entre familiaridad y exotismo: la vuelta al mundo en la numancia, un episodio (trans)nacional de benito pérez galdós

 

Pedro García-Caro

University of Oregon

 

“[…] no puede menos de sorprender el hecho de que tratándose de un pueblo tan inquieto y andariego como el español, en su literatura de la segunda mitad del siglo xix haya tan pocas notas de exotismo…” (102). Antonio Heras prologa así su lectura de la representación de América en la obra de Benito Pérez Galdós, en la que ocupa un lugar destacado la imagen de la naturaleza americana en La vuelta al mundo en la Numancia (1906), episodio nacional número treinta y ocho de la serie del autor canario. Heras lamentaba los vacíos que padecía la literatura española de la segunda mitad del xix en relación con la experiencia americana y contraponía dichos vacíos con el supuesto americanismo de escritores como Benito Pérez Galdós o Vicente Blasco Ibáñez: “Pérez Galdós [es] el primero de nuestros novelistas contemporáneos que abre sin vacilación la puerta del Nuevo Mundo […] y cabe a Blasco Ibáñez el honor de haber entrado por ella con ímpetu de conquistador” (111). Es obvio que el americanismo que subraya y demanda Heras no escapa de la matriz colonial y colonialista a través de la necesidad de lo americano como escenario exótico para consumo europeo, presente según él en el episodio nacional de Galdós, y que culmina con la imagen guerrera de Blasco Ibáñez con yelmo castellano.

Para Heras, Galdós resuelve y rellena los extraños silencios literarios españoles con respecto a América en tanto que se concentra en una naturaleza exuberante y promisoria, distante y diferente. Esa América “primitiva, cuasi salvaje y poco recomendable como residencia para el Hombre Civilizado” es sin embargo el objeto de las críticas a Galdós que formula otro comentarista, Gabriel Cabrejas (110). Sin embargo, en este ensayo propongo leer este episodio (trans)nacional descentrando ese patrón interpretativo y abandonando la exigencia peninsular y eurocéntrica de lo americano como exótico. La relación narrativa que Galdós establece con algunos aspectos de la cultura y el medio ambiente americanos es mucho más compleja que una simple admiración por el exotismo que en palabras de Heras “habla al espíritu de juventud, de aventura, de ambición” (110). Ese exotismo estaría destinado a un público claramente peninsular para alimentar su nostalgia postcolonial y sus deseos de exploración neocoloniales. El exotismo constituye el ideologema principal en la maquinaria epistémica que perpetúa la radical otredad (léase inhumanidad) del no europeo y la base cultural/pseudocientífica de lo que Aníbal Quijano ha denominado la colonialidad del poder. Sin embargo, es imposible resumir y reducir el texto de Galdós a una simple operación de propaganda colonial para un público metropolitano como Heras celebra y Cabrejas critica.

Entre los aspectos que quedan ocultos, silenciados o solapados en los escasos comentarios que del episodio de Galdós ha planteado el hispanismo clásico (Heras, Barrón) e incluso la crítica más reciente (Cabrejas) destaca la omisión de la constante lucha dialéctica en Galdós entre diversas formas de entender los procesos de intercambios comerciales y culturales globales para generar una crítica del militarismo hispano.[1] Silenciado queda en la crítica el debate que surge en La vuelta al mundo en la Numacia entre un hispanismo peninsular militarista y neocolonial fracasado, ya sea liberal o conservador, y un tímido republicanismo ibérico masón, pacifista e internacionalista, representado en parte por la evolución del inocente protagonista Diego Ansúrez. En este ensayo analizaré la participación de la novela de Galdós en el debate sobre la continuidad cultural entre la metrópolis y sus ex colonias, las formas de encarar diferencias y tradiciones locales, en definitiva, lo que podríamos llamar la naturaleza transnacional y estereográfica de este episodio y el forcejeo dialéctico que esboza Galdós entre la familiaridad y el exotismo de Latinoamérica vis à vis la España post/neocolonial.

Para entender esta compleja operación dialéctica y narrativa es necesario detectar un doble eje geo-político e histórico en La vuelta al mundo en la Numancia. En primer lugar, el eje geopolítico del texto le permite a Galdós introducir el diálogo que podríamos llamar transnacional entre lo nacional español y sus relaciones con el “otro” postcolonial, que como veremos más adelante aparece a menudo sous-rature, sólo de manera fantasmática y postergada, en las discusiones sobre la invención de la nación española. En segundo lugar, la duplicidad de referencia histórica del texto lo convierte en un buen ejemplo de texto estereográfico (literalmente escrito en estéreo), es decir, un texto que interviene en dos momentos históricos al mismo tiempo y que establece por lo tanto un diálogo crítico entre ambos.[2] Estos dos ejes se intercalan y confluyen en el cuestionamiento de las relaciones y aventuras coloniales y militaristas del conglomerado liberal-conservador de la monarquía borbónica.[3] En particular, la novela recrea la aventura militar de la llamada Guerra del Pacífico entre 1864 y 1866 y la invasión por parte de España de las islas Chinchas, cuyos depósitos de guano constituían la principal fuente de ingresos comerciales de Perú. Escrita a comienzos de 1906 la novela nos permite leer un implícito paralelismo entre esa aventura y el más reciente desastre colonial militar de Cuba y Filipinas de 1898 y sus efectos sobre la moral nacionalista española. La novela o episodio se podría leer así como la intervención noventaiochista más explícita de Pérez Galdós, que al tiempo que critica el discurso imperialista del nacionalismo español, parodia su aislamiento internacional a causa de su perverso y atávico autoritarismo.

La naturaleza dialógica de la novela le permite a Galdós dar voz a personajes críticos con el autoritarismo paternalista español y su renovado papel de madrastra de Latinoamérica, sin por ello perder de vista la crítica a las otras formas de colonialismo que podrían calificarse como bienintencionadas: “¿[…] qué te diré de la ocupación de las islas Chinchas, que fue como quitarle al Perú el corazón y el estómago? Los españoles no querían ser la buena madre, sino la madrastra de América […]” (161), sugiere Mendaro, un comerciante español establecido en Perú, que representa al liberalismo comercial paternalista de “la buena madre” patria.[4] A un tiempo nostálgico tanto de la época colonial como de “gigantes” españoles (tal que el conquistador Pizarro), Mendaro verbaliza la invectiva contra el desfasado militarismo neocolonial de la administración isabelina, la “madrastra”. Esta clara contradicción entre nostalgia imperial y crítica contemporánea le permite a Galdós generar una demolición del liberalismo nacionalista español decimonónico, que habita este mismo contrasentido: el espacio entre el paternalismo liberal que sigue sin cuestionar su connivencia colonial pasada y presente, y el reñidor militarismo numantino conservador. Con todo, a través de la resolución de la trama narrativa, Galdós realiza un replanteamiento de las relaciones postcoloniales entre la metrópolis y el mundo latinoamericano, proponiendo el reconocimiento de una radical igualdad internacional frente a esas otras dos narraciones colonialistas.

En lo que sigue, abordaré el análisis del contexto intelectual en el que surge este episodio y llevaré a cabo un comentario crítico del texto en tres partes: en primer lugar, propondré una incursión en el debate sobre la relación entre la invención de la tradición española decimonónica y su armadura imperialista para comprender mejor el contexto histórico en el que se produce el cuestionamiento galdosiano del neoimperialismo nacionalista hispano. Una segunda parte discutirá el texto como novela histórica y estereográfica, a manera de reacción crítica de Pérez Galdós a la derrota militar española de 1898. En tercer lugar evaluaré el concepto de anagnórisis o “reconocimiento familiar” como la fórmula de hispanidad republicana e igualitaria que Galdós plantea como alternativa al paternalismo neocolonial borbónico.

 

Metrópolis postcolonial, nacionalismo neocolonial.

Salvo las contribuciones de Carlos Rama y de algunos otros estudios, poco se habla de qué dijeron los intelectuales y literatos españoles peninsulares ante la gran hecatombe colectiva que supuso el colapso del sistema atlántico y la pérdida definitiva de las posesiones continentales hispanoamericanas a comienzos de la segunda década del siglo xix. Es particularmente llamativa la ausencia de un corpus definido que habría de recoger todo este material, quizá desde aquella primera y frustrada constitución fundacional de la hispanidad, la Constitución de Cádiz de 1812, entendida como texto de ficción-legal dada su nula aplicación, que otorga carta de españolidad y ciudadanía a españoles peninsulares y españoles americanos. Anulada con la Restauración del monarca absoluto, la Constitución fue seguida de las diatribas poéticas anticriollas de Fernández de Velasco en la corte de Fernando vii. Este corpus aún por hacer habría de incorporar también textos tales como el himno nacional “Mexicanos al grito de guerra” (1853) cuyo autor, Francisco González Bocanegra era uno de aquellos españoles intersticiales, hijo de peninsular y de mexicana, que paradójicamente tuvo que abandonar México y trasladarse a la península de manera temporal tras la expulsión oficial de los españoles en 1827. Al poner en diálogo las obras de los numerosos personajes transatlánticos del siglo xix como Fray Servando, Gertrudis Gómez de Avellaneda o el mismo Zorrilla, se recobraría el sentido de la historia cultural del espacio postcolonial hispano, sin priorizar las narrativas nacionales del fenómeno literario. Así, incluso la épica historia de Francisco Espoz y Mina, que luchó en Navarra contra los franceses durante la Guerra de Independencia peninsular y luego contra los peninsulares en la Guerra de Independencia de México, y cuya vida fue novelada por Martín Luis Guzmán en Mina el mozo (1931), cobraría una renovada importancia histórica y cultural para entender la tradición postcolonial hispana. Éste debería además considerar la otra historia: la de las múltiples colecciones epistolares comerciales y familiares entre españoles peninsulares y americanos a partir de la larga y violenta serie de secesiones y represiones, reconocimientos y negaciones mutuas.

Sin embargo, y por poner un conocido contraejemplo a este necesario canon transatlántico, una de las manifestaciones poéticas más significativas del romanticismo español, la “Canción del Pirata” de José de Espronceda (1840), demuestra y perpetúa la habitual ausencia de América en la conformación del canon nacional(ista) peninsular. Pese a su fecha de publicación tan cercana a la primera gran crisis colonial (España venía de reconocer oficialmente la independencia de México y enviar su primera embajada en 1839),[5] esta pieza evoca otro mundo mucho más próximo en el espacio con un espíritu provinciano y orientalista: “Asia a un lado, al otro Europa / Y allá a su frente, Istambul” (284). Esta confrontación clásica del oriente y el occidente ante la que el poeta pirata se debate en su himno libertario y lo que Said identificó como Orientalismo, nos permite además sospechar que el trauma cultural e histórico peninsular se había transformado, como es habitual en los casos de importantes pérdidas, en absoluta negación hacia mitades del xix.

A través de los estudios de varios casos clínicos específicos, Julia Kristeva concluye que la negación o cierre prematuro de la pérdida caracteriza una dimensión importante de los desórdenes de las personalidades narcisistas.[6] Esta alteración psicológica individual, el narcisismo negador de la pérdida, podría ser aplicada al conjunto de la cultura peninsular de la primera mitad del siglo xix: al mirar hacia Estambul, Espronceda no asume de manera mecánica las fórmulas orientalistas del romanticismo francés y británico, como habitualmente se asume, sino que, como el resto de la sociedad peninsular, practica inconscientemente un narcisismo negador de la pérdida colonial. En su grito libertario, este pirata tan mediterráneo calla y por lo tanto silenciosamente revela una mirada que, en su orientalismo, ignora los trescientos cincuenta años de intercambios atlánticos, de constantes migraciones y asentamientos, comercio, exploración y devastación de las culturas locales al servicio de los intereses y el desarrollo metropolitano. Los piratas y corsarios mucho más reales del Caribe, que tantos quebraderos de cabeza habían causado a la hegemonía naval del imperio español, quedan cautelosamente silenciados, pero con ellos también las banderas piratas alzadas por los independentistas mexicanos en 1810 o los corsarios al servicio de la corona española, como aquel famoso mulato Miguel Henríquez que abrumó a los ingleses en las costas de Puerto Rico y de las Islas Vírgenes, a comienzos del siglo xviii. Sin embargo, y de manera casi patética, el pirata de Espronceda mira hacia la India por aquel camino que Colón y sus navegantes castellano-andaluces decidieron evitar hacia 1492.

Este trauma no se verbaliza y se convierte en la ruptura de la negación narcisista hasta el desastre militar contra Estados Unidos de 1898, momento final en el que parecen concentrarse todas las reflexiones (a menudo dotadas de esa verborrea que Kristeva asocia con la histeria) sobre el ocaso imperial y la grave crisis nacional española. La supresión de la dimensión colonial en la constitución discursiva del estado-nación español a lo largo del siglo xix, supone también el silenciamiento de las implícitas prácticas subalternizadoras mantenidas en el tiempo: esclavitud, sociedad de castas, sacarocracia, proteccionismo, ausencia de derechos civiles y sociales, por mencionar tan sólo algunas.

En Mater Dolorosa, José Álvarez Junco analiza detalladamente el proceso de narración identitaria que ocupó a historiadores, pintores, escritores y otros intelectuales y creadores que tenían que “inventar la tradición” española y generar un discurso sobre el pasado y las esencias hispanas en el contexto de creciente descrédito y decadencia política y económica de la España del siglo xix. Curiosamente el lugar de Latinoamérica en la conformación del imaginario colectivo nacional español durante el siglo xix ocupa apenas tres páginas en el monumental estudio de Álvarez Junco, como ya han notado otros. Sin embargo, el origen y formación del discurso nacional español y de las instituciones nacionalistas que lo promovieron tras la invasión napoleónica deberían ser explícitamente conectados tanto a la conformación de un estado metropolitano, atrincherado en sus últimas posesiones (Cuba, Puerto Rico, Filipinas, Marruecos), como a sus relaciones postcoloniales con las nuevas naciones surgidas tras las guerras independentistas continentales, como sugiere Schmidt-Nowara en su respuesta a Junco: “… a retrenched colonialism, in its interface with nationalism, attracted and appeased powerful economic, political and intellectual forces throughout the peninsula. Indeed colonialism was a major vector for imagining the nation and its history” (192). Schmidt-Nowara demuestra de manera convincente que para entender cabalmente la “reacción al desastre” de 1898 debemos estudiar su origen en las respuestas a la primera descolonización generadas en la década de los 1820 y prolongadas a lo largo del siglo xix, y por lo tanto, en la alianza entre un renovado orden colonial, si bien “atrincherado” más que expansivo, y la construcción de un discurso nacionalista que obvia su connivencia neocolonial.

Uno de los aspectos más señalados por Michael Costeloe, Ángel Loureiro y otros en relación con la ausencia de las referencias al colonialismo en los estudios recientes sobre el nacimiento del nacionalismo español en el siglo xix es la extraña, aunque elocuente, preeminencia del último estertor colonial (1898) y su contraste con los aparentes silencios del ajetreado siglo xix. Una línea principal de argumentación se centra en el papel desproporcionado de producción intelectual en torno al llamado “desastre cubano” y las profundas consecuencias que la debacle imperial de 1898 tuvo sobre la confianza nacional española. Sus efectos, repetidamente enfatizados por el amplio debate intelectual y político que generaron, parecen mantenerse a lo largo de todo el siglo xx. ¿Por qué la batalla de Ayacucho de 1824 no tuvo las mismas repercusiones en el mundo del arte y de la cultura, del ensayo o de la novela en la península? De hecho, ¿qué repercusiones o manifestaciones generó en España la disolución de su imperio continental americano durante el primer cuarto del sigloxix? ¿Qué relaciones culturales de intercambio y de representación se generaron entre la península y sus antiguas colonias en las décadas inmediatamente posteriores a la consecución de las primeras independencias?

Uno de los pocos historiadores que ha trabajado las reacciones españolas a la primera pérdida colonial es Michael Costeloe, quien revela, por un lado, la duda constante de las élites políticas e intelectuales españolas sobre qué hacer con los hechos consumados de las múltiples independencias, y, por otro lado, los debates acerca del reconocimiento (o no) el nuevo status quo. La vacilación constante entre dura represión militar, negación de la realidad y tímido reconocimiento, conforma y define el grueso de las relaciones postcoloniales decimonónicas españolas; una oscilación que dejará profundas marcas en las relaciones culturales transatlánticas y a la que Galdós claramente alude en este episodio (trans)nacional.

En Mater Dolorosa, sin embargo, hay una útil incursión en la naturaleza política y variable del discurso nacionalista español a lo largo del periodo que va desde 1812 hasta 1939. La narración que Álvarez Junco elabora está presidida por la lenta transferencia de los ideales nacionales desde el bando liberal-progresista y constitucional, que imagina y que literalmente “constituye” la nación en sus luchas contra el antiguo régimen, hacia el bando conservador y católico, que para finales de la Guerra Civil de 1936-1939, había conseguido apoderarse y monopolizar el discurso nacionalista y al mismo tiempo vaciarlo del contenido constitucional y legal con el que había sido concebido inicialmente. Por eso mismo, no es casualidad que este vaciamiento de legalidad y la correspondiente esencialización de la excepcionalidad nacional – consistente en la apología del autoritarismo de origen católico – coincidan  con el relanzamiento de la política imperialista a través de los ideales del falangismo y de los diversos institutos, creados por el estado franquista para la promoción de la Hispanidad nacional-católica. Así pues, el concepto de hispanidad, objeto central de estudio del hispanismo, queda secuestrado desde su nacimiento en las primeras décadas del siglo xx por los sectores intelectuales y políticos más reaccionarios, nostálgicos y antidemocráticos.[7]

 

De 1866 a 1898: novela histórica estereofónica

El caso de la novela La vuelta al mundo en la Numancia, publicada en 1906, por Benito Pérez Galdós, es el de un “episodio nacional” único, ya que analiza con detalle los prejuicios y actitudes que habían caracterizado a los peninsulares en sus relaciones postcoloniales durante el siglo xix. Se trata del número treinta y ocho en la serie incompleta de cuarenta y seis Episodios Nacionales que cubren de manera concisa y cronológica la historia de la España decimonónica, desde sus orígenes en la crisis del ancien régime absolutista borbónico tras la revolución francesa, hasta las primeras administraciones de la restauración Canovista. A través de esta serie episódica de relatos históricos, Pérez Galdós examina la sociedad española del siglo xix mezclando habitualmente la trama de la historia oficial con la de los personajes ficcionales que se erigen como testigos de esa misma historia. La secuencia variada, pero continua, de novelas históricas escritas a lo largo de cerca de cuarenta años, entre 1872 y 1912, muestra también la compleja evolución de la obra de Galdós y, al mismo tiempo, su permanente obsesión y compromiso con la investigación histórica de esa crisis nacional que ocupa a los peninsulares durante más de dos siglos. Esta crisis nacional es vista de manera palpable en los episodios como historias estrictamente peninsulares, una manifestación más de ese síntoma característico del narcisismo nacional traumado, del que hablé anteriormente y que olvida, salvo un par de notables excepciones,[8] la continuidad de la dimensión asiática y atlántica española en Cuba, Puerto Rico y Filipinas. La ausencia de América es quizá aún más llamativa y elocuente en este caso, si tenemos en cuenta que Pérez Galdós fue designado diputado a cortes por el Partido Liberal en 1886 como representante en Madrid de Guayama (Puerto Rico), aunque nunca visitó personalmente su diputación, que no parece haber dejado huella alguna en su producción literaria.

Así, incluso este episodio que he calificado como transnacional, no se aparta del resto de la serie sustancialmente ni en su producción material (escrita y publicada en Madrid, revestida por los colores de la enseña nacional, rojo y gualda de la cubierta), ni tampoco en su temática narrativa, ya que mantiene la obsesión por la reflexión en torno al asunto nacional. Pensar sobre los españoles americanos, sobre las conflictivas relaciones familiares de la hispanidad poscolonial, es en realidad para Galdós mirar el país en el espejo de su otredad postcolonial: pensar en España y en su permanente crisis nacional, resultado de la liquidación (involuntaria) de su paternalista y eurocéntrica “misión civilizadora”. Pese a ello, la novela constituye una excepción notable a la ausencia generalizada del tema americano en los otros episodios nacionales, y por ello es quizá no sólo en términos cronológicos, sino también intelectuales, una de las primeras novelas del siglo xx español: la dimensión geográfica del viaje épico en La vuelta al mundo en la Numancia añade a la serie episódica una curiosa incursión en los debates postcoloniales y regeneracionistas que caracterizaron al 98.

El relato evoca el periodo de 1850 a 1866, en particular, las aventuras militares y neoimperiales de la armada de Isabel II en el Pacífico hispano. La fragata Numancia del título es el primer navío acorazado español, de hecho, se trata del primer barco a vapor blindado, que consigue dar la vuelta completa al mundo, símbolo de modernización belicista y de la renovada presencia marítima que España intenta articular sin éxito a partir de la segunda mitad del xix. Galdós participa así en el debate intelectual sobre el papel internacional de España, en particular en las Américas, que sólo se despliega con verdadera complejidad crítica tras la destrucción completa del imperio de ultramar. Al igual que ocurre con las relaciones entre España y sus antiguas colonias en el agitado siglo xix, los postulados galdosianos con respecto a la ansiedad poscolonial española no han sido del todo bien reconocidos por la crítica literaria, mucho más atenta a los debates sobre modernidad, laicismo, reacción [carlista], y la anhelada europeización de España. Estos énfasis relegan lo americano a color local o exotismo.

De hecho, La vuelta al mundo en la Numancia no se aleja del todo de ese modelo, ya que lo utiliza en su juego dialéctico: la primera escena de la novela escenifica la paródica escapada de una monja, Angustias, del represor espacio del convento y su caída literal en los brazos del protagonista, Diego Ansúrez. En un guiño anticlerical típico de la narrativa galdosiana, Ansúrez no sólo bromea sorprendido mientras comienza inmediatamente un romance con la monja escapada, sino que además la rebautiza con el nombre de Esperanza. De Angustias a Esperanza, la discusión sobre la política nacional, conservadores católicos frente a liberales laicos, queda condensada en el cuerpo preñado de la monja fugada. La hija de este matrimonio, Mara, que al igual que su madre huye de otro convento, en este caso el espacio nacional español, para marcharse a América, servirá a Galdós para poner en práctica los debates sobre familiaridad y exotismo en torno a las relaciones transatlánticas hispanas del periodo postcolonial.

La hija de la monja renegada y el marino se escapa con quince años de la tutela paterna para unirse a Belisario Chacón, un poeta bohemio peruano que la ha conocido en sus viajes por el sur de España. El paralelismo entre la historia ficcional y la historia oficial es claro. Por un lado, la metrópolis a la que se denomina madre patria o madre España, trata constantemente de reprimir a sus “hijas rebeldes”, las ex colonias, negándoles su mayoría de edad y sus deseos de autonomía o de independencia. Por otro lado, la historia de un padre que busca a su hija huida con un criollo hispanoamericano, provoca claramente una dramatización alegórica de los eventos históricos para debatir las relaciones postcoloniales en lenguaje familiar, pero también erótico: si bien el padre metropolitano quiere cortar la escandalosa relación de su hija y el poeta peruano, esta pareja de española y americano simboliza un nuevo espacio transnacional hispano-americano, basado no tanto en relaciones de poder o jerarquía como en una mutua atracción erótico-intelectual.

Al publicar La vuelta al mundo en la Numancia en los primeros meses de 1906, Galdós continúa con la crónica de sus Episodios y sitúa la acción en la llamada “Guerra del Pacífico”, un conflicto que se desarrolla con mayor o menor intensidad de 1862 a 1871 entre España y sus ex colonias Chile, Perú, y, de manera hasta cierto punto nominal, Bolivia. Cuarenta años después de la debacle militar de Ayacucho, que marcó la independencia efectiva del Virreinato del Perú, España seguía sin reconocer por la vía diplomática algunas de las nuevas repúblicas que habían surgido de aquella conflagración (reconocía a Chile, pero no a Perú y a Bolivia). En un claro ejemplo de negación postcolonial, España insistía con el envío de comisionados para el cobro de la deuda, generada por aquellos enfrentamientos militares que culminan con la toma de posesión de las islas Chinchas y sus depósitos de guano. De manera simbólica, el segundo almirante de la escuadra española destacada en el Pacífico, Juan Manuel Pareja Trasero, había nacido en Perú en los últimos años del periodo colonial y su padre, oficial del ejército, había muerto al servicio de la corona, reprimiendo los movimientos de independencia. El primer almirante enviado con la expedición científica de 1862, se apellidaba Pinzón y era descendiente directo de uno de los marinos que habían acompañado a Colón en su primer viaje a América.[9] No es difícil, pues, para el agudo ojo crítico de Galdós, elaborar con materiales puramente históricos un análisis de las prácticas y lenguajes nostálgicos imperiales de España durante el largo sigloxix. Y ese análisis se complementa con una observación crítica de la melancólica y violenta relación del discurso cultural público español con la historia olvidada de su “familia” truncada, revelando así su trauma y su negación narcisista postcoloniales.

Como ocurre con otros Episodios, este análisis le permite a Pérez Galdós evaluar la política española en dos tiempos: por un lado, el pasado narrado no como historia monumental, sino como diálogo político y, por otro, una historia dirigida hacia la comprensión de la actualidad, del momento presente en el que aparece el Episodio. De manera que no estamos (al menos no exclusivamente) ante una revisión del quijotesco imperialismo isabelino (al que tanto recuerdan aventuras imperiales más recientes, como el asalto a la isla de Perejil o el frustrado intento de golpe de estado en Venezuela, bajo la administración de José María Aznar) sino también ante una clara invectiva contra el colonialismo de la Restauración. Como veremos, nos hallamos, de hecho, ante una crítica a las fórmulas políticas neoimperialistas subyacentes al concepto de “hispanidad” promovido por España con el cierre de su dominio colonial en las Américas, tras la debacle militar, y que actúa como detente ante al imperialismo emergente de los Estados Unidos.

Las estrategias críticas y alegóricas de Galdós, y su participación en el debate noventayochista sobre el legado colonial español y la compleja definición de las relaciones familiares hispanas, son claras. Galdós propone en esta novela su particular interpretación del 98, una visión que incorpora la crítica republicana al imperialismo español en América durante el reinado de Isabel II, pero también la crítica a sus sucesores en el trono, ese sistema que colapsa durante el periodo de la Restauración (1876-1923, años que coinciden con el periodo creativo de Pérez Galdós) y con la cesión de las Antillas mayores y el archipiélago de Filipinas a los EEUU.

El destacado interés en las relaciones de la metrópolis con sus ex colonias transatlánticas, no sólo se plasma en el viaje épico hacia la costa sur del Pacífico del flamante acorazado Numancia y los posteriores enfrentamientos navales, sino también en las relaciones que establece Ansúrez, como padre que intenta recuperar el honor perdido mientras participa en las complejas relaciones poscoloniales hispánicas. La caracterización de Ansúrez como producto de la dimensión comercial transatlántica y marinera de España a mediados del siglo xix, lo identifica ya al comienzo de la novela con la conocida figura del indiano rico. Efectivamente, hay en la novela varias sugerencias sobre la posición económica ventajosa de Ansúrez, relacionada con sus actividades comerciales en las Américas. Tras casarse con la monja fugada en 1849 y tener a su hija Mara a finales de ese mismo año, el marino se había dedicado tanto al cabotaje como a acompañar a la armada en diferentes expediciones por el Pacífico. En el segundo capítulo de la novela, se resumen diez años en la vida del protagonista, de 1850 a 1860, cuando éste regresa de sus viajes “trayendo sus ahorros y algún dinero ganado en América con el toma y daca de pacotillas” (68). A menudo, otros personajes piensan que Ansúrez es muy próspero y le toman por “indiano rico”, y algunos – “no faltaron parientes pobres […]” – incluso obtienen de él “algún socorro” (93). Esta prosperidad aparente y la “largueza de indiano” (89), son los rasgos más destacados del estereotipo literario en su forma quizá tardía. De esta manera, Ansúrez representa desde el comienzo el papel de un hombre de mundo que es capaz de entrar y salir de la asfixiante realidad económica y política de la España decimonónica, ese “vetusto reino emperifollado a la moderna” (71). Su éxito mercantil lo separa y diferencia del resto de personajes que viven abrumados por las eternas guerras entre caciques y trabajadores del campo o por las disputas palaciegas de conservadores y liberales, una constante lucha que Ansúrez “no podía comparar con nada de cuanto él había visto en sus vueltas por el mundo” (24). Esta ambigua posición del español a un tiempo castizo y observador atónito, el celtíbero, que es también marinero y cosmopolita, busca situar al personaje como testigo exterior de las luchas políticas y militares que definieron gran parte del siglo xix español pero también del hispanoamericano.

 

La anagnórisis transnacional: entre familiaridad y exotismo

Galdós sitúa a Ansúrez a bordo de la Numancia a comienzos de 1865, con lo cual une en el espacio de la nave acorazada la historia de la aventura postcolonial en el Pacífico y la del desesperado padre vengativo. Pero esa distancia de los diferentes espacios nacionales ha tenido ya un alto precio en su identidad: al regresar de América, su esposa Angustias-Esperanza, víctima de un claro ataque de histeria victoriana en versión española, ha retornado mentalmente a su época conventual y vive recluida en su pueblo natal, renegando de su libertad sexual y racializando a su marido indiano y a su hija Mara:

Desconociendo a su hija, la llamaba negra, intrusa, y mandábala salir de su presencia. También a su marido lo trataba como persona subida de color. Creyéndose monja y de inmaculada blancura, decía: “Quiero escaparme, quiero salir de esta triste cárcel; pero no me salvarán hombres tiznados […] no me salvarás tú, que traes el rostro oscuro de andar con los negros de Indias”. (85)

El ennegrecimiento del indiano por sus viajes escenifica de manera grotesca y paródica la exotización literal de los españoles que se salen del espacio conventual-nacional. Pese a ello, en sus viajes a América, Ansúrez, sigue siendo un observador foráneo, cuyo alejamiento le permite disfrutar de una distancia crítica tanto de los embrollados eventos políticos americanos como de las violentas relaciones de los españoles con sus antiguas colonias. Al mismo tiempo, este personaje logra replantear su propia postura como padre.

En contraste con el exotismo racial al que es sometido en su propia intimidad el español que ha viajado a las Américas, Ansúrez y con él el narrador galdosiano, parecen obsesionados por encontrar parecidos familiares entre la metrópolis y las nuevas repúblicas. A bordo del Numancia, llega a la costa de Uruguay, donde “había terminado una guerra fratricida”, expresión en la que encontramos una referencia quizá anacrónica o bien a la llamada “guerra grande”, que concluyó en 1853, o a la guerra de la Triple Alianza entre Argentina, Uruguay, y Brasil contra Paraguay, que dio comienzo precisamente semanas antes de que la Numancia fondeara en las costas rioplatenses a comienzos de 1865. Pese al creciente conflicto, los compañeros de Ansúrez se alegran de poder “tratar con españoles” (123). La explicación matizada de esta definición de los uruguayos como españoles viene yuxtapuesta a continuación:

Aunque políticamente no fueran aquellos nuestros hermanos, por el habla y los sentimientos no podían negar la casta. Prueba plena del parentesco daban los valientes americanos son su afición al juego de la guerra civil. Como nosotros, se dividían en furiosos bandos, y se perseguían y se fusilaban por dar gusto al dedo. (123, énfasis del original)

La confirmación del parentesco violento, corroborado por la contienda civil y militar perpetua, no hace sino trasladar al paisaje americano las dudas sobre las constantes fracturas fratricidas en el seno de la nación malavenida que configuran el tema central de la serie de Los Episodios Nacionales: “Aquellos pueblos, establecidos en las regiones más feraces del mundo, tenían horror, como su madre España, a la ociosidad militar, que es la paz” (123).

Esta imagen negativa de la metrópolis como madre o incluso madrastra, cuyo parecido familiar con sus hijas se basa en la belicosidad civil y en la anarquía política constante, y que tiene su reflejo narrativo alegórico en las relaciones entre el padre, Diego Ansúrez y su hija, Mara, queda a su vez reformulada en ese plano personal más flexible. A diferencia del estado español, que se empecina con el bombardeo del Callao y de Valparaiso en la defensa de su mentado honor y su perdido prestigio, mientras intenta hacerse con los estratégicos depósitos de nitrato de guano, Ansúrez evoluciona hacia posiciones tolerantes y modernas, generando una conciencia postcolonial desprovista de militarismo. Su exterioridad radical, ese ennegrecimiento del que lo había acusado Angustias-Esperanza, se convierte a lo largo de su viaje en una reconsideración y reformulación de las relaciones familiares y morales. Al llegar a Lima y tener noticias del embarazo de su hija, y por tanto de la consumación de la familia transatlántica, el motivo de su viaje parece haber cambiado: ya no busca a una hija rebelde ni tampoco reconstruir el honor familiar perdido, sino más bien reconocer el linaje de su futuro nieto. La preocupación por lo personal y por mantener la unión de la familia en su diferencia, contrasta marcadamente con el turismo nostálgico que practican los otros españoles en la novela.

Al llegar a Lima, los oficiales de la Numancia no ven tanto un espacio exótico, como les había ocurrido a su paso por la Patagonia o más adelante al llegar a las islas del Mar del Sur. En Lima, lo que les invade es una sensación melancólica. Dice con gran ironía el narrador:

La sombra de Pizarro les acompañaba; las remembranzas de la patria salían a recibirles en las fachadas de los edificios de la época vice-real. A cada instante surgía la anagnórisis. Anagnórisis era el gozo con que los españoles contemplaban el barroquismo amable, risueño, consanguíneo de la catedral. Nuestro, de casa, de familia, era el rostro de aquel monumento; nuestra también el alma, el interior, impregnado de dulce misterio y místico encanto. Igual impresión de parentesco les daba el palacio de los virreyes, hogaño presidencial. (158, énfasis del original)

Frente a este caso de anagnórisis o reconocimiento del parentesco hispánico colonial, que sólo se halla en lo urbano y arquitectónico vaciado de su humanidad, y que es de naturaleza esencialmente nostálgica (una práctica más del narcisismo postcolonial español), Galdós promueve con el abrazo de Ansúrez a Mara y Belisario y su confesión de amor al recién nacido nieto transatlántico, una anagnórisis alternativa: la de una nueva familia hispánica reconciliada, cuyas jerarquías desafían el orden postcolonial belicista que España intenta (re)construir con sus militares nostálgicos del periodo virreinal. En esta nueva familia, las reglas no son ya las impuestas por la madre patria con sus fragatas numantinas ni las que había intentado aplicar el padre herido en su honor al comienzo del relato, sino las que fija la política transnacional del republicanismo galdosiano: la igualdad radical en lo erótico entre hijas e hijos políticos liberados, ajenos al exotismo colonizador o, en otros términos, la libertad de un romance transnacional de carácter fundacional que supera y desestabiliza las estrechas fronteras nacionales y neocoloniales de una hispanidad forjada a cañonazos.

 

Obras citadas

 

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Notas

 

[1] Además de los comentarios citados con anterioridad, ver los trabajos eminentemente contextuales de Carlos García Barrón (1983 y 1986). Ambos artículos forman la base de la “Introducción” a la edición crítica La vuelta al mundo en la Numancia, ed. Carlos García Barrón (Madrid: Castalia, 1992), todas las citas de la novela en este artículo hacen uso de la paginación de dicha edición.

[2] Este término lo emplea Craig V. Smith en su artículo “The Stereography of Class, Race, and Nation in God’s Bits of Wood”.

[3] Algo similar ha observado Álvaro A. Ayo en relación a un episodio nacional anterior de la misma cuarta serie en “The War Within: National and Imperial Identities in Pérez Galdós’s Aita Tettatuen”.

[4] El texto completo está disponible también en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes: http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/01826296872367177430035/index.htm.

[5] Ver el reciente estudio de Adrian Gutiérrez Hernández.

[6] Las ideas de Julia Kristeva aparecen citadas en el ensayo de Angelika Rauch. Rauch resume así el análisis de Kristeva: “In Kristeva’s view, the denial or foreclosure of loss characterizes an important dimension of a narcissistic personality disorder” (118).

[7] Así lo sugiere el filósofo catalán Eduardo Subirats en especial en la segunda de sus “Siete tesis contra el hispanismo”.

[8] Ver Carlos García Barrón, “América en Galdós”.

[9] Ver en particular el conciso rastreo que lleva a cabo Carlos García Barrón de las fuentes históricas consultadas por Galdós en su “Introducción” a la edición de Castalia en especial en páginas 24-52.