil, Ramon Fontserè, Joan Dalmau,
María Botto. 2003. VHS. Warner Home Video.
Torres, Augusto M. Diccionario
Espasa Cine Español. Madrid: Espasa Calpe, 1996.
Vargas Llosa, Mario. “El sueño de
los héroes”. El país 3.9.2001: 11.
Vernon, Kathleen M., ed. The
Spanish Civil War and the Visual Arts. Ithaca: Cornell UP, 1990.
Virilio, Paul. Guerre et cinéma
I. Logistique de la perception. 1984. Paris: Cahiers du cinéma, 1991.
Wahnich, Sophie. “Les musées
d’histoire du XXe siècle en Europe”. Etudes. Revue de culture
contemporaine 403/1-2 (2005): 29-41.
Winter, Ulrich, ed. Lugares de
memoria de la Guerra Civil y el franquismo. Representaciones literarias y
visuales. Madrid: Iberoamericana, 2006.
Yushimoto del Valle, Carlos. “Soldados
de Salamina: Indagaciones sobre un héroe moderno”. Espéculo. Revista de
estudios literarios 23 (2003).
<http://www.ucm.es/info/especulo/numero23/salamina.html>
Zunzunegui, Santos. Historias
de España. De qué hablamos cuando hablamos de cine español. Valencia:
Ediciones de la filmoteca, 2002.