la representación del exilio republicano en la serie el exilio y la segunda guerra mundial de virgilio botella pastor

 

Megan Mercedes Echevarría

University of Rhode Island

 

Entre febrero de 1978 y junio de 1988, Virgilio Botella Pastor publicó cuatro novelas que relatan las andanzas, penurias, esperanzas y el sufrimiento de los exiliados republicanos desde el fin de la Guerra Civil y hasta la conclusión de la Segunda Guerra Mundial o, como él lo denominó, el primer exilio de los republicanos españoles[1]. En estas obras nos habla de la estancia de los expatriados en campos de internamiento en Francia, su participación en las compañías de trabajo, su lucha en la resistencia francesa, su alistamiento en diferentes ejércitos de los aliados (la Legión Extranjera, la compañía inglesa de los Pioneers o en batallones norteamericanos) para combatir el fascismo y su terrible destino en el campo de exterminio de Mauthausen, si eran capturados. Botella Pastor nos presenta en su tetralogía a unos hombres que poco pudieron hacer frente a su destino, a los que se les niega el retorno a su patria y que se ven obligados por las circunstancias a pasar necesidad, sufrir, luchar o abandonarse a la muerte:

—La guerra... Ya está... La hora de la verdad para todos — dice Ignacio.

—Sí, otra vez —murmura don Patricio, el hombre de más edad de la oficina—. Y ahora peor, en tierra extraña. Más años de miedo, hambre y frío, donde no somos nadie ni nada, sino un estorbo... O volver allá... Con todo lo que supone...

—Pero si no se puede volver —exclama Ignacio con pasión—. No hablemos ya de la cárcel o el paredón y la fosa; es que no cabe tolerar el estigma, el trato de ciudadano de perrera que tienen para el vencido...

Ve Ignacio al hombre viejo que no comparte sus ideas, que pese a todo acaricia el retorno. Advierte en él un cansancio especial, un cierto decaimiento. Es la premonición del último viaje la que empuja a don Patricio a sus años niños (Botella Pastor, Tiempo de sombras 13, puntos suspensivos en el original)[2].

En The Classical Form of the Historical Novel, Georg Lukács analiza la forma de la novela histórica a través de obras del siglo xix, especialmente las de Sir Walter Scott. Nos interesan para nuestro análisis las características del modelo que este crítico valora para compararlas con la práctica de Virgilio Botella Pastor, ya que pueden servirnos como punto de partida para el estudio de la obra del autor alicantino, aunque su práctica novelística tenga no pocas peculiaridades que la separan de la novela anglosajona del siglo anterior. Lukács afirma que la novela histórica debe elegir como contexto un momento conflictivo y conocido, inventar personajes ficticios para ocupar el centro del relato, y servirse de una representación fiel de las costumbres y la sensibilidad de la época pasada. Compara la novela histórica con la épica. Las primeras diferencias fundamentales entre estos dos modelos narrativos que encuentra son 1) la elección del protagonista que hace el autor; 2) el papel que éste desempeña; 3) la importancia de la historia y 4) la diversidad social del mundo creado. Mientras que los protagonistas de la épica son los grandes personajes que marcan momentos clave de la historia, la novela histórica reconstruye una época desde la perspectiva de los individuos corrientes que viven las consecuencias de las decisiones que toman dichas grandes figuras.

The all-national character of the principal themes of epic, the relation between individual and nation in the age of heroes require that the most important figure should occupy the central position, while in the historical novel he is necessarily only a minor character. (Lukács 45)

En lugar de narrar la gestación y desarrollo de los grandes sucesos de la historia con un enfoque desde arriba, la novela histórica los reconstruye desde abajo. Esta perspectiva enlaza con las bases ideológicas de la novela social. En vez de narrar únicamente los momentos en que se toman decisiones de gran transcendencia y sus implicaciones, se relatan las consecuencias que para el pueblo tuvieron estas decisiones. De este modo se construye un relato que plasma las interrelaciones entre las fuerzas históricas de la época y la vida de la colectividad. En lugar de reconstruir una realidad del pasado que queda en gran parte fuera del alcance del lector, la novela histórica dibuja una realidad que, aunque pretérita, se relaciona con la del lector por la cercanía de la situación corriente de sus héroes.

Por lo que se refiere al contexto histórico, los momentos preferidos de Botella Pastor en su serie de novelas El exilio y la Segunda Guerra Mundial [3] consisten en algunas de las crisis y los conflictos del siglo xx que más han afectado a España y los españoles: la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial. Las novelas que estudiamos relatan las experiencias de los españoles, desde la derrota de la República por el ejército franquista (con el consecuente inicio del exilio republicano) hasta la caída de Berlín en manos de los aliados. Para reconstruir todas las situaciones desde la perspectiva de las personas normales, nuestro autor inventa unos personajes ficticios que dentro del mundo representado reflejan fielmente lo que los republicanos españoles vivieron en la realidad histórica exterior. A pesar de que poco tuvieron que ver en la toma de las decisiones que marcaron esos momentos históricos, los personajes se destacan dentro de la narración sobre todo por su voluntad y ganas de luchar en contra del fascismo, la represión y la injusticia.

            Botella Pastor se sirvió de las voces de aquéllos que no habían sido los grandes protagonistas de la historia, de personajes que son un reflejo de quienes vivieron en su carne las implicaciones y consecuencias de las políticas y decisiones de los poderosos. Los protagonistas de sus obras son los exiliados españoles, ya sean maquis, prisioneros en los campos de exterminio o voluntarios en los ejércitos aliados que sufren “la imposición del momento histórico, la fuerza irreversible del acontecer” (Botella Pastor, El camino de la victoria 67). A pesar de ello, no se trata de un grupo de personas que permanezcan indiferentes, impasibles ante el acontecer de la historia. Tal como lo expresa Rafael, uno de los protagonistas:

[F]rente a la imposición ajena y al poder de la circunstancia, la actitud del hombre cuenta siempre. Siempre tiene una posibilidad de hacer algo, aun dentro de lo que de él han hecho las cosas que desde fuera le gobiernan... Lo que hace falta es tener voluntad para querer ese algo y alma para hacer lo que se quiere hacer... (Botella Pastor, El camino de la victoria 67, puntos suspensivos en el original)

Los exiliados se nos presentan como una fuerza histórica activa en la lucha contra el fascismo, una fuerza que resultará determinante a la hora de resolver la tragedia en la que, sin ser culpables, se encuentran envueltos.

En este respecto resulta muy interesante el estudio de Pablo Gil Casado centrado en Todas las horas hieren,[4] sobre el personaje colectivo y la estructura narrativa de dicha novela. Las características señaladas por este crítico son igualmente aplicables a las demás obras que componen esta serie. La acción en estas novelas está altamente fragmentada: se nos narran multitud de pequeñas tramas que podrían leerse cada una independientemente, pero que, al igual que las piedras que componen un mosaico, sólo alcanzan pleno sentido cuando se observan desde una cierta distancia y se capta la totalidad de lo representado, en el caso de Botella Pastor, la experiencia del exilio. Gil Casado señala que, aunque a primera vista parece que los vínculos entre los diferentes protagonistas de los relatos y sus peripecias son de ámbito temporal y circunstancial (todos son exiliados republicanos),[5] la narración los une también a nivel formal por el empleo del personaje colectivo. Sagazmente, atribuye un significado convincente a la estructura susodicha: “La dispersión del asunto responde al fenómeno de la diáspora, y la cohesión narrativa de lo múltiple y desasociado se logra mediante la presencia del personaje colectivo” (Gil Casado, “La novela histórica” 94). Con el empleo de este personaje colectivo, Botella Pastor no intenta presentarnos a un solo héroe, sino que crea una representación de toda una entidad (los exiliados republicanos españoles) que, compartiendo una serie de rasgos y comportamientos, desempeña ese papel.

Aunque todos los personajes principales son verosímiles y padecen circunstancias que podrían ser fácilmente probadas documentalmente, resulta difícil relacionarlos directamente con personas concretas[6]. De hecho, en la inmensa mayoría de los casos, tan sólo se nos da su nombre de pila o su apodo. Por ejemplo, Ramón, José y Rafael son guerrilleros de la resistencia francesa; Armando y Belarmino forman parte de un regimiento del “Pioneer Corps” británico; Ángel el Místico y el Tenor son dos de los personajes a los que más referencias se hacen cuando se narran los sucesos en el campo de Mauthausen. Este procedimiento aporta mayor libertad creativa con los detalles de la obra, si bien Botella Pastor no la utiliza de la misma forma que emplearon muchos autores decimonónicos. Estos se sirvieron de personajes ficticios para suplir la falta de una investigación minuciosa de su materia histórica. Los modelos decimonónicos incluyen referencias a datos históricos y los grandes actores del momento, pero, en su mayoría, son infrecuentes y sólo sirven para anclar el contenido ficticio en la realidad histórica reconstruida. En vez de novelar los grandes momentos intentando averiguar y reproducir la psicología de las figuras ya muy conocidas, pretenden contar la historia, de manera artística, a través de individuos de poco relieve.

No es éste el caso de Botella Pastor. Gil Casado (“Entre la historia”) y María Fernanda Vallecillo señalan que las obras son resultados de investigaciones exhaustivas y que están cargadas de información comprobable. En estas novelas se incluyen multitud de referencias a los grandes políticos, militares e incluso artistas de la época, a tratados, escritos, artículos y discursos concretos, y aunque estos datos conocidos no son el enfoque de la narración, en la serie se construye una imagen que respeta la realidad histórica con la mayor fidelidad y que además tiene una entereza y complejidad que se escapa al ensayo histórico tradicional. El autor no depende únicamente de las referencias a la historia conocida para sentar la realidad artística en la realidad histórica exterior. En sus novelas coexisten los datos históricos conocidos (fechas, acciones militares, documentos) con numerosos acontecimientos verídicos, sacados de la historia privada vivida por los exiliados republicanos españoles. De hecho, Botella Pastor tomó gran parte de su material narrativo de los testimonios de otros exiliados, si bien después lo pasó por su tamiz creativo[7]. Sus personajes no sólo viven los sucesos, sino que reflexionan sobre lo que está ocurriendo, comparten sus sentimientos con otros personajes y a través de todo ello proporcionan perspectivas muy diversas de los hechos históricos.

Este carácter reflexivo de su narración le ha valido al autor la censura por parte de algunos críticos. Refiriéndose a la novela Así cayeron los dados, Marra-López valora a Botella Pastor como un novelista de gran potencial, pero le reprocha el hecho de que continúe “la tendencia emigrada del exceso de introspección filosófica en el relato” (Marra-López 497), juicio que también comparte Sanz Villanueva. Sin embargo, este elemento de reflexión es parte fundamental de la narración y no disminuye en absoluto su valor. El carácter comprometido y la intención de denuncia que se encuentra en estas novelas de Botella Pastor requieren la introspección. Las novelas no pretenden ser obras de mero entretenimiento o escape, sino más bien lo contrario: la acción histórica se presenta para informar al lector y demostrarle las injusticias que rigen el funcionamiento del mundo representado y la reflexión sirve para guiarlo hacia la interpretación deseada de los hechos. Por lo tanto, la acción y la introspección se complementan.

En su estudio de 1980 “Las novelas de Botella Pastor: el éxodo y el llanto”, Pablo Gil Casado examina todas las novelas del autor alicantino publicadas hasta entonces. Señala la necesidad intrínseca de este carácter reflexivo en sus obras para la comprensión cabal de las mismas. Su análisis relaciona la introspección con la intención del autor de dejar un testimonio de la experiencia republicana, justificar esta causa y presentar una manera de analizar el pasado reconstruido para llegar a entenderlo. Esta justificación y este proceso de comprensión se llevan a cabo, según Gil Casado, mediante el análisis de cuatro facetas de aquella realidad histórica: la República, la política internacional, el nacional-fascismo y el destierro. Las novelas de Botella Pastor presentan acontecimientos que se desarrollan en todos estos ámbitos. Sin embargo, el análisis y la reflexión sobre éstos reviste una mayor importancia que la mera representación de los acontecimientos. Gil Casado relaciona esta importancia con la función de los personajes, que consiste en interrogar continuamente al pasado para sacarle su sentido. En la nota sobre la vida del autor que se recoge al final de La gran ilusión se hace hincapié en la aportación de estas narraciones no sólo como reflejo y justificación de la experiencia republicana sino también por el valor que ésta puede tener como lección para el futuro:

Esa experiencia deben recogerla y transmitirla quienes la vivieron para dejar un testimonio vivo, directo y válido de la misma, [...] [que sea] un espejo y un campo de reflexión aptos para mirarse y forjar una memoria colectiva que contribuya a evitar cualquier reaparición de los terribles años de la guerra fratricida, y la venganza, primero, y los largos y sombríos tiempos, después, del exilio interior y exterior. (Botella Pastor, La gran ilusión 531)

La susodicha mezcla de tan variados sucesos históricos y vivencias personales de los exiliados no sólo contribuye a la riqueza del contenido histórico de las novelas, sino que también sirve para dar una mayor complejidad psicológica a los personajes, lo que Lukács subraya como rasgo fundamental del modelo decimonónico. Este crítico desprecia las manifestaciones alemanas de la novela histórica, afirmando que “the human beings… who act in this picturesque world, have the psychology of a tormented Romantic” (Lukács 60). El crítico húngaro alaba a los autores que crean personajes con una textura psicológica más matizada y caracteriza esta fórmula como “a renunciation of Romanticism, a conquest of Romanticism, a higher development of the realistic literary traditions of the Enlightenment” (Lukács 33).

Como norma general, los personajes individuales de Botella Pastor presentan esa complicación psicológica que tanto valoraba Luckács: se preocupan, tienen dudas, remordimientos y les persiguen sus fantasmas del pasado. Les vemos debatirse entre ideas contradictorias, valores opuestos y sentimientos enfrentados[8]. Así, gran parte de la historia de Rafael y José que se nos relata en La gran ilusión nos muestra cómo José logra escaparse de la tristeza en que le sumían los fantasmas de su mujer Rosa y su hijo no nacido (a quienes vemos morir en Tiempo de sombras) gracias al amor de Solange. Por su parte, Rafael se debate constantemente entre la pasión que siente por Solange y la lealtad a su amigo José, con quien le une una relación más fuerte que la fraternal: el mismo José “decía que [Rafael] era [...] como un hijo y hermano a la vez” (Botella Pastor, Tiempo de sombras 70). Rafael también confiesa su admiración extrema por José, ya que en él ve sus “ideales transformados en hechos, en actos, en lucha” (Botella Pastor, Camino de la victoria 64).

Además nuestro autor tiende a elegir como protagonistas a personajes de convicciones menos fervorosas, identificados con la causa republicana pero sin llevar a extremos su posición ideológica, lo que resulta beneficioso a la hora de proporcionar una versión contenida de los hechos. Por ejemplo, Joaquín, uno de los personajes clave entre los internados españoles en el campo de Mauthausen, ante los horrores que presencia:

no puede orar como Ángel y los buenos católicos que hay en el campo, que se refugian en sus oraciones y buscan consuelo en la meditación religiosa y serenidad en las misas que, de cuando en cuando y dentro del mayor secreto, se celebran en Mauthausen. Tampoco puede contar, como otros, con la fuerza que nace de la fe en las ideologías políticas y sociales. Su energía y resistencia residen en su férrea voluntad de vivir para ver que al fin se haga justicia, reencontrar a los suyos en su tierra y ayudar a vivir a cuantos pueda mientras tanto. (Botella Pastor, La gran ilusión 224)

La unión de todos estos individuos crea un personaje colectivo que resulta convincente (“los exiliados” frente a los “fascistas”, “los colaboracionistas”, “los nazis”). En su conjunto, los exiliados españoles exhiben un comportamiento digno de alabanza y forman un grupo noble, bondadoso, compasivo y solidario, que no se fractura, a pesar de las debilidades individuales. En las contadas ocasiones en que se mencionan expatriados españoles que no responden a este modelo de comportamiento, esto se hace muy de pasada. Obviamente, dichos personajes no pueden considerarse como parte del grupo, ya que el resto de los exiliados les desprecia. Sirva de ejemplo la referencia a “el Asturias”, prisionero español en el campo de Mauthausen y encargado de un comando de trabajo: “ese tipo, deshonra nuestra, más kapo que los propios kapos nazis, un matón capaz de todo, sea lo que sea, con tal de salir de aquí con vida incluso a costa de las ajenas...” (Botella Pastor, La gran ilusión 7, puntos suspensivos en el original).

Otro tanto ocurre con los antagonistas: se huye de la simplificación y de los personajes planos, y hay un claro contraste entre la colectividad (suma de los vicios y características negativas de los fascistas) y los personajes individuales. El mismo Joaquín dice:

Ellos en el trato de la colectividad, de lejos, son crueles, inhumanos, bestiales. Tienen su mentalidad de raza escogida y superior y además, como seres de férrea disciplina, obedecen órdenes de exterminio. Pero en la relación personal, individualizada, de hombre a hombre, son capaces de una cierta compensación de los excesos cometidos con la colectividad. Tienen una especie de sensibilidad, debilidad o vulnerabilidad, no sé, y se puede influir sobre ellos. Están propicios a una cierta comprensión, a una tolerancia muy ambigua... (Botella Pastor, El camino de la victoria 225, puntos suspensivos en el original)

Extremadamente ilustrativa es la representación que Botella Pastor hace del personaje del capitán Bachmayer, comandante del campo de Mauthausen y una de las pocas figuras históricas con peso en la narración. El autor no escatima detalles a la hora de presentarle como el monstruo que fue: sádico, sanguinario, cruel y despiadado; pero también se le dota de cierto relieve humano. Se nos describen sus torturas predilectas con todo detalle; golpeaba a los intrusos con un vergajo y lanzaba a sus perros contra los prisioneros para que estos los despedazasen:

En seguida oyó gritar al capitán Bachmayer. Vio como (sic) le quitaba la cadena a su perro Dick, que se posó a su lado plegando las patas, vientre pegado al suelo y mirándole como esperando instrucciones. [...] A vergajazos e insultos de los tres S.S. [Bachmayer, el comandante Ziereis y el teniente Trum], más las acometidas de Dick, los aviadores, empujados hacia la Secretaría, quedaron formados frente a ella [...] El prisionero se desmayó de dolor mientras Ziereis, Bachmayer y Trum se mofaban y reían de la delicadeza de su piel. Entonces, para rematar el espectáculo, Bachmayer achuchó a Dick contra el caído, al que el perro hincó los dientes. Tras no pocos esfuerzos los compañeros del agredido lograron zafarle de Dick y pese a los vergajazos, patadas e insultos de los tres S.S. consiguieron llevarle hasta el centro de la formación. (Botella Pastor, La gran ilusión 221)[9]

Sin embargo, Botella Pastor también le otorga a Bachmayer sentimientos humanos. Joaquín es su recluso favorito, por quien siente una especial debilidad, lo que le permite interceder en beneficio de otros reclusos. En ocasiones Bachmayer ni siquiera le puede sostener la mirada a Joaquín. La conversación con el republicano español, despierta en él “algo suyo perdido o soterrado en el fondo de su ser”, una humanidad “perteneciente al hombre que había sido Georg Bachmayer, el humilde zapatero de antes de alistarse en los S.S.” (Botella Pastor, Todas las horas hieren 12). En otros momentos se nos muestran pequeños detalles de la vida familiar del capitán nazi. Así, después de que Joaquín le dice que está leyendo una novela de aventuras porque no puede dormir, Bachmayer responde: “Ya te entiendo... Yo, a mis niñas, las duermo contándoles cuentos...” (Botella Pastor, La gran ilusión 226, puntos suspensivos en el original). Es capaz incluso de emocionarse y mostrar compasión por las acciones y la nobleza de los prisioneros españoles. Cuando un numeroso grupo de mujeres (en su mayoría alemanas y españolas) llega a Mauthausen en mitad de la noche, los prisioneros españoles corren a socorrerlas, evitarles sufrimientos innecesarios (por ejemplo, son los peluqueros españoles los encargados de cortarles el pelo, cosa que hacen de una forma más delicada de la que era habitual, sin producirles llagas ni peladuras) y llevarles los pocos alimentos que pueden reunir[10]. Bachmayer se conmueve por este gesto, y en lugar de ordenar el “recibimiento” habitual cuando llegaban más prisioneros (torturas y ejecuciones), “tras dar unas vueltas por el local de las duchas se dirigió a los kapos y S.S. allí presentes y les dijo: «—Si alguno de vosotros tiene un corazón tan duro como para no reconocer lo que cada uno de nosotros haría por nuestras madres, esposas o hermanas en un caso semejante, puede hacer lo que yo no puedo ordenar que se haga...»” (Botella Pastor, La gran ilusión 408, puntos suspensivos en el original). Este contraste entre el asesino sin escrúpulos nazi y el personaje humano no escapa a los reclusos de Mauthausen, que se preguntan: “¿Cómo se podrá ser un vil asesino, como lo es Bachmayer, y a la vez un buen padre de familia?” (Botella Pastor, Todas las horas hieren 348).

Ocurre en este caso lo contrario que en el caso de los exiliados españoles: el personaje colectivo de los “fascistas” (muy diferente en la narración del pueblo alemán o italiano) es vengativo, odioso, cruel, sádico e inhumano, a pesar de que en algunos momentos presenciemos detalles humanos y compasión entre los individuos que lo forman. Gracias a estos pequeños destellos de humanidad en el caso de los “fascistas” y de debilidad en el caso de los exiliados republicanos, Botella Pastor logró evitar que su narración cayese en un maniqueísmo, donde todo fuera blanco o negro.

Afirma Lukács que otro procedimiento que emplea Scott para relatar los dos extremos de un conflicto es a través de las relaciones humanas que se representan y también de la manera en que se relatan.

His manner of portraying the historical crisis is never abstract, the split of the nation into warring parties always runs through the centre of the closest human relationships. Parents and children […] confront one another as opponents, or the inevitability of this confrontation carries the collision deep into their personal lives. (Lukács 41)

Este crítico afirma que Walter Scott hacía que sus protagonistas entrasen en contacto con los diferentes bandos en los conflictos históricos para, de esta manera, poder contar los hechos de una forma más compleja, sin forzar la verosimilitud o la naturalidad del relato[11]. Los recursos narrativos que se emplean para ellos son de lo más variado:

The inclusion of the dramatic element in the novel, the concentration of events, the greater significance of dialogue, i.e. the direct coming-to-grips of colliding opposites in conversation, these are intimately linked with the attempt to portray historical reality as it actually was, so that it could be both humanly authentic and yet be re-liveable by the reader. (Lukács 40)

A través de ese acercamiento a la representación del conflicto se produce una imagen de la crisis más viva y más concreta.

El éxito de la plasmación del drama de los exiliados desde las relaciones humanas que forman su base depende en gran parte del diálogo, y Botella Pastor se sirve de él para hacer que su representación de los distintos sucesos sea más directa, íntima y viva. Los personajes buscan consuelo, consejo, apoyo o simplemente a alguien que les escuche.

[A Joaquín] le acucia la necesidad de manifestarse, de compartir su sentir, de darle vida exterior. Tiene observado que en ocasiones, al hablar, el pensamiento se redondea, toma formas más precisas, destila ideas consistentes, como si en la palabra hubiera una luz y el lenguaje fuera por sí una revelación, una creación oral. (Botella Pastor, Tiempo de sombras 313)

El diálogo se convierte en un instrumento catártico que a muchos de los personajes les sirve de desahogo y como una forma de hacer frente a su situación. Al abrir su intimidad a los otros vemos cómo ganan en profundidad.

La diversidad de los personajes que pueblan esta serie de novelas nos permite presenciar una variedad de conversaciones que plasman la complejidad del conflicto en el que los exiliados republicanos se vieron involucrados. En ocasiones, Botella Pastor utiliza el diálogo para mostrar al lector que no todas las personas que están en el otro bando son malvadas y que muchas son también víctimas de las circunstancias. Sirva de ejemplo la siguiente conversación entre el teniente Jurgens (encargado del campo de Melk) y el prisionero Joaquín[12]:

— [Jurgens] Ingresé en los S.S. para salvar a mi familia de un peligro grave. [...]

— [Joaquín] Muchas gracias, mi teniente... Pero ¿por qué está en un lager de exterminio?

— [Jurgens] Supongamos que un S.S. se da a conocer por su tibieza y escaso confor-mismo y cae en la falta a la que a veces se le provoca. Pasa ante un consejo de disciplina donde se le da a escoger: ser castigado y ver inscrita la pena en su hoja de servicios con todas las amenazas que ello supone o servir en un campo de concentración. El S.S. elige siempre esto último. A poco de llegar al lager el jefe le indica, no le ordena, que torture a un deportado y luego lo mate. Todos los S.S. de un campo de exterminio se deben responsabilizar en las muertes de los deportados. El recién llegado se resiste. Entonces el jefe le dice: «O haces lo que se te indica o vuelves a tu destino anterior con una mala nota sobre el castigo que allí te impondrán y anotarán...». Y por encima de todo está la obediencia debida al mando. Obedecer, torturar y matar o ser castigado y hasta morir. ¿Comprendes ahora? Al principio no es fácil hacer sufrir a un hombre y matarlo después... Pero los S.S. acaban por acostumbrarse y a veces hasta torturan y matan con evidente placer... En realidad no hay dilema porque nadie elige a sabiendas la cárcel, los sufrimientos y la muerte... (Botella Pastor, La gran ilusión 20-21, puntos suspensivos en el original)

Una de las funciones principales de la serie de novelas es enfrentar a los republicanos españoles con el fascismo y el nazismo. Sin embargo, y como es evidente en los testimonios como éste de Jurgens que se incluyen en las novelas, nuestro autor huye del enfrentamiento entre los pueblos que no son los culpables de la tragedia de la guerra y culpa el choque entre ideologías extremas. Es más, el pueblo alemán y el italiano no sólo son inocentes, sino que también son víctimas de la contienda. De este modo, Botella Pastor crea una imagen mucho más compleja y profunda de la crisis que fue la Segunda Guerra Mundial.

No obstante, representar este enfrentamiento de exiliados contra el fascismo no es el único objetivo que persigue Botella Pastor en esta tetralogía. Debemos profundizar más para obtener una visión más completa de su labor y de la riqueza de estas obras. Hayden White en The Content of the Form: Narrative Discourse and Historical Representation, señala que uno de los rasgos que distingue las formas historiográficas antiguas (los anales y las crónicas) de las modernas es el carácter narrativo de éstas. Demuestra que, mientras todas las formas historiográficas muestran un proyecto que se revela mediante los datos que se incluyen y los que se omiten, el texto histórico moderno organiza la información elegida según una estructura narrativa, que conduce al lector hacia una determinada interpretación de la información que se ha incluido en la narración. White subraya que, para que un texto nos lleve a cierta interpretación, la conclusión de la narración es fundamental. En lugar de terminar simplemente la narración, al concluirla el historiador da sentido a un conjunto de datos históricos y, al crear ese sentido, inevitablemente moraliza el conjunto de datos presentado.

Aplicados a las novelas de Botella Pastor, estos elementos de la teoría de White revelan uno de los elementos más interesantes de las obras. La narración consiste en una presentación fiel de los datos históricos que, a través de los personajes, sus comentarios y sus esperanzas, muestra cómo el desenlace de la guerra (es decir, la derrota del fascismo) es lo único que tiene sentido. Sin embargo, la derrota total del fascismo nunca llegó a cumplirse. Toda la serie muestra cómo “el camino de la victoria” tenía que haberse continuado hasta España, aunque en realidad quedó truncado. Según los personajes y la estructura narrativa de las novelas, la única conclusión lógica habría sido que los aliados, al acabar con Hitler, hubiesen presionado (o incluso atacado) a Franco para liberar a España de su dictadura. De hecho, en la última novela de la serie, los personajes hablan de la caída del régimen franquista y el regreso a España en por lo menos cuarenta ocasiones, convirtiéndose en un auténtico leit-motivo.[13]. A lo largo de la serie éste se presenta como el único desenlace posible y, de ese modo, se deslegitima totalmente el desenlace real de ese proceso histórico.

En la conclusión de la serie, Botella Pastor enfrenta al lector con unos combatientes que, después de siete años de lucha, rebosan optimismo frente al futuro que, con mucha razón, creen que les espera:

Ahora —prosiguió Pepe interrumpiéndole con calor— les toca a los franceses cumplir lo prometido... Entrar con nosotros en Madrid subidos en los mismos tanques con que liberamos París.

Si hay lógica en el mundo, la carta de Roosevelt supone que la derrota de Alemania entraña, o bien la entrada de los aliados en España para acabar con un sistema vencido y repudiado, o el ejercicio de una presión para que ese último reducto fascista desaparezca de la faz de la tierra de una vez por todas (Botella Pastor, La gran ilusión 456, puntos suspensivos en el original)[14].

—La gran ilusión... La mayor de nuestra vida...

Entrados ya en un mayo a más andar, e ignorantes de la actitud evasiva de sus amigos franceses, los días primaverales deliciosos les llenaron del más entusiasta optimismo. (Botella Pastor, La gran ilusión 527, puntos suspensivos en el original)

La ironía dramática convierte la esperanza y el ánimo de los personajes en un elemento inquietante que hace que el lector tenga que considerar la injusticia y la falta de sentido de la historia tal y como ocurrió. El lector no puede evitar un sabor agridulce e incluso una cierta desilusión, al saber que las esperanzas de los exiliados republicanos, los verdaderos héroes de estas novelas, fueron traicionadas. Frente al total abandono y la traición que los combatientes republicanos sufrieron, la victoria sobre el fascismo es tan sólo una victoria parcial. El lector no puede menos que preguntarse con cierta indignación cómo pudieron las democracias olvidar los servicios que los exiliados españoles les habían prestado, en tantos casos entregando su propia vida, y no puede menos que concluir lo mismo que Rafael cuando afirma que “en lo que toca a la gratitud, la historia demuestra que la memoria de los pueblos es corta” (Botella Pastor, La gran ilusión 257).

 

Obras citadas

 

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Basanta, Ángel. “La novela de V. Botella Pastor”. Nueva Estafeta 6 (1982): 83-88.

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Luckás, George. The Classical Form of the Historical Novel. Trans. Hannah Mitchell, Stanley Mitchell. Lincoln: U of Nebraska Press, 1983.

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Notas

 

[1]El segundo exilio fue el resultado de la esperanza que crearon en los exiliados españoles “los acuerdos y condenas pronunciadas contra el régimen franquista en Yalta y Potsdam por las cuatro potencias vencedoras de Hitler y Mussolini primero, la Conferencia Internacional de San Francisco luego, y la primera Asamblea General de las Naciones Unidas después” (Botella Pastor, “Los tres exilios” 606). El tercer y último exilio fue fruto de la guerra fría. El miedo al avance del comunismo llevó a las democracias occidentales a aceptar la dictadura franquista. La única esperanza de regreso a España que quedó entonces a los desterrados republicanos fue la muerte del dictador. Véase Botella Pastor, “Los tres exilios”.

[2] La idea del retorno a España es constante en todas las novelas de esta serie, al igual que en la de tantos otros autores exiliados republicanos. Para un análisis en detalle de cómo este deseo de regreso marcó la literatura del exilio, véase Maryse Bertrand de Muñoz, “El ansiado retorno”. Aunque Bertrand de Muñoz cita Tiempo de sombras en su artículo, las obras que conforman esta serie no pueden considerarse “novelas del retorno”. Aunque en La gran ilusión se nos habla de algunos guerrilleros que cruzaron los Pirineos y, o bien murieron en combate o fueron apresados, no vemos regresar a la patria a ninguno de los protagonistas de Botella Pastor, ni se nos cuenta su conflictiva experiencia de adaptación a la España de postguerra. Además, en estas obras de Botella Pastor, el tema no se trata con tintes negativos, como en la gran mayoría de novelas del regreso, sino que es la ilusión, el anhelo que mueve a sus personajes: vencer al fascismo para poder regresar a "casa".

[3] En la contraportada de las obras de Botella Pastor se recogen todas sus obras bajo el epígrafe “Novelas del autor (Nuevos episodios nacionales. Novelas de la guerra y del exilio)”. Las obras se subdividen en cuatro apartados: La Guerra, La Huida, El destierro (México) y El Destierro y la II Guerra Mundial (Francia-Mauthausen). En su estudio, “Las novelas de Botella Pastor: del éxodo y del llanto”, Gil Casado defiende la pertenencia de todas las obras a una misma serie. Nuestro artículo se centra en el grupo de novelas que por temática el propio autor englobó bajo el epígrafe El Destierro y la II Guerra Mundial. Cuando hablamos de la serie o la tetralogía, no estamos indicando que el estudio global de la obra de Botella Pastor no sea pertinente: simplemente, la inclusión de todas estas obras en nuestro estudio quedaba fuera del alcance de este artículo.

[4] Gil Casado, “La novela histórica”.

[5] Cabe destacar que la lucha que se nos representa en las novelas no es tanto entre “los aliados” frente al eje italo-alemán como la de los exiliados españoles contra el fascismo. De hecho, en múltiples ocasiones vemos cómo los republicanos españoles no acaban por fiarse de las “democracias” aliadas, considerando que les abandonaron con su política de no intervención y afirman que sólo el apoyo de la URSS es seguro, aunque pueda resultar “una espada de dos filos” (Botella Pastor, La gran ilusión 257).

[6] Una excepción a esto es Joaquín, uno de los personajes centrales en el campo de Mauthausen, muchas de cuyas experiencias reflejan las vivencias del prisionero real Juan de Diego Herranz. Existen numerosos paralelos entre las peripecias relatadas por Botella Pastor y los testimonios de este exiliado recogidos por Pons Prades y Wingeate Pike.

[7] Los agradecimientos que preceden el cuerpo de la novela Tiempo de sombras rezan: “El autor da las gracias a cuantos con sus relatos y narraciones contribuyeron a la elaboración de esta obra, y en especial a Dolores Fernández Tascón, a Juan de Diego Herranz y a Dámaso Perera García” (Tiempo de sombras 7). Sirva de ejemplo que un gran porcentaje de los sucesos que Botella Pastor recoge sobre los españoles en Mauthasen tiene, cuando menos, fuertes paralelos (en la mayoría de los casos se trata de los mismos sucesos) con los relatos de los supervivientes españoles que recopiló Pons Prades en El Holocausto de los republicanos españoles.

[8] Bertrand de Muñoz, al estudiar el personaje colectivo del “republicano” en las novelas del exilio —donde incluye referencias a la obra de Botella Pastor—, afirma que éstos “se distinguen por su dignidad, su entereza, su valor en el combate y ante la adversidad; pocos fallan a su ideal, si bien varios tienen momentos de duda, de desaliento, de desánimo. Son lo que se ha dado en llamar personajes ‘redondos’, llenos de humanidad, suficientemente matizados; se hacen entrañables en su profundo amor a sus semejantes y, sin embargo, no están idealizados hasta el punto de ser inverosímiles” (Bertrand de Muñoz, “La figura del personaje” 91).

[9] Esta cita pertenece a un pasaje en el que se nos narra la ejecución a sangre fría de un grupo de casi 50 aviadores aliados en menos de dos días. Es indudable que se basa en el testimonio de Juan de Diego, superviviente de Mauthausen, cuyo nombre aparece en los agradecimientos de Tiempo de sombras. Pons Prades recoge dicho testimonio, que citamos a continuación para que se puedan apreciar los paralelismos: “Oímos vociferar al capitán Bachmayer. Uno de sus asistentes soltó a Lord, el perro favorito del segundo jefe del campo. El animal corrió hasta los pies de su dueño. Poco a poco fue doblando las patas, hasta que el vientre tocó el suelo. [...] Esperaba tan sólo la orden para arrojarse sobre ellas [sus presas]. [...] Tres personajes conocidos por su crueldad y sadismo se iban a encargar de la recepción de los recién llegados: comandante Ziereis, el capitán Bachmayer y el teniente Trumm. Vergajo en mano condujeron al grupo de los 47 oficiales de los ejércitos aliados frente a la oficina del campo para tomarles la filiación. Bachmayer azuzó de nuevo al perro contra los prisioneros, sobre los cuales, además de los salvajes mordiscos del animal, caían golpes y más golpes, mezclándose los ladridos del perro con los gritos de dolor [...] Al caer desmayado el prisionero, Bachmayer lanzó el perro sobre él. Gracias a la rápida intervención de sus compañeros, que lo rodearon y protegieron, no murió despedazado” (Pons Prades 190-91). Este episodio se recoge también en Wingeate Pike, 161-64.

[10] Este episodio que recoge Botella Pastor en su narración recuerda mucho lo que sucedió en marzo de 1943, cuando llegó a Mauthausen una expedición de mujeres procedente del campo de Ravensbrück, entre las que se contaban varias españolas (véase Pons Prades 255-58). Los españoles acudieron en su socorro con todos los recursos disponibles, llegando incluso a proveerles de pequeños fragmentos de jabón de tocador. Al parecer, “algunos SS se dieron cuenta de la solidaridad de los hombres del campo para con aquellas mujeres desconocidas, y también de que era completamente desinteresada. Y, váyase a saber en virtud de qué resortes inescrutables, se callaron” (Pons Prades 256). Sin embargo, no parece que el capitán Bachmayer fuera uno de ellos, y “su comportamiento, para contrarrestar la actividad de los clandestinos, fue más inhumano que de costumbre” (Pons Prades 256).

[11] “Scott always chooses his principal figures such as may, through character and fortune, enter into human contact with both camps. The appropriate fortunes of such a mediocre hero, who sides passionately with neither of the warring camps in the great crisis of his time, can provide a link of this kind without forcing the composition” (Lukács 36).

[12] La visita de Joaquín al campo de Melk tiene fuertes paralelos con la que el 9 de julio Juan de Diego hizo a ese campo y que se recoge en Wingeate Pike 155-56. Tanto Botella Pastor como este historiador nos narran cómo el prisionero fue conducido al campo por el propio Bachmayer en el sidecar de su moto para que pusiera orden en los registros de prisioneros. Es posible que el personaje de Jurgens se base en el soldado de la Luftwaffe que hablaba español y confesó a Juan de Diego “Qué pendejo que he sido!” (pues vivía en México en 1939 y regresó a Alemania al inicio de la guerra).

[13] Es ésta una característica que las novelas de esta serie comparten con las obras del retorno de otros autores exiliados: “las prolepsis hacia el feliz pero angustioso momento de la vuelta se repiten como un leit-motiv” (Maryse Bertrand de Muñoz, “El ansiado retorno” 198).

[14] Es cierto que en la mayoría de las ocasiones que se habla de “la vuelta triunfal a Madrid”, algún personaje expresa reticencias frente al fervor del grupo. Los demás personajes califican a los escépticos como “negativos”, “pesimistas”, “amargados”. Se llega a afirmar que les escuchan por una especie de compasión: “Le dejaron hablar ‘para que saque lo que lleva dentro y no le atosigue’ le dijo a Ignacio su vecino, ‘pero nadie le hace caso. Ni siquiera le contradecimos y hasta personas de su misma edad suelen llamarle abuelete cascarrabias y se ríen de él’” (Botella Pastor, La gran ilusión 457).