nazismo y antisemitismo en la literatura falangista. en torno a poemas de la alemania eterna (1940)

Mario Martín Gijón

Universidad de Extremadura

 

Si la leyenda de Franco como salvador de judíos ha sido ya suficientemente desacreditada por concluyentes investigaciones que evidencian lo limitada de su labor de ayuda a los refugiados judíos, así como su adaptación a sus intereses políticos,[1] y si recientes estudios han puesto de manifiesto la extensión que alcanzó el antisemitismo en el discurso de la derecha española desde los años treinta,[2] son relativamente escasos los análisis sobre la relación que las manifestaciones antisemitas tienen con la fascinación que el nazismo ejerció sobre una porción importante de la intelectualidad fascista que obtuvo el monopolio del campo intelectual tras el 1 de abril de 1939.[3]

Y es que, como ha constatado Gonzalo Álvarez Chillida, “el antisemitismo español del periodo 1931-1945 es ininteligible sin tener en cuenta el papel de la Alemania nazi” (310). En efecto, la llegada al poder de Adolf Hitler y su rápido aplastamiento de la oposición obrera, habían suscitado la admiración y, en algunos casos, el entusiasmo, de los intelectuales de derechas.[4] Obras como Nacionalsocialismo de Juan Beneyto Pérez y La revolución nacionalsocialista de Vicente Gay, aparecidas en 1934, o Hitler. El salvador de Alemania (1935) de Adelardo Fernández Arias, presentaban visiones muy positivas del régimen alemán.[5] César González Ruano, corresponsal de ABC en Berlín, enviaría crónicas muy elogiosas sobre la política nazi, que recogería en 1934 en su libro Seis meses con los nazis (Una revolución nacional).[6] La mayoría de estos autores se esforzaban por justificar el antisemitismo, casi siempre estableciendo una relación directa entre judaísmo y marxismo.

Pero el foco más influyente de propaganda nazi fue Informaciones, diario que solicitó ayuda económica de la embajada alemana en Madrid a cambio de hacer propaganda nazi, y que, según el propio embajador alemán, el conde Welczeck, se convirtió en “portavoz de Alemania” (González Chillida 311). En Informaciones, cuyo director, Juan Pujol, era virulentamente antisemita ya antes de mediar la subvención alemana, tuvo un papel importante el falangista Federico de Urrutia, que publicaría la antología de la que nos ocuparemos más adelante.

En la prensa falangista, el nazismo, por supuesto, estuvo desde el principio presente, trayendo como consecuencia el antisemitismo. Aunque la Falange tomó como modelo a la Italia fascista, también el nazismo, aun antes de llegar al poder, había atraído poderosamente a los precursores del fascismo español. Ramiro Ledesma Ramos, que en 1930 pasó una estancia de cuatro meses en Heidelberg, contactó allí con jóvenes nazis y por las mismas fechas, Onésimo Redondo desempeñaba el puesto de lector de español en la Universidad Católica de Mannheim, donde se mostró “entusiasmado por los hechos e ideas del nacionalsocialismo” (Nellessen 56). A su regreso, Ledesma Ramos desde Madrid, y Redondo desde Valladolid, se dedicarían con afán a aplicar las ‘enseñanzas’ recibidas. Mientras Redondo lanza en Valladolid el semanario Libertad, para el que traduce y publica “capítulos enteros de un hombre desconocido en España aquellos días que llaman Hitler”, Ledesma Ramos, junto a Giménez Caballero, funda La Conquista del Estado, donde incluirá numerosos extractos de Mein Kampf, pero en el que Redondo echaba de menos “la actividad antisemita que ese movimiento precisa para ser eficaz y certero” (9, 15), carencia que él subsanaría publicando los Protocolos de los Sabios de Sión, con un prólogo en el que relaciona los supuestos planes de los “Sabios de Sión” con la situación política en la España republicana.[7]

También en F.E., semanario doctrinal de Falange, estaría presente el antisemitismo, con alusiones a “la raza semita, azote, plaga y peste esquilmadora [sic] del país donde cae” e incitaciones a “perseguir al judío que practica la usura y comercia con el hambre del pueblo”,[8] que tendrían su culminación en el ataque a los almacenes comerciales SEPU, propiedad de judíos alemanes emigrados.[9] En realidad, la teoría de la conspiración judía expuesta en los Protocolos de los Sabios de Sión, texto fundamental para el antisemitismo moderno, se convirtió pronto en patrimonio común de la extrema derecha española, por los influjos convergentes de la derecha antisemita francesa y el antisemitismo nazi. Los Protocolos, casi desconocidos en España hasta la llegada de la República, serían utilizados por propagandistas antirrepublicanos para dar una explicación simplista a la caída de la monarquía y a las transformaciones sociales que conllevó. Por ejemplo, el clérigo catalán Juan Tusquets, uno de los más furibundos antisemitas españoles, editaría en 1932 los Protocolos y un ensayo titulado Orígenes de la revolución española, que resultó un auténtico best-seller.[10] Álvaro Alcalá Galiano, marqués de Castelbravo, en La caída de un trono (1933) atribuiría el fin de la monarquía a una “conspiración judeomasónica” y, en consecuencia, elogiaría desde ABC las medidas antisemitas de Hitler; por su parte, el Duque de la Victoria tradujo con gran éxito los Protocolos[11] y, posteriormente publicó el ensayo Israel manda. Profecías cumplidas. Veracidad de los Protocolos (1935) donde aplicaba la teoría de la conspiración a la situación española. Estas ideas llegarían a las altas esferas eclesiásticas, y así, el obispo de Oviedo declararía tras la revolución de octubre del 34 que se había “fraguado por la masonería y el judaísmo esta huelga revolucionaria y criminal; el espíritu diabólico […] de la masonería y del judaísmo se ha infiltrado en las turbas revolucionarias” (Lazo 227).

Durante la guerra civil se acentuó este antisemitismo común a las derechas y, por ejemplo, Queipo de Llano, en uno de sus chistes fáciles, decía que las siglas U.R.S.S. significaban “Unión Rabínica de los Sabios de Sión” (Álvarez Chillida 186) o imponía una desproporcionada multa a la pequeña comunidad judía de Sevilla (Avni 49). En el ABC de Sevilla o Arriba España de Pamplona aparecerían frecuentes exabruptos antisemitas,[12] al tiempo que autores como Vicente Gay o el Barón de Santa Clara proseguían su labor, se reeditaba varias veces El judío internacional de Henry Ford, Juan Pujol asumía la dirección de la Oficina de Propaganda de Prensa y Juan Tusquets se convertía en uno de los principales consejeros de Francisco Franco. También durante la guerra se daría a conocer el demente psiquiatra Antonio Vallejo Nájera, autor de Eugenesia de la Hispanidad (1937) y Política racial del nuevo Estado (1938) libros en los que ‘desvelaba’ el origen judío de la izquierda española.

En el campo propiamente literario, las muestras más claras de antisemitismo aparecieron en el Poema de la Bestia y el Ángel (1938) del vate de la derecha española monárquica, José María Pemán.[13] También Giménez Caballero, que pocos años antes se destacaba por sus campañas filosefarditas, se revelaba ahora como antisemita y convencido de la veracidad de los Protocolos, lanzando anatemas como el siguiente: “¡Judío internacional! ¡No busques en España la tierra prometida que no llegará nunca! ¡Madrid no era tu Sión! ¡Ni Babilonia!” (22).

Como es bien sabido, al inicio de la Segunda Guerra Mundial, España se declarará neutral, estatuto que cambiará por el de no-beligerante cuando se produce la caída de Francia en junio de 1940. A partir de entonces, Franco, gran parte del Ejército y la gran mayoría de los falangistas, esperaban encontrar la ocasión más propicia para entrar en la guerra al lado del Eje, siguiendo el ejemplo de Italia. Como han mostrado historiadores como Herbert R. Southworth y Ángel Viñas, se aspiraba a conseguir un Imperio “de la mano del Tercer Reich” (468) y a costa de Francia, cuyas posesiones en el norte de África y en el golfo de Guinea se presentaban como “reivindicaciones de España”.[14] Y para congraciarse a la jerarquía nazi, los escritores de Falange no tendrían inconveniente en adoptar un “antisemitismo mimético del nazi” (Lazo 215), que se mantendría constante durante los años de la Segunda Guerra Mundial. Si en Informaciones, por su consabida vinculación al régimen alemán, estas tomas de posición no sorprenden tanto, resultan más significativos los editoriales de Arriba, que era el “Órgano de FET y de las JONS”. A las declaraciones de identificación con el régimen nazi[15] y los elogios a Hitler con retórica falangista,[16] acompañan frecuentes insultos al pueblo judío. Así, en el editorial “El lastre de Europa”, se expresa el regocijo ante la visión en Lisboa de miles de refugiados judíos, “fauna internacional, de raza europea y hebraica” que se identifica con “la misma que postuló una conspiración abierta y resuelta contra Franco y las armas de España” y a los que, convirtiendo en dogma la supuesta conspiración judía, se les niega toda compasión, dándose a entender que sería preferible que se hundiesen los buques que los llevan lejos de Europa.[17] Tampoco faltarían los libros escritos para justificar la causa alemana en la guerra, como La paz que quiere Hitler (1939), de Federico de Urrutia, o ¿Por qué lucha Alemania? (1940), de José Joaquín Estrada.[18]

Fue en este momento dulce de las relaciones entre la España franquista y el Tercer Reich alemán, durante el verano de 1940, poco después de la caída de París, cuando la victoria total nazi parecía como inminente y los falangistas querían subirse al carro de los vencedores, cuando se publicó el libro Poemas de la Alemania Eterna.[19]

El libro se editó en la Imprenta de Giménez Caballero quien, como hemos visto, se había pasado al antisemitismo y actuaría como propagandista oficioso del nazismo durante la Segunda Guerra Mundial.[20] En cuanto al compilador, Urrutia era un “camisa vieja” y desde antes de la guerra un convencido antisemita y admirador del nazismo.[21] Con Poemas de la Alemania eterna Urrutia continuaba con la avalancha de libros colectivos que proliferaron desde la guerra civil en el lado sublevado con la pretensión de fijar las nuevas jerarquías en el campo literario y, al mismo tiempo, establecía una clara vinculación con sus Poemas de la Falange eterna (1938), donde había puesto en romances pretendidamente ‘populares’ la retórica de la Falange.

Urrutia antepuso a la antología un prólogo titulado “Pórtico y ofrenda”, escrito “al pie del Alcázar de Toledo”, lugar pleno de simbolismo, tanto por la mitificada victoria de las armas sublevadas como por el recuerdo de Carlos V, el emperador de España y Alemania, cuyo legado se pretende retomar: “Desde el mismo lugar en donde la mano fuerte y germánica del César Carlos V dirigió dos mundos –águilas hermanadas. Desde la sombra sacra y augusta que proyecta en la tierra seca de la Castilla única el que fue Alcázar de Toledo, ofrendo este libro al Führer de Alemania” (7).[22] Según Urrutia, la lucha llevada a cabo por los españoles franquistas hace que sean “quienes mejor y más profundamente comprendamos el ímpetu cósmico de la Alemania Eterna y quienes más amorosamente contemplemos su amorosa marcha triunfal”.

En los siguientes párrafos Urrutia identifica a Hitler con una recuperación de la vida del espíritu y al pueblo alemán con el “pueblo Elegido” y con el “Occidente todo” (7-8). Urrutia expone en su prólogo algunas de las claves de un discurso omnipresente en los poemas de la antología: Hitler como creador de un nuevo orden, basado en la fuerza, la juventud y la belleza, y la admiración sin límites por los soldados alemanes, “Arcángeles” comandados por “Él” (Hitler, a quien se le llama con el pronombre en mayúscula reservado a Dios) identificado también con Sigfrido, cuyo Dragón, en 1940, no era aún Rusia, sino la Europa decadente, en especial Francia. Después del prólogo de Urrutia se sitúa una esvástica que ocupa una página entera y luego sigue la “fresca corona de mirto” que al nazismo ofrecían “los poetas de España” (7).[23]

Como señalan Mónica y Pablo Carbajosa (que por otra parte pasan de largo por esta antología) respecto a los poetas falangistas, “la vocación de escritores ‘áulicos’ que persiguieron rebasaba la figura del Caudillo español y se solazaba en la contemplación de los que, aunque sólo fuera brevemente, regían a sangre y fuego los destinos de Europa” (230). Pero, ¿quiénes eran los que se proclamaban “los poetas de España”? Creo que resultará útil repasar la lista de los autores de esta obra, analizando los poemas que escribieron para enaltecer la causa nazi, discerniendo su discurso que incluye algunos casos flagrantes de antisemitismo.

El primer poema, “La Alemania del Führer” está firmado por Mariano Tomás[24] y se divide en tres partes: “El derrumbamiento”, “El camino” y “El triunfo”, que ilustra la trayectoria de Alemania desde su postración tras la derrota en la Primera Guerra Mundial a la revancha con la caída de París en el verano de 1940. En la primera parte, Europa aparece dominada por los judíos y los ingleses, representados respectivamente por Shylock y Francis Drake:

La lechuza Silock [sic] dejó su rama

Dracke [sic] cruza los mares viento en popa.

Y en el silencio gélido galopa,

sobre trompa y alud, la Triste Dama. (11).[25]

En la segunda parte, “Judea” aparece como el enemigo más acérrimo del nazismo, frente a cuya supuesta caballerosidad opone “el sórdido interés” y “olas de infamia”:

En cada puerto aguarda una asechanza.

El sórdido interés vela e intriga.

Judea se declara su enemiga

y olas de infamia sobre el barco lanza. (12)

La trayectoria triunfal de Hitler culmina en París, presentada como corrupta y decadente, purificada por el nazismo: “París no es una rubia… ni es el marco/ de furbio [sic] drama o vodevil galante./ París es una torre… Y bajo el viento, la Cruz Gamada limpia el firmamento”. (13)

El asturiano Jesús Evaristo Casariego firma “Hitler, Mussolini y Franco. Romancillo de los tres Capitanes”.[26] Casariego compara la caída de Roma a manos de los pueblos germánicos, vista en términos inusualmente positivos como el nacimiento de Europa, con el momento contemporáneo, donde se elogia el poderío alemán:[27]

Hoy que otro Imperio se muere

por la misma lepra sorda

que al viejo Imperio pagano[28]

puso fin en buena hora,

otra vez bajan del Norte,

como nada poderosa,

los recios pueblos germánicos

[...]

clavando sobre seis pueblos

sus banderas victoriosas. (15-16)

Compuesto en el momento de la arrolladora Blitzkrieg, Inglaterra es contemplada como la próxima víctima inminente: “Frente a ellos, con sus brumas,/ Inglaterra queda sola”.[29] Casariego pone en paralelo a los “tres capitanes” que han hecho el milagro:

Tres capitanes hicieron

el milagro de esta hora.

Tres capitanes gentiles

–¡laureles ciñen su gloria!–

Hitler, Mussolini y Franco. (16)

Los tres capitanes dirigen “tres pueblos que son tres fraguas / donde el porvenir se forja” (17). Si de “la española reciedumbre” se dice que “venció a la Bestia bermeja / en Cruzada salvadora”, el elogio más arrobado se dedica al “asombro de Germania”:

músculo y motor de Europa

desde el Báltico a los Alpes,

desde Flandes a Polonia

técnica, razón y esfuerzo

entre el delicado aroma

de las leyendas del Rhin.

Milicias con voz de estrofas

de la música de Wagner,

canciones que al viento asombran. (17)

En “La espada de Hitler. Nuevo poema de Europa”[30] Federico de Urrutia presenta a Hitler como una figura heroica, asimilada con Sigfrido y con Hércules, que se enfrenta al Imperio Británico, representado como una nueva Hidra de Lerna:

[…] Junto al Támesis,

el Dragón de Britania dormitaba.

Con las siete cabezas del Imperio.

Desgarrando el planeta con sus garras. (21)

Este Dragón es alimentado, por una parte, por los pueblos sometidos (se mencionan África, Canadá, Australia, Palestina, la India, Oriente y “el mar de los latinos”, como sus siete cabezas) y, por otra, por “el oro de Sión”, aliado estrechamente con el capitalismo británico: “Daban aliento al monstruo el oro de Sión/ y la sangre doliente de mil razas…” (21). El poema culmina con la profecía de la derrota del Dragón británico por Hitler, al que ya se aludía en el prólogo: “Y el mundo vio a Sigfrido nuevamente/ bañarse con la sangre de la bestia inmolada” (22).[31]

Francisco Rodríguez Marín, a pesar de su avanzada edad,[32] también sucumbió a la admiración por el nazismo y, en su soneto “Dijo el hierro al oro”, compone un vituperio al capitalismo (considerado como manejado por los banqueros judíos) que comete vilezas y consuma crímenes, y que se compara con “la vida austera” que va a imponer la “Cruz de Hierro”, máxima distinción militar alemana:

Yo, que en forma de cruz, en cada ejido

coroné la picota justiciera,

voy a salvar el mundo que has perdido.

Yo, el hierro, he de imponer la vida austera.

Yo te daré al hombre redimido.

¡De hoy más la Cruz de Hierro es la primera! (23)

Como se ve, en este soneto, de nuevo los nazis son vistos como un pueblo que viene a purificar la Europa considerada corrupta por el capitalismo y la democracia e incluso a “redimir al hombre”.

Diego Navarro, periodista de Informaciones y poeta ocasional,[33] celebraría en “Narvik en la victoria alemana”, el triunfo de la Wehrmacht que ya había comentado en su periódico.[34] En el poema recrea el nevado campo de batalla noruego donde “el mar de bruma y la soberbia nieve / el triunfo de la gracia testifican” (25). Esta victoria alemana cerca del “Polo helado” que se presenta como “centro puro y frío/ del mundo entero” pronostica un triunfo global de la Alemania nazi, representada por un águila que sobrevuela Narvik: “El águila remonta el desafío,/ y sobre el campo de cristal se admira/ una bandera grande como un cielo” (25).

No podía faltar en esta antología la pluma de Alfredo Marqueríe, amigo personal de José Antonio Primo de Rivera y periodista que había defendido las ideas racistas y antisemitas del gobierno nazi desde Informaciones, periódico del que era subdirector.[35] En esta obra publica “Paracaidistas del Reich”; llamativa combinación de imágenes vanguardistas y simbología religiosa, al presentarse el avión del que se arrojan los paracaidistas como una Cruz y ser los paracaidistas doce, como los apóstoles:[36]

La Cruz voladora siembra

doce semillas gigantes

que en el azul luminoso

súbitamente se abren.

Flores de tallo cortado.

Balancines inestables.

Lluvia armada que desciende

Sobre la tierra de nadie. (27)

Las imágenes vanguardistas continúan, combinándose con otras más tradicionales que los sacralizan, sin temor a caer en la redundancia:

Son doce bengalas vivas,

doce aerolitos de carne,

doce arcángeles de guerra,

doce bélicos arcángeles.

Los toldos de blanca seda

parecen palios triunfales.

Del cielo bajan las cúpulas

de las nuevas catedrales

del templo del heroísmo,

que empieza por el remate. (27)

Al llegar a tierra, las “flores” de los paracaidistas sufren una espectacular metamorfosis, convirtiéndose sus gráciles formas en maquinaria de guerra:

Cuando ya en tierra los doce,

las grandes flores se abaten

y se lacian y se mustian

los anchos pétalos frágiles,

cantan ametralladoras

y los motociclos laten.

¡Sobre los cascos de acero

un sol de victorias arde! (28)

José Montero Alonso,[37] presenta, en “Adolfo Hitler, capitán de Europa”, la etopeya de Hitler, desde su herida en las trincheras de la Primera Guerra Mundial a su triunfo, visto como “[f]ervor de todo un pueblo cuajado en el espíritu/ de un hombre que supera su dimensión humana,/ y es ya el Mito, y el Héroe, y la Leyenda” (30). Montero Alonso, haciéndose eco de la propaganda nazi, presenta a Hitler como un dirigente ‘obsesionado’ con la paz, que se ve obligado a hacer la guerra por la oposición de las “turbias conciencias de judíos” al “engrandecimiento de Alemania”:

La paz, la paz, la paz. Día tras día,

como en una obsesión de ella nos habla

el hombre que ha clavado ante su frente

el engrandecimiento de Alemania.

Pero turbias conciencias de judíos

desoyen su palabra

y la paz, cede el paso a la voz dura

de los aviones y de las granadas. (30)

La tergiversación llega a su extremo cuando se declara el nacimiento de “un mundo más humano” gracias a Hitler, al que se le llama “poeta” y “misionero”. 

Por su parte, Manuel de Góngora era ya dramaturgo y poeta medianamente conocido, sobre todo por su obra Dolor y resplandor de España (1940).[38] Si Góngora veía en la sublevación militar una resurrección de la España de los Reyes Católicos y el Imperio, en Poemas de la Alemania eterna participó con un poema que igualmente pretendía establecer una continuidad entre los modos caballerescos de la tardía Edad Media y el actual régimen alemán. Así, “Símbolo y profecía de un grabado alemán del siglo XVI. El caballero, la muerte y el diablo” (33-35) es una larga glosa al famoso grabado de Durero, en la que un caballero mira al frente flanqueado por la Muerte y el Diablo. El poema sugiere que esa profecía se ha cumplido en Hitler.[39]

José del Río Sainz[40] colabora en la antología con “La guardia prusiana”, donde aparece de nuevo la admiración falangista por la perfección militar alemana:

Son estos soldados los que no se rinden;

bajo la metralla avanzan tranquilos

[…]

Ninguno vacila, siguen adelante.

¡Oh los héroes fieros de faz aniñada! (37-38)

El poema termina en vísperas de la toma de París por los nazis: “la voz del Caudillo vibrante restalla: / –¡Avance Alemania, orgullo del Mundo!– / Y sigue el avance bajo la metralla…” (38). “La guardia prusiana”, curiosamente, había sido publicado ya mucho antes en La belleza y el dolor de la guerra (1922) que llevaba el significativo subtítulo de “Versos de un neutral”, y en el que José del Río se limitó a introducir algunas variantes que lo adaptaran a la nueva guerra.[41]

Diego Fernández Collado[42] es autor de  “Nostalgia del África germana. Retorno de los águilas” que, como dice Rodríguez Puértolas, resulta un “curioso poema en honor del viejo colonialismo alemán” (428), en un momento en que España pretendía conquistar, con ayuda alemana, un “Imperio” en África. Este continente aparece como una desnuda “morena de azabaches primitivos” que con su

dorso núbil, espera

en su corteza virgen el estilo

del arado germano,

maduro de experiencias y sentido. (39)

África se rebela “contra el inglés” y tras la ¾al parecer magnífica¾época de dominación alemana se siente “nostálgica de voces arias puras” y “toda la selva siente el encendido/ deseo de entregarse al Dios germano/ –que alumbró bodas ciertas de progreso–” (40).

También interviene en esta antología Manuel Machado,[43] con “Soldados alemanes. Los de la Legión Cóndor” (43-44) donde recuerda la impresión que le causaron los aviadores alemanes: “Yo los he visto en Burgos,/ junto a la Catedral. Eran de hierro”. Tras la aparente admiración rendida, sin embargo, puede percibirse cierto distanciamiento que parece deshumanizar, en cierto modo, a los así descritos:

En grupos por las calles,

parecían muñecos

de un mecanismo unánime,

sincrónico y perfecto

[...]

soldaditos de plomo; imperturbables,

alegremente serios [...].

Se comprendía al verlos

la fuerza incontrastable

de su seguro caminar, el peso

de su mano firmísimo, y lo duro

de tropezar con ellos

sin romperse… La pura

imposibilidad de detenerlos. (44)

Por su parte, el casi desconocido José María Uncal[44] escribió el soneto “Guerra en el mar. El Almirante Graf Spee”, dedicado al famoso acorazado alemán que, frente a la “América española” (45) fue hundido por la flota británica.

Cristóbal de Castro[45] muestra su desconocida vertiente poética con una larga composición titulada “Laurel romántico. Ofrenda de los dos caballeros y balada del ciego visionario” (47-50). El “ciego visionario” no es sino Hitler, que al caer herido durante la Primera Guerra Mundial sufrió una ceguera temporal. Durante ésta se le aparecen dos caballeros: Uno es “el caballero de la Muerte”, de “la estampa de Durero” (49) ya citada anteriormente. El otro es el “caballero del Grial”, que porta: “Sangre de Cristo rescatada/ para la nueva redención./ Más que por armas de Cruzada,/ por la pureza de intención” (49). La “nueva redención” y la Cruzada, se entiende, serán las llevadas a cabo por Hitler que estaba llamado a hacerse con los destinos de Alemania, según hace entender una visión más acorde con la retórica medieval e imperial de Falange que con la moderna maquinaria bélica alemana:

¡Oh, ciego visionario![46] Tras la venda

de tus carnales ojos en despojos,

tu alma abrió sus ojos de Leyenda,

y la visión de Gloria,

que en la llaga operó como un cauterio,

dio a la Leyenda realidad de Historia

y dio a la Historia calidad de Imperio.

De cotas y sayales

pobláronse tus férvidas visiones,

y eran los caballeros medioevales,

en tus noches de honor, constelaciones…

Y cuando, al viejo modo,

ciego y mísero, a impulsos de tu estrella,

gritabas: “¡Alemania sobre todo!”,

ya Alemania era tuya y tú eras de ella… (49-50)

Emilio Carrère[47] participó en la antología con el poema “París, bajo la svástica [sic]” donde, como apunta Rodríguez Puértolas, “la capital de Francia es purificada de sus pecados y frivolidades por la ocupación nazi” (393). Como ha señalado Alejandro Riera en su tesis doctoral sobre Carrère, este poema reelabora otro escrito más de dos décadas antes, sobre la Primera Guerra Mundial, titulado “Glosas de la guerra”, del que se repiten versos enteros.[48] Como en este poema, Alemania es representada por Lohengrin y Francia por Cyrano. En “París, bajo la svástica”, el apoyo a los alemanes es más explícito, y se ensalza a Hitler, presentado como “un Hércules nuevo, de gestos inmensos y providenciales” que “ha raptado a Europa” (51) y vencido a “Lutecia, la loca sirena del arte y del vicio”. La capital francesa aparece como “un sueño lejano” del pasado, arrollado por el presente de “los nuevos Lohengrines” alemanes, representantes de la nueva moral:

Montmartre se ha muerto; no giran las aspas del rojo Molino;

las frívolas risas de antaño semejan grotescos vestiglos.

La nueva Semíramis, la impura Princesa, cumplió su destino.

París ya es un sueño lejano en la ronda que tejen los siglos.

El Arco del Triunfo – la gloria de Francia – ya invaden tropeles

de rubios guerreros. Los nuevos Lohengrines, con frescos laureles

[…]

Y al Führer de acero, como en un romántico mito wagneriano,

la cruz y la rosa del símbolo svástica [sic] llevando en la mano,

temblando de gozo ha entregado su Guardia de Honor. (52)[49]

Carrère muestra una hostilidad a Francia muy presente en los falangistas, que la veían como enemiga tradicional de España y, sobre todo, cuna de las ideas democráticas y revolucionarias que el fascismo venía a clausurar. Frente a la civilización francesa, con sus placeres ‘decadentes’ se prefiere la fuerza imparable de los guerreros arios. Frente a la joie de vivre parisina, se ensalza la mística necrófila nazi.[50]

No podía faltar José María Alfaro,[51] que contribuye con un “Poema de adolescencia” (53-54) escrito “[e]n recuerdo del padre de mi compañero alemán de colegio, muerto en el frente de Flandes”. Combinando alejandrinos con heptasílabos, canta el avance de las tropas alemanas:

Desde el Vístula al Rhin, la cabellera al viento,

hacia el cielo camina

¾como bosque en delirio o tormenta marina¾

la furia que acompaña con un único acento

la gloria de la espada que la Muerte avecina” (53).[52]

Ángel Alcázar de Velasco, que más que poeta, era un falangista radical y agente secreto al servicio de Alemania colabora con una composición titulada “Hendir…”, donde muestra su entusiasmo por Hitler:

Vivir, llegar y ser,

todo es un hombre.

Y un hombre es todo un pueblo…

Pueblo, alas y armas.

¡Führer! ¡Fe! y ¡Laurel!...” (55)[53]

Pero sin duda la formulación más brutal del elogio de la guerra de exterminio nazi corresponde a “Avanzan los soldados de Hitler” de Tomás Borrás,[54] característica de la “estética de la crueldad”, propia de este autor, que como ha estudiado Mechthild Albert (2003b, 375-390) pone los recursos de la literatura ‘deshumanizada’ al servicio de una “estetización sistemática del terror” (376).[55] Borrás elabora una extraña mezcla de tópicos vanguardistas, donde califica a los miembros de la Wehrmacht de “soldados quijotes”, que hacen gala de su deportiva juventud: “Y en trenes deportivos ruidosas juventudes, / sobre el clamor del tiempo, aúpan sus canciones” (57). Frente al vigor juvenil nazi, las víctimas judías son presentadas como víboras que merecen ser aplastadas, tras ser encerradas entre alambres: “Víboras entre alambres, a sus pies enroscadas, / les muerden en hebreo su andadura implacable” (57). Los enemigos de los nazis son una “Bestia” (recuérdese el Poema de la Bestia y el Ángel de Pemán), que es aniquilada por los soldados que traen la “aurora”, con un sentido aventurero típicamente vanguardista:

Gime la Bestia en humo, a zurdas reculada,

la empujan, con su olímpico juego de geometrías,

el atardecer tuerto de la luna menguante,

que ellos cubren de auroras, cálidas de aventura. (58)

Ante esta fuerza juvenil, los hombres de negocios, las “[g]entes de cambio y bolsa sangran de la conciencia” (58). Los últimos dos versos sintetizan una visión ampliamente presente en este discurso, en el que los nazis son vistos como la vanguardia de un mundo nuevo, que lleva a cabo una destrucción necesaria: “Ellos son viril germen y designio divino; / cumplen, sobre la Muerte, misión renovadora” (58).

Eugenio d’Ors, que se había afiliado a la Falange tres años antes, participa con “Viejo Heidelberg”, donde recuerda la impresión que le causó la ciudad del Neckar, al visitarla como estudiante en 1908, para asistir al III Congreso Internacional de Filosofía.[56] La canción muestra una admiración por la civilización alemana que lleva incluso a la degradación de la propia: “Heidelberg viejo, más joven que yo. […]/ Latina vileza me ha marchitado” (59). Y se cierra con la pesadumbre de tener que regresar a un país donde no se siente reconocido: “Deber tengo donde las gentes no me aman./ Deber tengo donde no hay primavera” (60). El texto, según un epígrafe, fue escrito en 1908, y puede verse quizás como el homenaje circunstancial de un intelectual mucho más ligado a la cultura francesa que a la alemana.

Siguen tres composiciones de autores muy menores, como Francisco Bonmatí de Codecido,[57] que escribe “Al general alemán Volkmann. (Jefe que fue de la “Legión Cóndor” en la Guerra de España)”, con cuartetos endecasílabos de rima fácil donde se agradece la ayuda prestada para derrotar a los republicanos, a quienes se representa, con la retórica del odio propia del momento como “la bestia de cien mil cabezas,/ con ojos mogoles y alma de satán [sic]” (61). El agradecimiento del autor le hace incluso aceptar la idolatría nazi, por cierto nada cristiana:

Son pájaros nobles de un rito sagrado

germano, que dice que el mayor honor

es morir alegres, como iluminados

por Adolfo Hitler, que es su emperador. (62)

También Santiago Magariños[58] recuerda la decisiva ayuda de la Legión Cóndor en “Águilas alemanas”, recordando como éstas “prestaron su garra y su viveza/ a la tarea de raer, sañudos,/ la emponzoñada turba enardecida” (63). La Segunda Guerra Mundial es vista como una continuación de la misma lucha, y la alianza entre España y Alemania evoca, como en el prólogo de Urrutia, las “andanzas/ del pasado imperial de Carlos Quinto” (64). “Aurora en el “Alter Hafen” aparece firmado por “José Ramón”[59] y recrea el vigor adquirido por la flota alemana:

Despertó el dormido:

Por sus anchas venas

volvió a tener sangre la Patria.

El destino

cantaba en banderas

la Fe de Alemania” (68).

La antología se cierra con el poema “A la Catedral de Colonia” de Dionisio Ridruejo,[60] un soneto de brillante factura, en el que la prosopopeya dirigida a la catedral gótica evoca la “armonía” y la “primavera” que ha traído el nazismo. Ridruejo, que huye de elogios fáciles, no por ello demuestra menos entusiasmo recogido por el supuesto heroísmo idealizado alemán: “cuando el hombre se mide por el cielo/ tú edificas su fe libre y entera/ encadenando el peso con el vuelo”.[61]

El entusiasmo pro-nazi de los literatos del régimen se vería forzosamente interrumpido por las vicisitudes de la guerra y definitivamente cuando, en noviembre de 1942, las tropas angloamericanas desembarcaron en Marruecos y el Oranesado. Como señalara agudamente Herbert Southworth, “en el momento en que el Estado español aceptó dócilmente el hecho brutal de que África del Norte francesa no iba a formar nunca parte del Imperio Azul, la Falange perdió su razón de ser” (52). Al tiempo que los falangistas más puros veían cómo se desvanecía la posibilidad de construir un Estado fascista bajo el admirado modelo alemán, también los autores que, al terminar la guerra, como dicen los hermanos Carbajosa, “quedaron dueños del campo intelectual” (307) y se mantuvieron en él brevemente “a favor de unos vientos históricos que dejaron de soplar con la derrota de las potencias del Eje” (302) fueron rápidamente desplazados.

La fascinación que la mayoría de ellos había sentido por el nazismo fue ocultada como un hecho vergonzoso por todos ellos, salvo excepciones como la de Alcázar de Velasco.[62] Sintomáticamente, la antología, largo tiempo olvidada, ha sido rescatada recientemente por un sello editorial ligado a un grupúsculo de extrema derecha.[63]

Como hemos podido comprobar, la afirmación de que los prejuicios antisemitas durante el primer franquismo estaban “motivados por un catolicismo intolerante y no por dogmatismo racial” (Berdah 372) no puede aplicarse a esta antología, donde la fascinación por el poderío nazi hizo que sus autores proclamaran la superioridad alemana y adoptaran la visión antisemita oficial en el Tercer Reich. En los poemas dedicados a los soldados alemanes o a su caudillo Hitler hemos comprobado sobradamente que se mostraba una identificación total, sobre cuyas razones vale la pena preguntarse. Hay que tener en cuenta que, si la mayoría  de los escritores de la República, entre ellos los más valiosos, habían optado por el compromiso social y la politización de la literatura, los falangistas habían recorrido un camino opuesto, el de la “estetización de la política”, en la célebre fórmula de Walter Benjamin, que el nazismo presentaba en su forma más exacerbada. Como ha mostrado Peter Reichel, para mantenerse en el poder, el nazismo se servía al mismo tiempo de la violencia y de un consenso entre la población que sólo era posible mediante la permanente escenificación de una “falsa realidad”, manifiesta en los desfiles y los espectáculos en los que las masas se convertían en ornamento, impresionantes actos de demostración de fuerza donde, como diría Adorno, “el brillo hacía publicidad para la muerte” (185), fanatizando a las masas para lanzarlas a la guerra. Este orden que los gigantescos desfiles sugerían no podía sino despertar la admiración de unos literatos que hubieran querido que “el pueblo” siguiera sus banderas en lugar de tener que mantenerlo bajo una represión constante y que en los soldados nazis o las tropas SS veían reflejados los valores de fuerza y juventud que los literatos falangistas habían ensalzado desde el principio, muchos de ellos enlazando con la estética de los años veinte. Para colmo, veían cómo Alemania estaba formando un Imperio, frente a la temerosa política internacional de Franco. En su adhesión al nazismo, estos escritores admitieron, con una condenable irreflexión, uno de sus elementos capitales, el antisemitismo, y todo parece indicar que, de haber seguido otro rumbo la guerra, éste habría sido aun más patente en estos escritores.[64] Un indicio de hasta dónde podía llegar este antisemitismo falangista, larvado durante los años treinta por la difusión de la teoría de la conspiración de los Protocolos, se revelaría cuando algunos españoles, que acompañaron a las tropas nazis en la campaña de Rusia, presenciaran de cerca el Holocausto. En unas páginas estremecedoras por lo que no dicen, Ridruejo reflexiona que “es triste cosa ser verdugo. No sé si he de lamentar que así sea, pero entre nosotros estas columnas de judíos levantan tempestades de conmiseración en la que, por otra parte, no se incluye simpatía alguna [...]. En nuestra viva adhesión a la esperanza de Europa que hoy es Alemania, éstas son las pruebas, los escrúpulos más difíciles de salvar” (1978, 80-1). El hecho de que un intelectual de un país sin judíos llegara a aprobar, venciendo sus reparos morales, las medidas que desembocarían en el genocidio del pueblo judío, sigue desafiando la razón humana y exigiendo el enfrentamiento constante con la realidad del Holocausto y con todas las causas, primarias y secundarias, que lo hicieron posible.

 

Obras citadas

 

Adorno, Theodor W. Versuch über Wagner. Frankfurt: Suhrkamp, 1952.

Albert, Mechthild. “Las maldiciones del Sabio de Sión. Aspectos del antisemitismo en el Poema de la Bestia y el Ángel de José María Pemán”. En: Joan i Tous y Nottebaum 2003: 423-444.

Vanguardistas de camisa azul. La trayectoria de los escritores Tomás Borrás, Felipe Ximénez de Sandoval, Samuel Ros y Antonio de Obregón enre 1925 y 1940. Madrid: Visor, 2003b.

Alcázar de Velasco, Ángel. Memorias de un agente secreto. Barcelona: Plaza y Janés, 1979.

Álvarez Chillida, Gonzalo. El antisemitismo en España. La imagen del judío (1812-2002). Prólogo de Juan Goytisolo. Madrid: Marcial Pons, 2002.

Avni, Haim. Spain, the Jews, and Franco. Translated from the Hebrew by Emanuel Shimoni. Philadelphia: The Jewish Publication Society of America, 1982.

Berdah, Jean-François. “España y los judíos en la primera mitad del siglo XX”. En: Joan i Tous y Nottebaum: 363-378.

Böcker, Manfred. Antisemitismus ohne Juden. Die Zweite Republik, die antirepublikanische Rechte und die Juden. Spanien 1931 bis 1936. Frankfurt: Peter Lang, 2000.

Bowen, Wayne H. Spaniards and Nazi Germany. Collaboration in the New Order. Columbia and London: University of Missouri Press, 2000.

Carbajosa, Mónica y Pablo Carbajosa. La corte literaria de José Antonio. La primera generación cultural de la Falange. Prólogo de José-Carlos Mainer. Barcelona: Crítica, 2003.

Caudet, Francisco. “Aproximación a la poesía fascista española. 1936-1939”. Bulletin Hispanique, LXXXVIII (1986), 1-2, pp. 155-189.

Cohn, Norman. Warrant for Genocide. The myth of the Jewish world-conspiracy and the Protocols of the Elders of Zion. London: Eyre & Spottiswoode, 1967.

Estrada, José Joaquín. ¿Por qué lucha Alemania? Madrid: Rubiños, 1940.

Fernández Arias, Adelardo. Hitler. El salvador de Alemania. Madrid, Fénix, 1935.

Gibson, Ian. En busca de José Antonio. Barcelona: Planeta, 1980.

Giménez Caballero, Ernesto. Exaltaciones sobre Madrid. [s. l.]: Jerarquía, 1937.

González, Isidro. Los judíos y la Segunda República. 1931-1939. Madrid: Alianza, 2004.

Joan i Tous, Pere y Heike Nottebaum, eds. El olivo y la espada. Estudios sobre el antisemitismo en España (siglos XVI-XX). Tübingen: Max Niemeyer, 2003.

Körte, Mona. “Judenfigur in der Literatur: Shylock, Ewiger Jude, Jud Süss“. En: Benz, Wolfgang, ed. Der Hass gegen die Juden. Dimensionen und Formen des Antisemitismus. Berlin: Metropol Verlag, 2008: 83-102.

Lazo, Alfonso. Una familia mal avenida. Falange, Iglesia y Ejército. Madrid: Editorial Síntesis, 2008.

Mínguez Goyanes, José Luis. Onésimo Redondo (1905-1936). Precursor sindicalista. Madrid: Editorial San Martín, 1990.

Nellessen, Bernd. Die verbotene Revolution. Aufstieg und Niedergang der Falange. Hamburg: Leibniz-Verlag, 1963.

Preston, Paul. “Una contribución catalana al mito del contubernio judeo-masónico-bolchevique”. Hispania Nova, 7 (2007). ˂http://hispanianova.rediris.es/7/dossier/07d011.pdf˃

Redondo, Onésimo. Caudillo de Castilla. Valladolid: Ediciones Libertad, 1937.

Reichel, Peter. Der schöne Schein des Dritten Reiches. Faszination und Gewalt des Faschismus. Münich: Carl Hanser Verlag, 1991.

Riera Guignet, Alejandro. Ideología y texto en la obra de Emilio Carrere. Tesis doctoral. Universidad de Barcelona, 2005 <http://www.tesisenred.net/TDX-1202105-120752/index_cs.html> 

Ridruejo, Dionisio. Casi unas memorias. Prólogo de Salvador de Madariaga. Barcelona: Planeta, 1976.

Los cuadernos de Rusia. Edición de Gloria de Ros y César Armando Gómez. Barcelona: Planeta, 1978.

Rodríguez Jiménez, José Luis. “Los Protocolos de los Sabios de Sión en España”. Raíces. Revista judía de cultura, 38 (1999), pp. 27-40.

“El discurso antisemita en el fascismo español”. Raíces, 42 (2000), pp. 57-69.

Rodríguez Puértolas, Julio. Literatura fascista española, vol. 1. Madrid: Akal, 1986.

Rother, Bernd. Spanien und der Holocaust. Tübingen: Max Niemeyer Verlag, 2001.

Sartre, Jean-Paul. La mort dans l’âme. Paris : Gallimard, 1949.

Semolinos Arribas, Mercedes. Hitler y la prensa de la II República Española. Madrid: Siglo XXI Editores, 1985.

Southworth, Herbert Rutledge. Antifalange. Estudio crítico de “Falange en la guerra de España: la Unificación y Hedilla” de Maximiano García Venero. Traducción de José Martínez. París: Ruedo Ibérico, 1967.

Tusquets, Juan. Masones y pacifistas. Burgos: Ediciones Antisectarias, 1939.

Urrutia, Federico de. Poemas de la Falange Eterna. Santander: Aldus, 1938.

La paz que quiere Hitler. Madrid: Blass, 1939.

—, ed. Poemas de la Alemania eterna. Madrid: Imprenta de Ernesto Giménez, 1940

¡Camarada: He aquí el enemigo! Madrid: Ediciones Toledo, 1942.

—, ed. Poemas de la Alemania eterna. Prólogo de Juan Antonio Llopart. Molins de Rei: Ediciones Nueva República, 2008.

Viñas, Ángel. Franco, Hitler y el estallido de la guerra civil. Madrid: Alianza, 2001.

 



Notas

 

[1] Véanse sobre todo los libros de Avni, Marquina y Ospina, y Rother.

[2] Véanse en especial las obras de Böcker y González Chillida.

[3] Como señala Wayne H. Bowen, España fue el único país en el que, sin estar bajo dominación nazi, hubo un apoyo considerable a las ideas nazis en los círculos políticos e intelectuales y apunta: “In this regard, research on Spanish Naziphiles can yield a clearer picture of the enthusiasm for and positive vision of the New Order held by many in Europe during this period” (11). Seguimos esta recomendación, ya que Bowen se circunscribe a un recorrido de las relaciones políticas entre españoles y alemanes.

[4] Y no sólo de las derechas. Mercedes Semolinos ha demostrado que la valoración positiva que dominaba en diarios como ABC o El Debate, aparecía también inicialmente en la prensa republicana liberal.

[5] Las últimas líneas del libro de Fernández Arias son de por sí elocuentes: “¡Españoles! Rezad todas las noches esta oración: “ ¡Dios mío!.... ¡¡Salva España!!... ¡¡¡Concédenos un hombre como Hitler!!!” (79).

[6] Estas apologías no fueron siempre desinteresadas, pues la cancillería alemana recompensó económicamente tanto a Vicente Gay como a César González Ruano. Ver Viñas 187.

[7] “Lea el lector el plan judío, concebido y tenuísimamente desarrollado por el capital internacional en alianza con las sociedades secretas y con las revoluciones internacionales. Es un comprobante de insuperable valor, para que juzguemos la presente situación de España como lo que es: una invasión de planes extranjeros para envilecer y esquilmar un país, con la fiel colaboración de nuestros intelectuales y políticos, instrumento dóciles de las logias” (Rodríguez Jiménez 32). En su biografía o más bien hagiografía de Redondo, Mínguez Goyanes minimiza, de manera inverosímil, su antisemitismo (122). 

[8] Ver F.E., 19 de abril de 1934 y 25 de enero de 1934. Apud Gibson 87.

[9] Para la campaña de Arriba contra estos almacenes, remedo de las acciones nazis, véase González 271-3.

[10] Sobre Juan Tusquets, véase Preston.

[11] De la traducción del Duque de la Victoria salieron seis ediciones entre 1932 y 1936. En total se publicaron durante la Segunda República siete versiones diferentes de los Protocolos, con un total de doce ediciones. Ver Böcker 267.

[12] Así, Juan Pujol afirma el 20 de diciembre de 1936 en ABC que “España está guerreando contra la Judería universal, que ya es dueña de Rusia y que ahora pretendía apoderarse de nuestro país”. En su primer número, del 1 de agosto de 1937, Arriba España insertaba la consigna: “¡Camarada! Tienes la obligación de perseguir al judaísmo, a la masonería, al marxismo y al separatismo”. Probablemente la formulación más brutal apareció en el semanario falangista Medina, que en junio de 1937 lanza la consigna “contra los judíos una sola respuesta: la muerte” (González Chillida 353, 361-2).

[13] Para un estudio de los abundantes préstamos que Pemán toma de los Protocolos, ver Albert 2003a

[14] Es el título del famoso libro de José María Areilza y Fernando Castiella, publicado en 1941 y en el que se pretendían justificar históricamente estas aspiraciones.

[15] Por ejemplo, en el editorial del 11 de agosto de 1940 se declaraba: “Hay ardor por la misma causa, hay un mismo modo de planear y de entender el mañana”.

[16] Véase el panegírico “El hombre y su estilo”. Arriba, 20 de julio de 1940, pp. 1 y 4.

[17] “No. Es imposible que ante el espectáculo de la definitiva derrota de los enemigos de España y de la auténtica unidad europea, podamos tener un gesto de conmiseración, de olvido, o siquiera de desprecio. Se trata de nuestros enemigos seculares, de los que interpretaron y estimularon odios y divergencias de tipo religioso, económico, político y geográfico. Los pasajeros del Clipper son nuestros constantes enemigos. Y es natural que les deseemos el paradero que merecen los que pretendieron arrebatarnos la razón y el modo de ser españoles”. “El lastre de Europa”. Arriba, 12 de septiembre de 1940, p. 1.

[18] Estrada ilustra a sus lectores, entre otras cuestiones, sobre “el origen judío de los ingleses” (31-2).

[19] Como recuerda Dionisio Ridruejo: “sólo hacía semanas que las divisiones alemanas, ocupada Francia, habían llegado a la frontera española. Muchos españoles, en especial los falangistas y las figuras militares más o menos próximas a ellos […] éramos intervencionistas […]. Ahora se tenía la impresión de que el mundo iba a cambiar de dueño. En los círculos nacionalistas a los que yo pertenecía, se planteaba el problema que se le plantea al pescador de río: o renunciar a los peces o mojarse” (1976, 213-4).

[20] En un libro publicado en 1939, el inefable Juan Tusquets incluye un “diálogo con Giménez Caballero”, en el que el antiguo filosefardita culpa a “aquellas gentes que vinieron de Palestina hace miles de años a Sefarad” prácticamente de todas las derrotas históricas de España (Tusquets 251).    

[21] Para Urrutia, la revolución de Asturias había sido protagonizada por “una pléyade de eunucos y esclavos a las órdenes del judaísmo internacional”  (Informaciones, 28 de octubre de 1934). 

[22] Aunque ha aparecido una reciente reedición de la obra (Urrutia 2008) prefiero citar por el original, mencionando a partir de aquí los números de página entre paréntesis.

[23]Recuérdese que la corona de mirto, en la Antigüedad, distinguía a los vencedores de manera incruenta, mientras que la de laurel distinguían a quienes obtenían la victoria en combate sangriento. 

[24] Mariano Tomás (1891-1957) fue autor antes de la guerra de “dramas poéticos” sobre Isabel la Católica o Felipe II, y colaboraría en 1940 en otro volumen colectivo, Laureados de España (1940) dedicado a quienes durante la guerra civil obtuvieron en la zona franquista la Cruz Laureada de San Fernando. 

[25] Shylock, el prestamista judío del drama shakespeariano El mercader de Venecia, ha corporeizado como pocos personajes los prejuicios antisemitas tradicionales, que presentan al judío como ser deforme físicamente (destacando la nariz, ganchuda, que en el texto de Tomás le asemeja a una lechuza) que compensa sus deficiencias físicas con la acumulación de dinero sin escrúpulos morales. Ver Körte 85-9.

[26] Jesús Evaristo Casariego (1913-1990) había fundado en 1932 la Juventud Carlista de Madrid y participó como teniente de requetés en la defensa de Oviedo. Con semejantes ‘credenciales’ no extraña que en 1942 obtuviera un puesto de profesor en la Facultad de Ciencias Políticas en Madrid. En 1940 había colaborado en Laureados de España con la prosa “Aranda y Oviedo” (65-75) tema que había tratado poco antes en la novela La ciudad sitiada. Novela histórica del Madrid prerrevolucionario y del asedio de Oviedo (1939).

[27] “Bajaban los escuadrones / con su galope de Historia. / Tropel de escuálidos potros / y de pelambreras hoscas, / de nórdicos hombres sobrios / de una raza vigorosa. / Floresta móvil de lanzas / hacia el pecado de Roma. / Y moría el mundo antiguo, / y estaba naciendo Europa, / mitad latina y germánica, / con albas cruces católicas”. (15)

[28]Casariego parece olvidar que, en la época de las invasiones germánicas, el Imperio romano había aceptado el cristianismo como religión oficial, y eran los germanos quienes representaban el paganismo.

[29] Este último verso es una alusión meridiana al libro de José Joaquín Estrada, Cuando Inglaterra quedó sola, publicado ese mismo año de 1940.

[30] Sobre la recurrencia de la espada en la poesía falangista, Francisco Caudet comenta: “La “espada” [...] tiene también el valor de símbolo fálico; expresa esa violación continua que pretende ejercerse sobre la realidad, sobre la historia pasada o presente, sobre el ser humano. Por eso se da a entender, una y otra vez, que usar la “espada” es signo de virilidad” (170).

[31] Urrutia recurriría de nuevo a este mito, al hablar de los “enemigos” de la Falange: “Todas sus cabezas [...] forman el Dragón que hemos de buscar, como Sigfrido, para darle batalla despiadada” (1942, 8).

[32] El veterano filólogo Francisco Rodríguez Marín (1855-1943), académico de la lengua y director de la Biblioteca Nacional, había simpatizado desde el principio con los sublevados y huyó del Madrid republicano, refugiándose en Piedrabuena y publicando en 1939 En un lugar de la Mancha… Divagaciones de un ochentón evacuado de Madrid durante la guerra.

[33] Diego Navarro (1914-1956) que publicaría sonetos en Escorial, y un “auto religioso” titulado Huésped de la primavera y vencedor de la muerte (1940) en los suplementos de Vértice, había tenido el honor de cerrar el volumen Laureados de España con su “Oración a los caídos”, soneto que es una imitación algo burda del “Amor constante más allá de la muerte” de Quevedo: “Almas que tantas glorias han vivido/ en ansia pura de pasión triunfante,/ vidas que con el ángel han huido;/ seréis ejemplos de fervor constante,/ lunas eternas sin temor a olvido,/ ascuas seréis de gozo edificante” (Laureados, 373).

[34] Ver por ejemplo: “Elegía septentrional”. Informaciones (10-IV-1940), p. 3.

[35] Alfredo Marqueríe (1907-1967), más conocido como crítico teatral, había publicado dos libros de poemas antes de la guerra y sería incluido en la Antología poética del Alzamiento, 1936-1939, recopilada por Jorge Villén (Cádiz, 1939) y en la ya mencionada Laureados de España (1940). Marqueríe también publicaría narraciones humorísticas como Cuatro pisos y la portera (1940) o El misterio del circo (1942). Posteriormente sería redactor-jefe del NODO.

[36]Probablemente el poema tuviera como incitación genética el lanzamiento de “los modernos infantes del aire” sobre Rotterdam, que ocupaba la portada de Informaciones el 13 de mayo de 1940, con documentación gráfica sobre estos paracaidistas.

[37] José Montero Alonso (1904-2000) había compilado poco antes un Cancionero de la guerra. Poemas del resurgimiento español (1939). Después de la guerra trabajó como redactor en el diario Madrid, hasta 1971, escribiendo además numerosas biografías y libros sobre la capital de España.

[38] Manuel de Góngora (1889-1953) había alcanzado cierta celebridad como poeta en la zona franquista, ganando la Flor Natural en los Juegos Florales de Vitoria en 1938 con su poema “Dolor y resplandor del 18 de julio”, que daría título a la recolección de sus poemas de guerra.

[39] La elección de este grabado no es casual. En el “congreso de la victoria” del partido nazi en 1933, celebrado en Núremberg, Hitler fue obsequiado con esta obra original de Durero. Ver Reichel 126.

[40] José del Río Sainz (1884-1964) era, además de poeta, marino mercante y periodista. Muy apegado a su paisaje cántabro, era amigo de Gerardo Diego y contertulio del grupo Musa Musae de Madrid.

[41] Quizás esto se deba a que, en Sainz del Río, el apoyo al Eje era mucho más tibio que en otros poetas. Cuatro años después, mostraría su simpatía por los aliados al publicar la biografía Churchill y su tiempo.

[42] El almeriense Diego Fernández Collado (1912-), autor de las novelas Amarillos de la tarde (1940) y Almizara (1949) es, según mis noticias, el único superviviente de esta antología.

[43] Manuel Machado parece haber sentido inicialmente escaso entusiasmo por el nazismo, como muestra su firma en el manifiesto “Contra el terror nazi” publicado en Heraldo de Madrid el 7 de abril de 1934. Aunque es difícil precisar la sinceridad de su adhesión al alzamiento, que le sorprendió en Burgos, en 1940 era ya uno de los estandartes poéticos del régimen, y se le había nombrado miembro del Consejo Asesor de Cultura de la Organización Juvenil de F.E.T. y de las J.O.N.S. Su firma aparece en la Corona de sonetos en honor de José Antonio Primo de Rivera (1939).

[44] José María Uncal (1902-1971) fue un poeta asturiano, autor de libros de temática marinera, como Los poemas cantábricos (1923), La ruta de Cipango (1930) o Tajamar. Poemas marineros (1949).

[45] Cristóbal de Castro Gutiérrez (1874-1953) era más conocido como prolífico autor de novelas y como periodista, y había atacado a la República en el libelo Fariseos de la República (1933).

[46] Este apelativo reenvía inevitablemente al “César visionario”, es decir, Franco, según el llamativo epíteto que le otorgara Urrutia en su “Leyenda del César visionario”, que concluía su poemario anterior (1938, 57-61) y que retomó Francisco Umbral en una célebre novela.

[47] Emilio Carrère (1881-1847), había sido uno de los mayores representantes de la bohemia madrileña. Un año antes había narrado en La ciudad de los siete puñales (1939) sus experiencias como emboscado en el Madrid republicano.

[48] Ver Riera 109-110

[49] Emilio Carrère mostraría en sus artículos en el diario Madrid (dirigido por el conocido antisemita Juan Pujol) que su admiración por el régimen nazi era genuina, así como su creencia en el poder oculto de los judíos, unidos en típica amalgama a la masonería, el ateísmo, el comunismo y el capitalismo. En “Galería de monstruos”, se presenta a los judíos como las responsables que movían los hilos en la República: “El partido comunista fue, sin duda, la médula de aquello que llaman el caos los que no saben lo que se dicen […]. Y la acción judaica entre las tinieblas: las madamas de los prohombres de aquella época, todas hebreas…” Madrid, 184 (8 de noviembre de 1939), p. 3.

[50] Sartre reflejó excepcionalmente en La mort dans l’âme, la fascinación que muchos contemporáneos sintieron por los soldados nazis, y que muestra bastantes similitudes con la imagen que aparece en la antología que comentamos: “« Nous vainqueurs ! » et il était enveloppé de délices. Il leur rendit hardiment leur regard, il se gorgea de ces cheveux blonds, de ces visages hâlés où les yeux semblaient des lacs de glacier, de ces tailles étroites, de ces cuisses incroyablement longues et musculeuses. Il murmura : « Comme ils sont beaux ! » [...] en face de ces anges de haine et de colère, de ces anges exterminateurs dont les regards lui rendaient une enfance. « Voilà les nouveaux juges, pensa-t-il, voilà la nouvelle loi ! » [...] il n’y voyait plus très clair, il répétait en haletant un peu : « Comme dans du beurre – ils entrent dans Paris comme dans du beurre. » [...] Il aurait voulu être une femme pour leur jeter des fleurs !” (82-3).

[51] José María Alfaro (1906-1994) fue uno de los poetas que había gozado de más crédito en la “corte literaria de Primo”, siendo uno de los autores del himno “Cara al sol” y firma indispensable en recolecciones como la Corona de sonetos en honor de José Antonio Primo de Rivera (1939). Dirigió brevemente las revistas Vértice y Escorial y el diario Arriba. Cuando se publicó esta antología ocupaba la Subsecretaría de Prensa y Propaganda y acababa de publicar su novela Leoncio Pancorbo (1940). Sin embargo, Alfaro no confirmaría los buenos augurios que habían acompañado sus inicios literarios. Como dictaminan Mónica y Pablo Carbajosa, “el personaje político-administrativo” terminó absorbiendo al escritor (262). Alfaro desempeñaría una larga serie de cargos, siendo miembro de la Junta Política de Falange, además de procurador en Cortes desde 1942 y luego embajador en Buenos Aires.

[52] Alfaro había mostrado un apoyo más explícito a la Alemania nazi en su artículo “Derecho y deber de España”, donde se declaraba que los sublevados españoles habían sido los “primeros beligerantes” en “esta gloriosa lucha revolucionaria y civilizadora”. Ver Arriba, 5 de junio de 1940, p. 1

[53] Ángel Alcázar de Velasco (1909-2001), “camisa vieja” falangista, se había opuesto en 1937 al decreto de unificación, por lo que fue encarcelado durante unos meses. En 1940 publica Serrano Súñer, en la Falange, libro en el que incluye varias diatribas antisemitas. Al parecer el autor pensaba congraciarse aun más con sus jefes con la publicación de libros como Bajo el cielo de la Sinagoga e Historia de la intervención de los judíos en la política española desde el 1435 hasta 1935, que no llegarían a ver la luz.

[54] Tomás Borrás (1891-1976), escritor y periodista, fue un fascista de primera hora, formando parte del grupo de La Conquista del Estado. En 1940 dirigía el Sindicato Nacional del Espectáculo.

[55] “El aspecto vitalista del ensalzamiento que Borrás hace de la violencia, su entusiasmo futurista por el mecanismo destructor de la guerra, echa raíces, por otra parte, en el gesto destructor de las vanguardias voluntaristas que sacian su sed de barbarie en la Primera Guerra Mundial. Al poner al servicio de este refinamiento del horror las modalidades retóricas de la literatura ‘deshumanizada’ del fin de siglo y de la vanguardia, Borrás da la impresión de que la violencia interna de su escritura encuentra su verdadero objeto en la violencia real” (Albert 2003b, 377).

[56] Eugenio d’Ors (1882-1954) había mostrado su apoyo a la sublevación desde el primer momento, publicando su Glosario en Arriba España. En 1938, fue nombrado Secretario Perpetuo del recién creado Instituto de España y ocupó la Jefatura Nacional de Bellas Artes.

[57]Francisco Bonmatí de Codecido (1901-1965), cuñado de José Calvo Sotelo, había escrito poco antes la novela Pilar (1939), ambientada en la guerra civil. Ferviente monárquico, trabajaría después de la guerra al servicio de Don Juan de Borbón.

[58] El historiador Santiago Magariños (1902-1979) ocupó ese año de 1940 la cátedra de Historia en la Universidad de Madrid y, poco después, la presidencia del Instituto de Cultura Hispánica. La brillante carrera de Magariños terminaría cuando en 1953 se le ocurrió editar unos poemas de Miguel Hernández, por lo que fue obligado a exiliarse, prosiguiendo en Venezuela su carrera académica.

[59] Puede tratarse de José Ramón Santeiro, poeta gallego, por entonces periodista de Arriba.

[60] Dionisio Ridruejo (1912-1975) ocupaba por entonces la Jefatura de Propaganda y, gracias a su amistad con Serrano Súñer, era, a pesar de su juventud, uno de los intelectuales más influyentes del régimen.

[61] El poema tiene como incitación genética la visita a Colonia dentro del largo viaje que Dionisio Ridruejo hizo en 1937 a Alemania, con motivo de la invitación al congreso internacional de la organización Kraft durch Freude en Hamburgo. Ridruejo recuerda “la imponente catedral de Colonia” (1976, 191) entre sus mayores impresiones de este viaje.

[62] Alcázar de Velasco recordaba en sus Memorias: “Para quienes tuvimos puesta toda la carne en las ascuas germanas el año cuarenta y cuatro no sólo fue el de la derrota en todos los frentes con el estrépito moral de lo inapelable, sino el año del fracaso en la entidad hombre [...] Aquella derrota anímica revistió caracteres desastrosos” (181).

[63] El director de la editorial, Juan Antonio Llopart, líder al mismo tiempo de un minúsculo partido neofascista, antepone un breve prólogo en el que asegura que “[n]o han faltado quienes me han sugerido que la reedición de estos pliegos o bien era imprudente o bien no venía al caso” y recuerda que “sólo un puñado de camisas azules permaneció fiel a sus más íntimas convicciones tras la derrota de Alemania, mientras el resto se tragó sin rechistar el viraje del Régimen franquista al tiempo que comenzó a cebarse el embuste de un falangismo antifascista” (7). Sin embargo, Llopart sustrae de su edición casi facsímil elementos que podrían ser conflictivos, como la esvástica que ocupaba una de las páginas iniciales.

[64] Como señala José Luis Rodríguez Jiménez, “todo indica que si el desenlace de la guerra mundial hubiera consistido en el triunfo de la Alemania nazi las muestras de un virulento antisemitismo español hubieran salido a la luz con mayor fuerza desde las filas fascistas” (2000, 68).