los bóvidos ctónicos en la oralidad y en la escritura:
de miguel hernández al folclore y a la tradición bíblica[1]

 

Óscar Abenójar

Instituto Cervantes de Argel

 

En los sonetos de El rayo que no cesa Miguel Hernández lograba consolidar un cauce expresivo que ya había venido fraguando desde sus etapas anteriores. Y, para conseguirlo, el poeta elaboró una cosmovisión muy personal que poco a poco iría asentando los cimientos definitivos de su producción ulterior. En las páginas de aquel poemario que por fin le brindaría a su autor el ansiado reconocimiento de sus admirados Juan Ramón Jiménez y Pablo Neruda Miguel Hernández diseñó un imaginario poético en el cual los bóvidos, que él describía mediante un léxico que evocaba la materia ígnea y mineral, asumían un papel muy destacado.[2]

De todas las semblanzas de los astados que se hallan presentes en El rayo que no cesa, muy significativas resultan las del soneto que reproduzco a continuación:

Silencio de metal triste y sonoro,

espadas congregando con amores

en el final de huesos destructores

de la región volcánica del toro.

 

Conjunción animal de piedra y viento

donde concreta la naturaleza

el canon superior de la belleza

y la aptitud más pura de violento.

 

Su corazón de intrépido elemento

sólo alienta el coraje y la fiereza;

las parábolas que orlean su cabeza

le procuran la gloria y el tormento.

 

Al contemplar su estampa belicosa,

su belleza potente y musculosa,

la patente inquietud que lo subleva,

 

uno piensa en su suerte consternado

y admira a este animal predestinado

por toda la tragedia que conlleva. (Obras 500)

A lo largo de la evolución poética de Miguel Hernández, los toros van asumiendo de manera gradual los paradigmas de lo telúrico, lo volcánico y lo mineral. Y es en Llamo al toro de España (Obras 648-650) uno de los poemas más extensos y complejos de El hombre acecha donde encontramos por fin la fisonomía definitiva del bóvido hernandiano. El toro viene identificado en estos versos con toda la extensión del territorio peninsular, y, para describir su naturaleza, Miguel Hernández se servía del campo semántico de lo incandescente:

Toro en la primavera más toro que otras veces,

en España más toro, toro, que en otras partes.

Más cálido que nunca, más volcánico, toro,

que irradias, que iluminas al fuego, yérguete. (vv. 16-19)

Y, en este orden de ideas, muy representativo resulta también el siguiente cuarteto:

No te van a absorber la sangre de riqueza,

no te arrebatarán los ojos minerales.

La piel donde recoge resplandor el lucero

no arrancarán del toro de torrencial mercurio. (vv. 31-34)

Notamos que, a medida que se suceden los versos, las alusiones a la naturaleza telúrica del toro van conjugándose con evocaciones al poder genésico del cornúpedo. Así, por ejemplo, conciliaba el poeta oriolano la dimensión geológica del bóvido con sus atributos de fertilidad y virilidad: “No te van a castrar, poder tan masculino/ que fecundas la piedra; no te van a castrar” (vv. 26-29). Hasta que, ya en los versos 46-49, la materia metálica y mineral quedaba fundida definitivamente en la figura del toro:

Gran toro que en el bronce y en la piedra has mamado,

y en el granito fiero paciste la fiereza:

revuélvete en el alma de todos los que han visto

la luz primera en esta península ultrajada.

Las proporciones siderales de este bóvido hispánico alcanzan su paroxismo en el siguiente cuarteto, donde el poeta invoca al brío tectónico del toro:

De la airada cabeza que fortalece el mundo,

del cuello como un bloque de titanes en marcha,

brotará la victoria como un ancho bramido

que hará sangrar al mármol y sonar a la arena. (vv. 56-59)

Todo el poema queda impregnado de este ímpetu desatado —de evocaciones cósmicas y turbulentas— que Miguel Hernández equipara a energía provocada por la naturaleza indómita del animal. En los versos que reproducimos a continuación, notamos incluso una sensación de agitación sísmica, que aparece intensificada por los imperativos “resopla”, “despliega” y “enarbola” (referidos a los cuernos del bovino), designados aquí mediante la sugerente metáfora de las “dos herramientas de asustar los astros”:

Resopla tu poder, despliega tu esqueleto,

enarbola tu frente con las rotundas hachas,

con las dos herramientas de asustar a los astros,

de amenazar al cielo con astas de tragedia. (vv. 11-14)

Pero no son estos los únicos imperativos que alientan al bóvido a que, en arranque de dignidad y rebeldía, desencadene una convulsión de proporciones cósmicas que logre liberarlo definitivamente del sometimiento. De principio a fin exhorta Miguel Hernández en sus versos a este toro hispánico que hasta entonces soportaba adormecido las tiránicas humillaciones de sus opresores: “alza” (v. 1), “levántate” (v. 1), “despiértate” (v. 1), “resopla” (v. 11), “despliega tu esqueleto” (v. 11), “desencadénate” (v. 20), “yérguete” (v. 25), “pataléalos” (v. 29), “víbrate” (v. 30), “revuélvete” (v. 35), “truénate” (v. 40), “abalánzate” (v. 45), “atorbellínate” (v. 55), para que sacuda todo su cuerpo —mineral y volcánico— y se vea liberado así de su telúrica prisión.

Y ya en los versos conclusivos esta invocación a la agitación llega a su punto álgido:

Despierta, toro: esgrime, desencadena, víbrate.

Levanta, toro: truena, toro, abalánzate.

Atorbellínate, toro: revuélvete.

Sálvate, denso toro de emoción y de España. (vv. 61-64)

Aunque de manera menos coherente que en El rayo que no cesa, en su producción posterior volvería a hacer uso Miguel Hernández de aquella particular cosmovisión. Estos versos, por ejemplo, han sido extraídos de Primero de mayo de 1937, una de las últimas composiciones del poemario Viento del pueblo: “Sementales corceles,/ toros emocionados,/ Como una fundición de bronce y hierro” (Obras 598-600, vv. 5-8).

La semblanza del toro como animal de envergadura colosal y de naturaleza telúrica que encuentra una expresión tan particular en las últimas etapas de la poesía de Miguel Hernández hunde sus raíces en un complejo de leyendas y rituales de la tradición oral, terreno donde los bóvidos y muy especialmente los bueyes y los toros muy a menudo aparecen vinculados a las potencias tectónicas del subsuelo.

Pero, a pesar de que los folcloristas disponemos de una exuberancia documental sobre toros, bueyes y vacas que son asociados con el mundo telúrico, poco (o, más bien, casi nada) se ha escrito acerca de las conexiones míticas del ganado con el universo cavernario. Y es que, en términos generales, los mitógrafos españoles han concentrado todos sus esfuerzos en poner de manifiesto (ya lo habían hecho con anterioridad otros eruditos extranjeros)[3] la conexión entre el culto a las divinidades táuricas, el simbolismo genésico de los bóvidos y la fertilidad de la tierra,[4] y han hecho hincapié de manera muy especial en el ritualismo consagrado a los astados en el calendario festivo.[5]

Esta negligencia tan flagrante de la crítica se debe, con toda probabilidad, a la diversidad y a la complejidad del folclore relativo a estos animales, circunstancias que han propiciado que las investigaciones sobre su naturaleza simbólica se hallen muy dispersas, aquí y allá, en decenas de estudios de escasa ambición universalista. Ni siquiera en un ámbito cultural más reducido y limitado como es el ibérico las obras consagradas a los bóvidos tienen un carácter unificador que nos permita contemplar en toda su amplitud las implicaciones simbólicas de estos animales.

Algunas de las deficiencias de la semiótica en relación con los bóvidos ya fueron apuntadas de manera magistral por François Delpech. Así señaló el eminente folclorista francés la relevancia de otras implicaciones, como la cósmica, que tienen los toros en el folclore hispánico:

Las figuraciones astrales, vegetales e hidráulicas, que con frecuencia aparecen asociadas a las antiguas imágenes taurinas, indican que, efectivamente, el simbolismo de la fecundidad se halla incluido en un conjunto global, ocasionalmente cósmico (incluso a veces cosmológico). (276-297)

Y después añadía, en los términos que reproducimos a continuación, otra dimensión la ctónica al ya consabido simbolismo de fecundidad de los bóvidos:

Abundan en España y en Portugal las leyendas topográficas en las cuales son asociados los toros a la riqueza, las efigies taurinas a los tesoros. En muchos casos el tesoro mismo es un animal de oro, y la mayoría de las ocasiones se trata de un toro (un ternero, y a veces una cabra o un cordero) o bien la piel de un toro rellena de monedas de oro.

El guardián del tesoro a veces un animal de oro, pero vivo indica su localización y conduce a él. Estas efigies imaginarias, que han sido interpretadas a menudo como antiguos cultos paganos asociados a los “moros”, y vinculadas al fuego, a la luz y a las aguas, tienen a la vez una función territorial identitaria. Aparecen ocasionalmente en los talismanes mágicos y tutelares que garantizan la estabilidad del territorio, el equilibrio y la continuidad subyacente de las fuerzas ctónicas con las cuales los habitantes deben mantener una relación (de ahí la dimensión escatológica de ciertas leyendas sobre estos bóvidos). (293).[6]

Mi objetivo en este estudio se limitará a apuntar algunas notas muy concisas pero suficientemente significativas que pretenden aportar algo más de información sobre esta extensa red de conexiones míticas que envuelve la figura de los bóvidos. Para iniciar esta andadura, expondré algunas leyendas hispánicas donde el ganado bovino aparece asociado a las cavernas, a los cursos acuáticos y a los abismos, y seguidamente presentaré los paralelos de otras regiones del planeta. Aportaré a continuación algunos mitos, procedentes de tradiciones universales muy diversas, donde se responsabiliza a los toros de provocar los terremotos. Y, ya en la última sección de este artículo, consagraré un conciso espacio a la presencia de los bóvidos ctónicos en los textos sagrados del Cristianismo, del Islam y de las tradiciones hinduistas y mitraicas.

Toros, cuevas y lagunas en la literatura oral europea

Tal vez sea en el segundo volumen de las Obras completas del insigne etnólogo guipuzcoano José Miguel de Barandiarán, donde encontremos la mayor profusión de testimonios ibéricos en relación con los toros de las cavernas. El material etnográfico sobre estos bóvidos rupestres recogido por el padre Barandiarán en el País Vasco resultaría muy conveniente para nuestros propósitos, pero es tan profuso que en estas páginas no podrá sino quedar expuesto de manera muy testimonial.

En la mayoría de las leyendas anotadas por Barandiarán, el aspecto de estos novillos queda descrito de un modo muy similar al que sigue:

En 1937 Marguerîte Aroztegixar, la anciana del caserío Gamu-borda, en Liginaga (en francés “Laguinge”), oriunda de Alzay y de 74 años de edad, me contó que en la caverna de Otsibarre, situada en Camou, vivía un joven toro rojo que salía al paso, con una actitud amenazante, a cualquiera que quería refugiarse en ella. Solo podría salir vivo de ella un cura que fuera manco. (366; todas las traducciones son mías)

A juzgar por los etnotextos recogidos en el País Vasco, se ha extendido la creencia de que estos toros de color rojo son los guardianes protectores de las entradas al submundo. Así se desprende, por ejemplo, de algunas anotaciones de Eusko Folklore como la que presentamos a continuación:

En lo alto del cerro que domina la borda Ustaatsu (Ataun, Guipúzcoa) existe una cueva. Se cuenta que allí vive un genio que aparece en forma de “txaal-gorri” (un joven novillo rojizo) que impide la entrada a todo extranjero.

Cerca de la borda Iturrioz (también en Ataun) se encuentra una caverna homónima. A principios de este siglo [XX], era habitual escuchar que ahí vivía un genio o un personaje extraño. Se contaba que si alguien lanzaba piedras al interior, enseguida salía una criatura en forma de novillo rojizo, lo cual era entendido como un mal augurio por el desdichado que había osado perturbar el silencio de aquel lugar. (366)

O bien de esta otra leyenda guipuzcoana:

Existen varias simas en el País Vasco que, según se dice, sirven de habitación a ciertos animales y monstruos que algunas veces se han dejado ver.

En Lizartza (Guipuzkoa) dicen que un torete rojo salía antiguamente de la sima llamada Leiza-zuloa, situada en la montaña que llaman Lapar. Añaden que los curas bendijeron la sima, y que desde entonces no ha vuelto a aparecer el misterioso animal.

En Ataun existía también la creencia de que una sima llamada Iturriozko leizea, que se abre en un monte próximo al caserío de Iturrioz, habitaba un novillo rojo, Por esta razón los muchachos que pasaban por aquellos contornos se guardaban de lanzar piedras al interior de la sima (20).

Pero también son relativamente frecuentes en todo el norte peninsular los relatos sobre los toros que moran en las cuevas o en las lagunas. En la siguiente noticia asturiana, un toro rojo es engullido por la laguna de El Páramo:

Aquí tamién, en la otra braña que tenemos. El Páramo, pues allí en aquel páramo tenemos unos lagos, y íbamos p’allí con los ganaos y dormíamos allí atendiendo el ganáu y todo, pero nosotros tábamos detrás de una colina, las cabañinas y todo eso, protegidas del norte, pero había que pasar un colláu nosotros decíamos El Cuḷḷadín y entonces las brañeras nunca querían pasar El Cuḷḷadín de noche, porque había encantos, decían. Y una vez dicen que de ese lago salió un toro, un toro precioso, y sirvió a una vaca del páramo. Y trajo nación, salió un xato pinto precioso. La vaca tuvo los nueve meses con el xato dentro, pero así que salió el xato a la luz del día se lo comió otra vez la laguna y no lo volvieron a ver más, porque era de la laguna, era el xato de la laguna. Eso sí, eso sí que lo decían muchas veces. (Suárez y Pedrosa 77)

Y, ya de regreso al folclore vasco, es conveniente señalar que a menudo, en las leyendas protagonizadas por estos novillos cavernarios, solo unas plegarias muy concretas, y formuladas de boca de los curas, pueden sellar estas cuevas y poner fin así al calvario de los aldeanos:

Existe una caverna que se llama Leize-zulo en la montaña Lapar. Se cuenta que antaño salía de allí un novillo rojo. Y ya no aparece, porque los curas bendijeron la entrada.

El señor López Mendizábal me contó en 1927 que, según una creencia de Lizarza, un toro rojizo aparecía en la cueva de la montaña Oxabio.

Según una leyenda, en la cueva de Austokieta, situada en la montaña Otsabio de la aldea de Lizarza, habita un toro de fuego. (Barandiarán 20)

También han quedado documentados en Euskadi testimonios sobre bóvidos que conducen a los humanos hacia las grutas. Algunas, como la que expongo a continuación, comunican dos puntos muy alejados entre sí:

Se cuenta que una vez, cerca de Lezia, había una vaca que estaba paciendo.

Un campesino de Sare la agarró por la cola creyendo que era una de las suyas. Entonces la vaca se introdujo en el interior de la cueva con el hombre agarrado a su cola. Los dos hicieron un camino muy largo hasta salir por Echalar. (Barandiarán 365)

En estas narraciones a veces se añade alguna mención explícita a otros pobladores del inframundo, y, curiosamente, entonces suele ocurrir que la función del novillo queda invertida: el animal no representa ya una amenaza maléfica que acecha a los humanos en las entrañas de las cavernas, sino que los aldeanos se sirven de él para aplacar las potencias malignas de los seres ctónicos. Así sucede, por ejemplo, en esta noticia transcrita por Barandiarán:

Mi informante D. Juan de Añibarro, de Ceánuri, me envió el siguiente relato en el año 1933:

Surcando el río de Upan con arado del cual tirasen siete novillos de siete años, se destruían las lamias.

Dejaban el río ensangrentado.

Esos novillos tienen que ser de madres a las que nunca se les haya ordeñado. (481)

Estos relatos tradicionales sobre novillos rojizos no se hallan recluidos en el septentrión ibérico. En Francia por lo menos hasta principios del siglo XX muchos campesinos creían que algunas cavernas se hallaban habitadas por hadas que protegían los rebaños. Este es uno de aquellos testimonios franceses:

Existen varias leyendas sobre los animales domésticos que poseen las hadas en sus establos construidos en un rincón de las cavernas. Les prestaban sus bueyes a la gente de los alrededores que acudían a pedírselos, pero les imponían ciertas condiciones, por lo general, que no les hicieran trabajar antes del amanecer o del anochecer. Si las bestias trazasen un solo surco antes del crepúsculo, morirían y después las hadas saldrían para maldecir al imprudente campesino.

Según otras leyendas, los bueyes se alimentaban por sí solos y trabajaban por la noche, pero desaparecían al mismo tiempo que el sol. (Sébillot 330)

Según otras leyendas francesas recogidas por Sébillot en Croyances, mythes et légendes des pays de France, las bestias que moran en las simas son propiedad de las hadas. En la siguiente relación, por ejemplo, los campesinos sacan el ganado a la superficie para que pazca en los prados, y esta actividad es remunerada por las hadas:

Las hadas también tenían bestias que por la mañana sacaban de su morada subterránea y las recogían al crepúsculo. Los bueyes y las vacas de las numerosas hadas como Margot acudían a las colinas para pacer, e incluso a veces se aventuraban en los campos vecinos [...]. Estas tradiciones se encuentran en las Ardenas y en la Lorena.

Hace más o menos doscientos años un hada vivía con una vaca, cuya leche era su único alimento, en el interior del Trou-Boué, situado en las proximidades de Condé-les-Autry. Cada mañana un niño entraba en la gruta a buscar la vaca y después salía con ella para llevarla a pastar. Como no le estaba permitido al muchacho ver al hada y esta debía pagarle la suma por el servicio, le dejaba colgada de una cuerda una bolsita con dinero. (330-331)

Esta tradición se halla muy extendida por todo el territorio francés, desde su frontera sur hasta las áreas limítrofes con el ámbito cultural germánico. De la vasta divulgación de este motivo servirá de testimonio la siguiente leyenda procedente de la Lorena:

En los bosques de los Vosgos, un pastor cuidaba las vacas de Mailly. Como nunca había visto al dueño del ganado y este nunca le había pagado, un día siguió a una vaca negra hasta el agujero de la Crevée. La asió por la cola y se dejó arrastrar hasta el interior. El hombre la siguió hasta una sala que servía como horno, y allí encontró a dos ancianas que estaban cociendo. Entonces les pidió el pago por los servicios de pastor.

—¡Extiende tu saco! —dijo una de ellas.

La otra tomó una paletada de brasas y la echó dentro del saco. Entonces el hombre sacudió su saco y se marchó a todo correr. Al llegar al exterior, miró dentro de su saco y en el fondo encontró un luis de oro. (Sébillot 331)

Tampoco faltan en los relatos franceses los toros que hacen brotar una fuente de una simple coz. Esta capacidad, tan relacionada con las potencias del mundo subterráneo, ha sido muy documentada en el país vecino, y buena prueba de ello es esta leyenda de la región de Poitou:

Se cuenta que el dueño de un ganado acusó a San Martín, que fue pastor en su niñez, de haber dejado que su ganado muriera de sed. Entonces el santo ordenó a uno de los bueyes que golpeara la tierra con su pata, y, en cuento el animal obedeció, de ahí manó una hermosa fuente a la que se le puso el nombre de Fuente de San Martín. (Sébillot 505)

El motivo del bóvido que surge de una caverna o emerge de una laguna no se halla circunscrito, ni mucho menos, a España y Francia. Testimonios de este tipo pueden rastrearse por todo el territorio europeo, de norte a sur. Servirán para ilustrarlo las siguientes noticias acerca de toros acuáticos publicadas por la folclorista inglesa Katharine Briggs en la entrada “toro-elfo” de su Diccionario de las hadas:

 

En las Northern Antiquities de Jamieson aparece la historia del más famoso de los Crodh Mara, la vaca preñada por la visita de un toro acuático y el granjero demasiado mezquino para sentir gratitud:

El toro-elfo es pequeño, comparado con los toros terrenales, de color de ratón; de orejas recortadas, con cuernos cortos como de corcho; de patas cortas; largo, redondo y flexible de cuerpo, como un animal salvaje; con pelo corto, suave y brillante, como una nutria; y sobrenaturalmente activo y fuerte. Aparecen las más veces cerca de las orillas de los ríos; comen mucho trigo verde durante la noche; y uno sólo puede librarse de ellos haciendo, etc., etc. (ciertos encantamientos que he olvidado).

Cierto granjero que vivía cerca de un río tenía una vaca de la que nunca se supo que hubiera aceptado a ningún toro terrenal; pero todos los años, cierto día del mes de mayo, abandonaba regularmente su pasto y caminaba lentamente a lo largo del río hasta que llegaba frente a una isleta cubierta de arbustos; luego entraba en el río y lo vadeaba, o iba nadando, hasta la isleta, donde permanecía durante un tiempo, tras lo cual regresaba a su pasto. Esto siguió así durante varios años, y cada año, tras el período de gestación habitual, la vaca tenía un becerro. Todos los becerros eran iguales, de color de ratón, orejas recortadas, cuernos como de corcho, redondos y largos de cuerpo, crecían hasta alcanzar un buen tamaño y eran notablemente dóciles, fuertes y trabajadores, y todos eran semicastrados. Finalmente, una mañana, cerca de San Martín, cuando el trigo estaba “todo atado y bajo techo”, hallándose el granjero sentado con su familia junto al hogar, empezaron a hablar de matar a su Vaca de Navidad.

Hawkie dijo el granjero está gorda y lustrosa; ha tenido una vida fácil y ha vivido bien todos sus días, y ha sido una buena vaca para nosotros; pues ha llenado al arado y todos los establos con los mejores novillos de la región; y ahora creo que podemos permitirnos prescindir de ella y que sea la Vaca de Navidad.

Apenas estas palabras acababan de ser pronunciadas cuando Hawkie, que estaba en el establo contiguo con todos sus hijos, que estaban atados a sus pesebres, atravesó la pared del establo tan fácilmente como si ésta fuera de papel de estraza, dio la vuelta por el estercolero, se inclinó una vez sobre cada uno de los becerros y luego partió, seguida por todos ellos, que iban en orden según su edad, siguiendo la orilla del río. Entró en el río, llegó a la isleta, despareció entre los arbustos, y ni ella ni su progenie volvieron a ser vistos jamás. El granjero y sus hijos, que habían contemplado, maravillados y aterrorizados, este fenómeno a distancia, volvieron apesadumbrados a su casa, y aquel año pensaron bien poco en Vacas de Navidad o en diversiones. (322)

Y también tenemos constancia, cuanto menos desde el siglo XIII, de relatos europeos protagonizados por toros cavernarios. Uno de los paralelos más antiguos puede leerse en La leyenda dorada obra del dominico Santiago de la Vorágine y, más concretamente, en el capítulo que el italiano consagra a los milagros de San Miguel. Así explica el hagiógrafo el primero de los prodigios atribuidos al arcángel:

La primera de las apariciones de San Miguel tuvo lugar en el Monte Gargano, montaña de la Apulia ubicada en la pedanía de la ciudad de Siponto [hoy Manfredonia].

El año 390 de la era del Señor había en Siponto un hombre que, según ciertos autores se llamaba Gargano, nombre procedente de la montaña, o bien del que procedería la apelación de la montaña. Poseía Gargano un considerable rebaño de ovejas y de bueyes, y un día que pacía su rebaño en la ladera del monte uno de los toros se alejó del resto del rebaño, de modo que, a la hora señalada, no regresó con el resto.

El dueño del animal reunió a muchos de sus vasallos y con ellos emprendió la búsqueda del toro extraviado. Gargano y sus acompañantes anduvieron buscándolo durante todo el día hasta que, por fin, después de ascender por la ladera del monte, hallaron el toro en la cima, frente a una caverna. Gargano, airado por la osadía del animal, le lanzó una flecha envenenada que, como si hubiera sido dirigida por la voluntad del viento, cambió súbitamente de dirección y se dirigió contra su dueño hasta golpearlo. Los aldeanos asustados partieron a consultar al obispo, y este les indicó que deberían guardar tres días de ayuno antes de pedirle una explicación a Dios.

Cumplidos los tres días, se le apareció San Miguel al obispo y le dijo:

Habréis de saber, obispo, que aquel hombre fue alcanzado por la flecha por obra de mi voluntad, pues soy el arcángel San Miguel, y que he querido así demostrar que yo soy el único señor y guardián de este lugar.

Entonces el obispo y los aldeanos marcharon en procesión hacia la montaña, y, como no osaban siquiera entrar en la caverna, se establecieron frente a la entrada de esta y empezaron a elevar sus plegarias. (233)

            El segundo de los milagros de San Miguel tiene, asimismo, relación con el toro de la caverna del Monte Gargano:

La segunda aparición ocurrió como relataré en las siguientes líneas: hacia el 710, año del Señor, en un lugar llamado Tumba, próximo al mar, y a seis millas de la ciudad de Avranches. En aquel lugar San Miguel se le apareció al obispo de la ciudad y le ordenó que levantara una iglesia allí mismo para honorar en ella la memoria del santo arcángel. Como el obispo no estaba seguro del lugar en el cual debería construir la iglesia, el arcángel le dijo que habría de hacerlo en el lugar en el que encontrara un toro que los ladrones habían ocultado. Pero entonces empezó a dudar el obispo sobre la dimensión que habría de dar a aquella iglesia, y San Miguel le dijo que la iglesia habría de tener el mismo tamaño que las huellas que el toro había impreso en la roca. (233-234)

 

Toros, lagunas y cavernas en las tradiciones africanas y latinoamericanas

Narraciones similares sobre bóvidos que surgen de las cavernas o que emergen de los cursos acuáticos ocupan un lugar muy destacado en la mitología de muchos pueblos de África, y muy particularmente en los relatos etiológicos acerca del origen de las actividades agrícolas y ganaderas. En estos mitos africanos el emplazamiento geográfico habitualmente una cueva o un simple hoyo en la tierra de donde surgieron los primeros humanos suele coincidir precisamente con el lugar de origen de los primeros rebaños de bovinos. Para los kung de Etiopía, por ejemplo, los primeros bueyes y los humanos surgieron del mismo agujero (Le Quellec 4), y, en los mitos de los herero, pueblo de lengua bantú de Angola, Botswana y Namibia, el primer hombre, Makuru, y la primera mujer, Kamungarunga, vinieron al mundo, acompañados por su rebaño de bueyes, desde hueco de un árbol (Le Quellec 4).

De todas las narraciones africanas que el antropólogo y arqueólogo francés Jean-Loïc Le Quellec recopiló en tierras centroafricanas, deducimos, asimismo, que, en buena parte de los mitos etiológicos del África Central, el origen de la ganadería es consecuencia directa de una infracción moral cometida por los primeros humanos. Esta transgresión puede a veces parecer, ante nuestros ojos occidentales, tan nimia como sugiere el siguiente relato de los gedeo de Etiopía:

En el tiempo en que todos los hombres eran buenos, el ganado surgió de la tierra en un lugar cercano al mercado Domersso. Aquel día los hombres escucharon los bramidos y ellos mismos se pusieron a cantar con el mismo tono, “¡ua, ua!”, mientras se dirigían hacia el lugar del cual provenían aquellos gritos. Entonces se apoderaron de los bovinos que habían salido del suelo y después se los distribuyeron. Pero, desde aquel día, el ganado no volvió a surgir de la tierra nunca más, y los hombres se volvieron malvados. (4)

E incluso una simple y llana exclamación de sorpresa proferida por los hombres puede provocar la desaparición del ganado primitivo, tal y como informa el siguiente mito de los borana de Etiopía anotado también por Le Quellec:

Poco después de que los hombres fueran creados y de que la tierra emergiera, una manada inmensa de ganado salió de ella. Apareció entonces un toro magnífico de cuernos enormes que los humanos no pudieron domesticar. Exclamaron: “¡Ah!”. Y entonces el toro dio media vuelta y todas las bestias que marchaban detrás de él desaparecieron en el suelo. (4)

 

En otras ocasiones la infracción consiste en tocar los cuernos de los primeros bovinos, como refiere el relato masai, de Kenia y Tanzania, que exponemos a continuación:

Un mito masai cuenta que el pueblo vino al mundo desde un agujero en una termitera. Pero al principio no tenían ganado. En cierto momento escucharon una voz, proveniente del cielo, que les decía que dejaran abiertos sus kraales al cabo de siete días. Al séptimo día escucharon voces que venían desde el agujero de la termitera: primero bramidos y balidos después. Aquellos que habían dejado sus kraales abiertos al día siguiente los encontraron llenos de bueyes, de corderos, de cabras, y son los ancestros de los actuales masai. Por el contrario, aquellos que dejaron cerrados sus kraales no obtuvieron ningún ganado y se convirtieron en los ancestros de los kamba. (4)

Estos toros encantados en las cuevas o en el fondo de las lagunas abundan también en el folclore hispanoamericano. Uno de estos animales protagoniza, por ejemplo, la siguiente leyenda chilena sobre la Laguna del Toro publicada por Oreste Plath en su Geografía del mito y la leyenda chilenos:

En esta laguna se crió un toro caito, salvaje, que era de gran alzada y muy fuerte.

A ésta venía el ganado a beber y el toro aprovechaba para bajar de la montaña boscosa y en lucha con los toros del ganado imponía su fuerza y luego su posición.

En los encuentros morían vacas y terneros, hasta que los camperos resolvieron ponerse en campaña para reducir al toro bagual o darle muerte.

Se logró después de muchos lazos cortados, darle caza por la altura de la montaña plena de vegetación, cercana a la laguna, pero fue tal la resistencia y tan feroz su defensa, que huyó con los laceadores y en su afán de liberarse se lanzó a la laguna, arrastrando a los hombres que lo habían laceado y desde entonces se conoce con el nombre de “Laguna del Toro”, que recuerda al toro alzado, bravío, montaraz. (280)

Y también de Chile procede la superstición de que las plegarias dirigidas a San Saturnino tienen el poder de aplacar los terremotos.[7] Esta creencia que, en un principio, nada tiene que ver con el asunto que nos ocupa enlaza con la hagiografía de San Saturnino de Tolosa, obispo de la ciudad homónima, que fue martirizado en el siglo III de nuestra era.

Narra la Passio Saturnini redactada en latín vulgar allá por el segundo tercio del siglo V que los sacerdotes paganos de Tolosa solían ofrecer un toro en sacrificio ante el altar de Júpiter. Pero llegó un momento en que sus holocaustos no parecían surtir efecto, y los sacerdotes responsabilizaron de ello al influjo de la fe cristiana que promulgaba el obispo Saturnino. Este, que casualmente pasaba justo en aquel momento frente al templo de Júpiter Capitolino, fue conducido ante el altar, donde los oficiantes le obligaron a inmolar un toro con sus propias manos. El obispo de Tolosa, tras negarse a llevar a cabo un acto tan irreverente contra la fe católica, fue condenado a morir arrastrado por el mismo toro que momentos antes se había negado a sacrificar. Y poco después el reo, amarrado al animal, falleció en la tolosana calle de Taur (que en occitano significa ‘toro’), de la cual tomó el nombre (occitano) el santo (“Saint-Sernin-de-Taur”).

Así se hacía eco Santiago de la Vorágine del martirio de Saturnino en su ya mencionada obra La leyenda dorada:

Saturnino, ordenado obispo por los discípulos de los apóstoles, fue enviado a Tolosa, y, desde que hizo acto de presencia en la ciudad, los demonios no fueron benevolentes con los lugareños. En cierta ocasión, uno de los infieles declaró que, si no asesinaban a Saturnino, jamás obtendrían don alguno de sus dioses. Atraparon al santo, que no quiso realizar un sacrificio, y lo ataron a las patas de un toro, al que aguijonearon para que trotara, escaleras abajo, por todo lo largo del capitolio. Así consumió el santo su martirio, con la cabeza y su cerebro aplastado.

Dos mujeres lograron recuperar su cuerpo y, por miedo a los infieles, lo enterraron en un lugar muy profundo. Años después su cuerpo fue trasladado a un lugar más apropiado. (399)

 

Los bóvidos ctónicos y los movimientos sísmicos

Un motivo folclórico en estrecha relación con los que acabamos de exponer es el de los bóvidos que sostienen el mundo con sus cuernos y que, al agitar su pesada carga, desencadenan los temidos terremotos. Hoy en día ya no resulta tan frecuente como lo fuera antaño escuchar versiones de este mitema, pero el motivo folclórico se halla documentado en testimonios de origen muy remoto.

Viene al caso para dar una idea del atavismo y de la extensión de esta superstición acerca de los toros ctónicos que provocan terremotos el siguiente comentario sobre el culto a los bóvidos en la Antigüedad:

Conocemos una leyenda atribuida a varios pueblos de la antigüedad, en especial a los chinos, y recogida después por los pueblos musulmanes, en la que se dice que la Tierra descansaba sobre los cuernos de un toro, y que al agotarse éste por el peso que soportaba, cambiaba de cuerno, y como consecuencia de ese movimiento se producían los terremotos.

[...] En algunas islas griegas, como Creta, fue patente el culto al toro para evitar los terremotos. Un ejemplo muy claro lo ponen los habitantes de la ciudad de Cnossos en donde se han encontrado estatuillas de piedra en forma de cuernos de este animal que fueron utilizadas como amuleto de protección contra terremotos. (Bretón González 17-18)

Entre los pueblos que todavía conservan el mito del bóvido que soporta el mundo entre sus cuernos, se encuentran los bereberes del Magreb. Los berberófonos argelinos, y muy particularmente los cabilios, creen en la existencia de un inmenso toro que sostiene el planeta entre sus astas y provoca los terremotos.

La presencia del mito entre los bereberes ya fue señalada, en la segunda década del siglo XX, en el primer tomo de los cuatro totales (en el original alemán fueron quince), que componen la antología Contes kabyles del explorador alemán Leo Frobenius. La noticia de Frobenius aparecía expresada, de modo muy sucinto y un tanto escondida entre todos los relatos mitológicos de los cabilios, en los términos que reproducimos a continuación: “Los cabilios tienen la siguiente concepción del mundo: todo el universo descansa sobre los cuernos de un toro gigantesco. Si por algún motivo el toro se moviese, el mundo se vendría abajo (Frobenius 60; mi traducción). Sorprendente resulta que las versiones modernas no difieran sustancialmente de aquella breve anotación escrita por Frobenius hace ya casi un siglo. El siguiente etnotexto, por ejemplo, fue recogido en marzo de 2010 de boca de una informante cabilia: “Según los cabilios, el mundo reposa sobre el cuerno de un toro. Cuando el animal se cansa, traslada el mundo de un cuerno a otro y este movimiento desencadena los terremotos” (Abenójar 52).

Como vemos, el mito argelino registrado en pleno siglo XXI no difiere apenas del que fuera anotado hace noventa años en los Contes kabyles. Es más, en la Argelia actual es posible aún escuchar versiones, como la que acabamos de leer, que resultan algo más completas y reveladoras que la de Leo Frobenius, porque explican que los cambios de posición en la cabeza del bóvido son consecuencia de lo fatigoso de su carga.

Pero no es este un mitema recluido en las áreas berberófonas de Argelia. Prueba de la buena salud de esta cosmogonía bereber en el folclore actual es la presencia de versiones similares en los foros de Internet, tal y como atestigua este comentario publicado por un usuario rifeño:

A propósito de la mitología y del toro, me gustaría decir que existe una leyenda de mi pueblo, Taznaght, que dice que el mundo es llevado por un inmenso toro sobre uno de sus cuernos, y que cuando el toro se cansa de llevar el mundo sobre un cuerno, hace un brusco movimiento para trasladarlo al otro. Este movimiento provoca un terremoto.[8]

O bien este comentario publicado por otro internauta:

¡Yo recuerdo que mi abuela nos contaba que los terremotos eran el resultado de ese célebre toro que lleva el mundo sobre sus cuernos, y que, cada vez que cambia de cuerno, la tierra temblaba![9]

Que unas líneas después añade:

Mi abuela rifeña habría respondido [a propósito del peso de la tierra]:

La tierra, sin el peso de la humanidad, no es demasiado pesada, ¡porque está sostenida por el cuerno de un toro! Pero, cuando las estupideces de los mamíferos bípedos van en aumento, la tierra se hace tan pesada que el toro se ve obligado a trasladarla de un cuerno a otro, y es esa es la razón de que se produzcan los terremotos.[10]

Y no es la bereber la única etnia que evoca este mitema del toro que sostiene el mundo entre sus cuernos. Todavía en la actualidad resulta relativamente fácil rastrearlo desde las planicies de la Rusia europea hasta el remoto ámbito cultural de las etnias altaicas. Los cheremises, por ejemplo, refieren que la Tierra descansa sobre el cuerno de un toro gigante, y que, cuando la cabeza del toro se inclina, la bóveda celeste se viene abajo y la Tierra entera se desploma sobre el océano.

Según los relatos etiológicos de las tribus baskhirias, el universo, en sus orígenes míticos, se hallaba anegado por unas aguas insondables. Un día, en aquella época remota en que solo existían el océano y el cielo, Dios decidió crear la tierra, y, para ello, engendró un enorme pez, sobre cuyo lomo colocó tres enormes toros. Encima de las astas de los bóvidos asentó el orbe, que, en términos generales, presenta el mismo aspecto que el que hoy conocemos.

Los pueblos de la familia lingüística altaica evocan una cosmogonía muy parecida. Los mongoles, por ejemplo, identifican la tierra con un toro, y los naxi, los kazakos, los uigures, los salar, los hani y los kirguicios, entre otros, creen que un buey divino creó el mundo. Incluso algunas de estas etnias del Asia central y septentrional y muy particularmente los kirguicios imploran a este bóvido para que sus enormes astas no cedan ante el peso de la tierra.

Para los uigures, tanto la tierra como el cielo son soportados por un inmenso toro, y este, a su vez, se sostiene sobre una tortuga de tamaño aún mayor. Cuando el bóvido se cansa, desplaza la tierra al cuerno opuesto, hecho que desencadena un terremoto. Según los tadjicos, a veces el buey divino sacude su cuerpo para limpiar sus pelos, o bien agita los cuernos (o simplemente quiere castigar las fechorías de algunos humanos) y estos movimientos bruscos provocan sacudidas que se expanden hasta la superficie.

Y, aunque de manera esporádica, el mitema del bóvido que sostiene el mundo entre sus cuernos se encuentra también en relatos sagrados de algunas tribus urálicas, sobre todo en aquellas que comparten una fracción de su territorio con las altaicas. Según una leyenda de los udmurtos, por ejemplo, los movimientos de un bóvido encerrado en las entrañas de una caverna son los causantes de los violentos movimientos que a veces se producen en la superficie.[11]

Y algún eco lejano de esta creencia se deja escuchar en territorios más meridionales, como es el caso de esta noticia armenia que presentamos a continuación:

Al comienzo del poema épico de El regreso de Ninurta a Níppur (Angini), las menciones al héroe [Ninurta] son acompañadas por el epíteto “nacido en el Kur”, “el gran toro del Kur” (25-28), “el toro salvaje de fieras astas elevadas” que golpea las montañas (110). Evidentemente el dragón tauriforme de los sumerios al que Ninurta da caza, que consagra la riqueza del alto Tigris, en las montañas Kur, ha de ser considerado como uno de los principales predecesores mesopotámicos de los posteriores cazadores del dragón (Tessub, Tigran, Vahagn, Sanasar, Davit'etal) de las montañas Taurus ('toro'). (Peirosyon 40)

 

El toro ctónico en la India actual y en la escatología védica

Todavía en la India actual pervive un mito, casi idéntico a los anteriores, según el cual la tierra se balancea sobre uno de los cuernos de un toro blanco. Cuando se cansa de sostenerla, traslada todo el peso a la punta del cuerno opuesto, movimiento que desata los temblores de tierra. Incluso en época moderna, cuando se produce un terremoto, los panyabíes de India y Pakistán creen que el toro blanco ha trasladado la tierra al otro cuerno. Esta superstición cuyo origen es bastante arcaico entronca con unos versos del canto sagrado Guru Granth Sahib (en la actualidad conocido como Jap ji Sabih), compuesto a finales del siglo XV o comienzos del XVI en treinta y ocho himnos por el fundador del sijismo, el gurú Nanak.

Así aparece el motivo del toro que soporta el mundo sobre su cabeza en el Jap ji Sabih:

El toro mítico es el Dharma, nacido de la compasión

que pacientemente sostiene al mundo.

¡Qué carga tan pesada debe soportar el toro!

Verdadero es aquel que comprende esto.

Existen mundos sobre mundos, uno abajo y otro arriba,

¿qué poder les sostiene a todos?

Las letras escritas por la pluma de Dios,

determinan los tipos, los colores

y los nombres de las criaturas. (Siri Guru 3)

El mismo mitema es aludido unos versos más adelante:

Al escuchar el nombre de Dios,

un hombre se convierte en un Siddha,

un Pir, un héroe espiritual o un gran Yogui.

Al escuchar el Nombre de Dios,

se conoce la Realidad Suprema,

se conoce a la tierra y al toro que la sostiene,

y también se ven los cielos. (5)

Y menciones similares a la que exponemos a continuación se hallan esparcidas por muchos de los himnos del gurú Nanak: “El Hukam de su comando es el toro mítico/ Que soporta el peso de la tierra con su cabeza” (1037).

En textos sagrados de la India y en la escatología védica

El motivo del toro ctónico que soporta el peso del mundo ya se hallaba documentado en un texto compuesto en fecha muy anterior a la redacción del Jap ji Sabih. El documento en cuestión es conocido como Bhāgavata purāna (obra clásica del hinduismo, al que los fieles se refieren también con el título Śrīmad bhāgavatam La historia del afortunado”). El toro es identificado aquí con la deidad hindú llamada Dharma, que encarna la moral religiosa.

Narra el primer canto del Bhāgavata (estrofas 16-17) que Dharma bóvido que, recordemos, simboliza el dogma y el credo del hinduismo sostiene el mundo con una de sus astas, y que, cada vez que la humanidad olvida uno de sus fundamentos religiosos, el toro eleva una de sus patas. Al término de la primera edad, a la cual los hinduistas llaman satya-yuga, el vicio había contaminado la virtud de los primeros humanos. Fue entonces cuando Dharma elevó una de sus patas y dio comienzo entonces la segunda edad histórica, conocida como treta–yuga. Cuando los humanos perdieron la austeridad, Dharma alzó la segunda pata, y empezó la época denominada kali-yuga. Al cabo de los años la suciedad, la ira y la hipocresía invadieron el mundo, y Dharma izó la tercera pata.

Este periodo, al que los hindúes se refieren como kali-yuga, corresponde a la época actual, y vaticina la escatología hinduista que, cuando advenga el final de la kali-yuga, la tierra se derrumbará y la humanidad sucumbirá, pues el toro que sostiene el mundo elevará la cuarta y última pata.

De esta manera tan vívida describen los versos del Bhāgavata Purāna (1.16.17-20) la cosmogonía hindú:

Ahora, por mí, vais a escuchar lo que aconteció mientras Mahārāja Parīkit pasaba sus días escuchando, absorto, las buenas ocupaciones de sus antepasados.

La personificación de los principios religiosos, Dharma vagaba por el mundo en forma de toro. Y encontró la personificación de la tierra en forma de vaca, que se encontraba tan apenada como estaría una madre que hubiera perdido a su hijo. Tenía lágrimas en los ojos, y su cuerpo había perdido la hermosura. Entonces Dharma le preguntó lo siguiente a la tierra.

Dharma [en forma de toro] le preguntó:

Señora, ¿acaso se encuentra enferma? ¿Por qué una sombra de tristeza cubre su cuerpo? Su tez está negra. ¿Está sufriendo por una dolencia interna, o acaso está apenada porque echa de menos algún pariente lejano?

He perdido mis tres patas y ahora y ahora me sostengo sobre una sola. (Śrīmad Bhāgavatam 1.16.17-20)

 

 

En la tradición del Medio Oriente

Por desgracia, ninguno de los numerosos textos que recoge el texto canónico de la mitología persa, el Avesta, hace mención explícita al episodio de Mitra acechando al toro sagrado, y tampoco en la iconografía antigua de Persia ha quedado rastro alguno de aquella escena. Si algo sabemos del pasaje en que Mitra da caza al toro primordial, ha sido gracias a los cultos mitraicos ulteriores, que nos han transmitido muchos más detalles de las hazañas de Mitra que las que nos fueron legadas en el Avesta.

Y una de ellas tiene mucho que ver, precisamente, con el asunto que nos ocupa en estas páginas: poco después de la creación del mundo y de los primeros seres, el dios supremo, Ahura-Mazda, le encargó a Mitra la tarea de atrapar al toro celeste que estaba sembrando el pánico entre los habitantes de la región. El cazador mítico logró alcanzar al toro y, para evitar nuevas tropelías del animal, decidió amarrarlo con cadenas en el interior de una caverna. Pero la empresa de Mitra no tuvo demasiado éxito, porque pronto el bóvido logró liberarse, y el dios hubo de salir nuevamente en su persecución. Tras un larguísimo acecho, Mitra por fin volvió a dar alcance al animal y lo sujetó firmemente por las narices con una mano, al tiempo que lo degollaba con la otra. Del cuerpo inerte del toro brotaron de inmediato todas las especies vegetales, su carne se transmutó en cereal, su sangre, en vino, y, por último, el espíritu del toro se elevó al firmamento, y allí tomó la forma de Silvano, dios protector del ganado.

Aunque, como apuntábamos al principio de esta sección, no haya sido atestiguado este episodio en época remota, sí ha quedado constancia, sin embargo, de ciertos cultos que se practican la Persia actual en relación con los bóvidos ctónicos. Los ecos de la creencia en el toro que sostiene la tierra con un cuerno aún se dejan escuchar en ocasión de la fiesta del nowruz (“año nuevo” en persa). Durante las celebraciones de esta efeméride, algunas familias iraníes se sientan alrededor de una mesa y empiezan a contemplar fijamente un huevo. Justo en el momento en que da comienzo el nuevo año, el fatigado toro desplaza el peso al cuerno opuesto, y este movimiento provoca un temblor que hace que el huevo ruede sobre la mesa hasta alcanzar el lado en que han colocado el espejo.

 

En la tradición apócrifa islámica

Similares referencias al bóvido que sostiene el mundo encontramos en las cosmovisiones musulmanas de época medieval. En estos casos, la fisonomía del toro que sustenta el mundo con sus cuernos y que provoca las sacudidas viene descrita de una manera mucho más vaga que en los equivalentes bereberes y siberianos que expusimos en páginas anteriores. Efectivamente, en estas versiones de los exegetas árabes de la Edad Media, el animal ctónico que sostiene el mundo es descrito unas veces como un buey o como un toro, pero otras aparece en formas poco habituales en este tipo de mitos, como un elefante, un hipopótamo o un cocodrilo.

En concreto, las variantes arábigas que refieren el episodio de la creación del mundo coinciden en señalar que un enorme pez sostiene Kuyootà (ár. قيوتى), el toro gigante de mil ojos cuyo lomo soporta una roca de rubí, y sobre la piedra reposa un ángel que sustenta el peso de la tierra en sus hombros.

Esta es la misma imago mundi que fue descrita por el geógrafo e historiador arábigo Umar ibn Muzaffar ibn al-Wardi, autor de la La perla de las maravillas y de las singularidades de las cosas extrañas, donde el autor describía una cosmogonía fabulosa de la cual también se hizo eco otro geógrafo, de mucha menor repercusión, conocido con el nombre de Ibn Esh-Shehneh. Según este último, la tierra está sujeta por un inmenso toro que toma aliento dos veces al día, y estos movimientos de exhalación y de inhalación provocan las mareas. Anotaba, asimismo, Ibn Esh-Shehneh que muchos árabes atribuían los terremotos a los movimientos bruscos de aquel toro de proporciones descomunales.[12]

También en Las mil y una noches ha quedado huella de una descripción del mundo muy semejante. Entre las noches 293 y 294, el ángel Gabriel traza una detallada geografía mítica de toda la tierra en un pasaje que, a pesar de ser dilatado, conviene que lo presentemos in extenso. El episodio arranca cuando la reina Balukiya le formula la siguiente pregunta al ángel Gabriel:

Dime: ¿creó Alá algún mundo más que el que se encierra dentro de este monte Kaf?

Y el ángel le contestó:

Sí, Balukiya; además de este mundo Alá creó otro, blanco como la plata, cuya extensión solo él conoce, y lo pobló de ángeles, cuya comida y bebida son las alabanzas que entonan a su Señor y las bendiciones que invocan sobre Mohammed, su Enviado, con todo fervor.

Y todos los jueves por la noche acuden a este monte, y todos juntos en aljama adoran a Alá hasta la mañana y le dedican la recompensa futura de sus laúdes y letanías a los pecadores de la fe de Mohammed (al que Alá guarde y salve) y a cuantos hacen las abluciones del viernes, y hasta el día de la Resurrección solo tendrán esta misión.

Al oír aquello preguntóle Balukiya al ángel:

Y dime: ¿creó Alá otras montañas más allá del monte Kaf?

Y el ángel le respondió:

Sí, Balukiya. Has de saber que a espaldas de este monte se extiende una cordillera de montañas de una longitud de quinientos años de jornada, toda ella de hielos y nieves cubierta, y a esto se debe que el fuego de chehenam no se corra a la tierra, que, de no ser así, en ese calor se derritiera. Hay, además, allende el monte Kaf, cuarenta mundos, cada uno de los cuales es cuarenta veces más grande que este, y de ellos, unos son de oro y otros de plata y otros de coral.

Y cada una de estas tierras está poblada de ángeles, los cuales no tienen más ocupación que alabar y santificar y engrandecer y ponderar a Alá e invocar sus bendiciones sobre la raza de Mohammed (sobre él la bendición y la paz).

Y los tales ángeles no han conocido a agua, ni a Adán, ni entienden de noche y día, y has de saber, ¡ye Baluhiya!, que las tierras referidas están en siete atabaanes[13] repartidas, unas debajo y otras encima.

Sorprendió aquí a Schahrasad la aurora y cortó el hilo de sus palabras fascinadoras.

Ha llegado a mí noticia, ¡ye monarca, el afortunado!, que el ángel díjole a Balukiya:

Has de saber, ye Balukiya, que esas tierras están en siete atabaanes repartidas, unas abajo y otras arriba.

Y creó Alá un ángel de sus ángeles, cuyas propiedades y su poder solo Alá sabe, el cual lleva sobre su espalda el peso de esas siete tierras, y creó Alá debajo de ese ángel una roca, y creó Alá bajo esa roca un toro[14], y creó Alá debajo de ese toro un gran pez, y creó Alá debajo de ese pez un gran mar.

Y diole Alá a conocer a Isa (sobre él la paz) la existencia de ese pez, y dijérale Isa:

¡Ye mi Señor!, muéstrame ese pez, que lo quiero ver.

Y ordenó Alá (loado sea por toda una eternidad) a un ángel de sus ángeles que cogiese a Isa y marchase con él hasta donde estaba el pez, a fin de que Isa lo pudiera ver.

Y fue el ángel adonde Isa estaba y lo cogió en vilo y marchó con él al mar en donde el pez tenía su morada. Y le dijo:

Anda, Isa, mira el pez.

Miró el pez Isa (sobre él la paz) y no lo vio, pero el pez se le reveló en forma de un resplandor.

Y al ver aquello Isa se desmayó y perdió el sentido, y luego que lo recobró hablóle Alá a Isa y le dijo:

¡Ye Isa! ¿Has visto por fin al pez y sabes ya cuánto mide de largo y cuánto de ancho?

Por tu poder y tu majestad, ye mi Señor, que no vi tal pez, pero vi pasar por delante de mí un gran resplandor que medía tres jornadas de extensión, y no sé, a la verdad, la naturaleza de esa luz cuál será.

¡Ye Isa! díjole Alá. Ese resplandor que viste pasar y que mide tres jornadas de extensión es, en verdad, la cabeza del animal.

Y has de saber, ¡ye Isa!, que yo creo cada día cuarenta peces como ese.

Luego que oyó Isa las palabras de Alá (loado sea su nombre por toda una eternidad), maravillóse de su poder sin igual.

Preguntóle luego al ángel Balukiya:

¿Qué fue lo que creó Alá debajo de ese mar, en que el pez anida?

Debajo de ese océano contestóle el ángel creó Alá una gran atmósfera y creó fuego bajo de ella y creó bajo del fuego una gran serpiente, cuyo nombre es Félek, y a no ser por el temor que a Alá ese dragón tiene, tiempo ha se habría tragado todo lo que hay encima de él, el aire y el fuego y el ángel y lo que sobre sus espaldas lleva, sin que nadie se diera cuenta.

Y cuando Alá creó ese dragón, díjole por inspiración:

Voy a darte una cosa para que me la guardes; abre, pues, las fauces:

Haz lo que quieras respondió el dragón. Y sus fauces abrió.

Y Alá metióle en ellas el infierno, diciendo:

¡Guárdalo bien hasta el día de la Resurrección!

Y luego que el tiempo sea llegado, mandará Alá sus almalaques, armados de cadenas, para que cojan al Infierno y lo aten con ellas y sujeto lo tengan hasta el día en que todos los hombres se han de juntar para la cuenta, y entonces Alá le ordenará al Infierno que abra de par en par sus puertas, y saldrán de ellas rayos y centellas, más grandes que los montes más altos. (Cansinos 150-152)

 

En la literatura apocalíptica del Antiguo Testamento

El equivalente judeocristiano de este Kuyootà arábigo es un ser monstruoso, de aspecto bovino y antagonista de Leviatán, que en el Libro de Job es denominado “Behemot”. La fisonomía de esta criatura apocalíptica, como tendremos ocasión de comprobar enseguida, viene descrita en el Libro de Job en términos muy sobrios y vagos, hecho que ha suscitado numerosas conjeturas (la mayoría de ellas sin ningún fundamento) acerca de la naturaleza taxonómica de esta bestia divina. El fragmento que reproduzco a continuación es la única descripción bíblica de Behemot, y los versículos que lo componen corresponden íntegramente al cuadragésimo capítulo de la versión Vulgata del Libro Job:

Y habló el Señor desde el torbellino a Job, diciendo:

—Ciñe otra vez tus vestidos en tus lomos como hombre valiente; yo voy a preguntarte; tú, empero, respóndeme.

¿Pretendes tú acaso invalidar mi juicio; y condenarme a mí por justificarte a ti mismo?

Si tienes, pues, un brazo fuerte como el de Dios, y si el tono de tu voz es semejante a su trueno, revístete de resplandor, y súbete a lo alto, y haz alarde de tu gloria, y adórnate de magníficos vestidos.

Disipa con tu furor a los soberbios, y con una sola mirada abate a todos los altaneros.

Clava tus ojos en todos los soberbios u orgullosos, y confúndelos; y aniquila a los impíos doquiera que estén.

Sepúltalos a todos debajo del polvo, y abisma sus cabezas en la fosa.

Entonces confesaré que tu diestra podrá salvarte.

Mira a Behemot, o al elefante, a quien crié cuando a ti; él se alimenta de heno como el buey.

Su fortaleza está en sus lomos, y su vigor en el ombligo de su vientre, endurece y levanta su cola como cedro, los nervios de muslos están interiormente entrelazados uno con otro.

Son sus huesos como pilares de bronce; como planchas o barras de hierro sus ternillas.

Él es el principal de los animales entre las obras de Dios; aquel que le crió hará uso de la espada de él.

Los montes producen yerba para su pasto; y allí junto a él retozarán todas las bestias del campo.

Él duerme a la sombra en la espesura de los cañaverales y en lugares húmedos.

Los árboles sombríos cubren su morada, rodeándole los sauces de los arroyos.

Mira cómo él se sorbe un río, sin que le parezca haber bebido mucho; aún presume de poder agotar el jordán entero; parece que se lo quiere tragar con los ojos, y absorbérselo con sus narices.

¿Podrás tú tampoco pescar y sacar fuera con anzuelo a Leviatán o la ballena, y atar con una cuerda su lengua?

¿Podrás acaso echar una argolla en sus narices, o taladrar con un garfio sus quijadas?

¿Acaso te hará muchas súplicas, o te dirá palabras tiernas?

¿O hará quizá pacto contigo, y le recibirás por tu perpetuo esclavo?

¿Por ventura juguetearás con él como un pajarillo, o le atarás con un hilo para diversión de tus siervas?

¿Partiránle en trozos en un convite tus amigos, o repartiránselo entre sí los negociantes?

¿Harás caber acaso tu cuerpo en las redes de los pescadores, o meterás su cabeza en el garlito o nasa de los peces?

Pon tu mano sobre él, tócalo solamente, y te quedará memoria eterna de tal pelea, ni volverás más a hablar de ella.

Quien espera prenderlo se hallará burlado, y a la vista de todos será por él precipitado al mar.

No nos queda espacio para abordar el tema del toro ctónico en la escatología bíblica con la profundidad que quisiéramos. Y somos conscientes, asimismo, de que, en esta larga singladura que partió de los versos de Miguel Hernández y que acaba de culminar en un fragmento de los Libros Sapienciales, hemos tenido que pasar de puntillas por muchos textos provenientes de la tradición oral. Sin embargo, los paralelos que hemos ido aportando bastarán (eso creemos) para constatar que existe una sólida trabazón simbólica entre los bóvidos, el inframundo y las fuerzas que a este último están ligadas.

Concluiremos que ninguno de los testimonios que hemos referido en las páginas de este artículo deja en entredicho las tesis que han puesto de relieve la dimensión sexual y fecundante de los toros en la literatura culta y en el folclore. Todo lo contrario. Las dos facetas de los bóvidos se complementan, se conjugan armónicamente, y, a juzgar por muchos de los etnotextos que hemos tenido oportunidad de leer, se nos antoja muy difícil deslindar el vigor genésico de los bóvidos de su relación con el universo ctónico. La solidaridad que existe entre el origen mítico de la ganadería, de la agricultura y la fertilidad de la tierra, y el empleo de los bóvidos como animales de tiro en las labores agrarias justifica, a nuestro entender, la coherencia del dualismo fertilidad-inframundo en la lógica de la mentalidad mítica.

Con estas páginas, espero haber demostrado que esta doble órbita simbólica de los bóvidos se ha filtrado profundamente en las raíces de la tradición universal desde la literatura culta, pasando por el folclore, hasta los textos sagrados. Convendría, por tanto, que de aquí en adelante fuéramos conscientes de este dimorfismo de los bóvidos para comprender en toda su amplitud su valor funcional en buena parte de la tradición universal.

 

Obras citadas

 

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Risco, Vicente. “Los tesoros legendarios de Galicia.” Revista de Dialectología y Tradiciones Populares 6 (1950): 185-213 y 403-429.

Sébillot, Paul. Croyances, mythes et légendes des pays de France. Ed. Francis Lacassin. París : Omnibus, 2002.

Siri Guru Granth Sahib. Tucson: Singh Sahib Sant Singh Khalsa, 2002.

Śrīmad Bhāgavatam (Bhāgavata Purāna). Vancuver: Bhaktivedanta Database, 2010. Ed. en Internet: http://vedabase.net/sb/en [consultado el 22 de febrero de 2011].

Suárez, Jesús y José Manuel Pedrosa. Folklore de Somiedo: leyendas, cuentos, tradiciones. Somiedo: Ayuntamiento de Somiedo, 2003.

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Voragine, Jacques de. La légende dorée. Ed. J.-B. M. Roze. Vol. 2. París: Flammarion, 1967. 2 vols.

Walter, Philippe. Mitología cristiana. Fiestas, ritos y mitos de la Edad Media. Buenos Aires: Paidós, 2004.

 



Notas

[1] Este artículo se publica en el marco del proyecto de I+D del Ministerio de Ciencia e Innovación, titulado Historia de la métrica medieval castellana (FFI2009-09300), dirigido por el profesor Fernando Gómez Redondo. Debo agradecer las valiosísimas aportaciones y las indicaciones de José Luis Garrosa, José Manuel Pedrosa, Javier Cardeña, Jesús Suárez y Nadia Boumbar.

[2] El listado bibliográfico de los títulos consagrados a la figura del toro en la poesía hernandiana es demasiado extenso como para que aquí quede expuesto de manera íntegra. Pero, para entender mejor el tema que nos ocupa, convendría consultar los estudios de Cobaleda, de Cleary Nichols y de Ángeles. Muy interesantes al respecto son, asimismo, las obras de Cano Ballesta, especialmente el capítulo “La cosmovisión hernandiana en un símbolo: el toro” (94-100), y de Puente.

[3] El catálogo de bibliografía internacional en torno a este asunto es vastísimo y por ello apuntaremos tan solo la obra de Eliade.

[4] Véase, por ejemplo, Domínguez Moreno (23-30) y el volumen completo de Delgado Ruiz.

[5] Sobre los orígenes paganos de estas festividades, véanse los estudios de Julio Caro Baroja citados en la bibliografía. En Ritos y mitos equívocos, el erudito vasco elabora, además, un extraordinario estudio acerca de la función de los bóvidos en las fiestas de las Mondas (31-73).

[6] Varios relatos sobre los tesoros enterrados y su vinculación con los toros pueden leerse, por ejemplo, en Risco (195, 200, 206, 403, 404) o Blázquez (365-368).

[7] A propósito de la adoración a San Saturnino contra los terremotos, véase, por ejemplo, la noticia “Saturnino, el santo contra los terremotos” recogida en el diario chileno Expreso en su edición electrónica del 3/5/2010.

[8] Traduzco de la versión en francés publicada por el usuario Agoram en el blog http://25/11/2004, 19h14 [consultado el 22 de febrero de 2011].

[9] Traduzco de la versión francesa publicada por Agoram (25/11/2004, 19h14). Culture et mythology amazigh. [Mensaje en foro]. Recogido de http://www.souss.com/forum/culture/6697-mythologie-amazigh-2.html [consultado el 22 de febrero de 2011].

[10] Traduzco del mensaje en francés publicado por Zawad (25/11/2004, 19h14) en el foro Le poids de la Terre. Recogido del foro http://www.bladi.net/forum/28548-poids-terre [consultado el 22 de febrero de 2011].

[11] Para más información sobre estos mitos altaicos y urálicos, consúltese Oinas (284-285) y Deviadtkina (101-102).

[12] Véase la introducción a la edición de The thousand and one nights, commonly called, in England, the Arabian nights de Lane (23).

[13] Cansinos Assens anota “piso o plano”.

[14] “El Gauai-Semin, es el toro de la tierra de la cosmogonía persa” (nota del editor).