el recuerdo de la guerra civil en la construcción de una identidad franquista de navarra

 

Álvaro Baraibar Etxeberria

Universidad de Navarra

 

El siglo xx ha sido un período de profundas transformaciones. No resulta exagerado afirmar que los conflictos armados han desempeñado un papel protagonista en las relaciones internacionales y en los procesos históricos de muchos países. Pero, además, la guerra, el recuerdo de la guerra o incluso el olvido de la guerra, han tenido una influencia decisiva tanto en la elaboración de nuevos discursos identitarios como en procesos de relectura del pasado, reinvenciones, en torno a la identidad de una comunidad.[1] Un siglo convulso y traumático, con sus particularidades en cada una de las distintas regiones, en el que España no ha sido una excepción. Al contrario, la guerra civil española fue, en realidad, una especie de campo de experimentación, una primera prueba de una lucha que posteriormente se iba a repetir a escala mundial, en la segunda gran guerra, entre 1939 y 1945.

1936 es para España, sin lugar a dudas, un año que marca un antes y un después, no solo por la brutalidad de una guerra civil como la que sacudió hasta el último rincón del territorio español, sino también desde el punto de vista de cómo afectó a los discursos de la identidad y a la lectura e interpretación del pasado. Un antes y un después, no tanto porque a partir de los años 40 se desarrollaran nuevos discursos políticos, sino porque lo sucedido entre 1936 y 1939 sirvió para llenar de sentido siglos de historia y se convirtió en la explicación, en la razón que respondía a todas las incógnitas. Dentro de esa España del 36 hubo una región cuyo estudio resulta particularmente significativo, por su participación y su implicación humana e ideológica en la guerra, y por su aportación antes, durante y después de la guerra, a la relectura del pasado de España. Esa región es Navarra, contemplada en aquel momento como la reserva espiritual de Occidente, auténtico ejemplo en el resurgir de España.[2] En este ensayo propongo analizar los principales eventos y las medidas oficiales que, en directa relación con la Guerra Civil, adoptó el Franquismo con tal de reformular y reinventar una identidad navarra para el nuevo régimen. 

Esta idea está presente en numerosos textos políticos y literarios de los años 30, 40 y 50 del siglo xx y permanece activa aún hoy en día. Desde esta perspectiva se entendía y defendía que el pueblo navarro había permanecido sin contaminación alguna durante siglos de historia y había mantenido sus rasgos y valores puros, fieles a su origen, a pesar de la progresiva decadencia española a lo largo de los siglos xviii, xix y xx, como consecuencia de la llegada de los Borbones, la introducción de las ideas del liberalismo y, posteriormente, la expansión del marxismo.

La vida en los años de la posguerra española estuvo profundamente marcada por la memoria de la guerra civil. Todos los aspectos de la política interior y exterior pasaban por el filtro de lo que julio de 1936 había significado para España y para el mundo. “Se cerrarán para siempre nuestros ojos” —afirmaba Eladio Esparza el 18 de julio de 1940— “antes de que vuelvan a contemplar, absortos, el espectáculo de un pueblo levantado en rebeldía frenética y tumultuosa, pero con la plegaria en el corazón” (1940: 8). Un poco más adelante, este autor añadía:

Se levantó nuestro pueblo como un león rugiente, en un reto airado contra la maldad que había encanallado las esencias de la Patria y había maltratado la creencia católica. Se levantó la rebeldía con la aurora de un día feliz y radiante y a la luz del sol vimos moverse a todo un pueblo que creía en Dios y en España y que lanzaba entre cánticos, el brindis magnífico del sacrificio de su sangre […] Las viejas epopeyas, estrepitosas de los ruidos de las falsas mitologías derrumbadas, no conocieron a nuestro héroe que por la sangre vertida es el mártir (1940: 8).[3]

Para un primer acercamiento al papel jugado por el recuerdo de la guerra en la construcción de una identidad de Navarra creo que resulta de gran interés y muy esclarecedor focalizar la mirada en el principal medio de comunicación de aquellos años, que no era otro que el Diario de Navarra. La férrea censura a la que se sometió a la prensa en las primeras décadas del franquismo no resta en este caso validez a los testimonios que encontramos en sus páginas.[4] Al contrario, podríamos decir que el rotativo navarro refleja a la perfección el sentir y el pensamiento oficial del régimen, especialmente de la mano de algunas de sus principales figuras. Es el caso del ya citado Eladio Esparza, destacado periodista navarro, subdirector del Diario de Navarra por aquellos años y que, tras ciertas veleidades con el nacionalismo vasco —fue director del diario nacionalista La Voz de Navarra—, había evolucionado hacia posiciones “oficiales”, ocupando durante la guerra el cargo de Gobernador Civil de Álava y convirtiéndose en una de las figuras clave de la derecha navarra en la posguerra.[5]

Siguiendo la línea de pensamiento de este discurso oficial del franquismo, antes de julio de 1936, España había caído, así lo afirma una editorial del Diario de Navarra, en un estado de “desintegración, relajación, ordinariez, pánico y arbitrariedad abochornante”, sólo comparable con el período de Enrique IV de Trastámara, “que tizna de lodo la Historia de España” (“En la IV conmemoración” 1). Las escuelas se habían convertido “en focos de ateísmo”, los talleres en “centros de recluta revolucionaria y las calles en pudrideros de altanería plebeya y de insolencias maldicientes y se perseguía a la Iglesia y se incendiaban los templos” (“En la IV conmemoración” 1). El autodenominado Alzamiento Nacional del 18 de julio de 1936 se había erigido precisamente “contra aquella monstruosidad, de aire moscovita, en la que España se anegaba” (“En la IV conmemoración” 1). Por ello,

el Alzamiento tenía la misión salvadora de recuperar para España su bien perdido, de rehacer su Historia maltrecha, de agrupar a los españoles junto a las llamas extinguidas de sus fuegos sagrados, avivándolos en la Tradición, de proseguir los esfuerzos nacionales interrumpidos en las guerras carlistas para reintegrar la Patria a la función misional de su destino histórico. (“En la IV conmemoración” 1)

En otro artículo sin firma, se declara que España “ha dejado de ser cenicienta, para volver a la España imperial del Siglo de Oro” (“Ya inconmovible” 8). El sacrificio de la victoria lograda había sido demasiado alto como para que el glorioso resultado pudiera ser cambiado. “Ni de dentro ni de fuera ha de mover viento bastante para cambiar el vuelo emprendido. España está sobre sí misma, su cimiento auténtico, y ello la hace ya inconmovible”, aseguraba este mismo artículo de noviembre de 1941 (“Ya inconmovible” 8). Franco, en un viaje por Andalucía, afirmó dos años después: “el timón de la nave pertenece a los que ganamos a España” (“Actualidad. Firmes” 1). Desde esta perspectiva, el futuro de España estaba escrito a sangre y fuego en su pasado. La solución a los problemas de España pasaba por una regeneración que devolviera al país a su glorioso pasado por medio de las armas. Ese había sido el logro de la guerra civil.

En este esfuerzo por devolver España al camino que su espíritu y su pasado imperial le marcaban, Navarra había desempeñado un papel especialmente relevante. El 19 de julio de 1940 Esparza explicaba cómo el Carlismo, tras “un siglo de abatimiento, de adversidad, de desgaste en la oposición, de desprecio” renacía “en brotes innumerables de juventud” (1940: 1). El error había sido creer que el Carlismo había muerto y la sorpresa fue mayúscula al contemplar “cómo de los residuos del cadáver se levantaban legiones de héroes” (1940: 1). Aunque era equivocado circunscribir el fenómeno a Navarra, sí era cierto que fue aquí donde el Carlismo tuvo su máxima exaltación: “en Navarra se realizó el 19 de julio de 1936 el milagro de la multiplicación del Requeté para salvar a España” (Esparza 1940: 1)[6]. La guerra civil había cogido el testigo de las guerras carlistas en esa resistencia histórica de Navarra a los males que asolaban España.

Las páginas de la prensa española de los años 40 están repletas de referencias a acontecimientos y aniversarios de lo ocurrido entre 1936 y 1939. No son pocas las noticias de traslados de restos de muertos, del bando vencedor evidentemente, calificados en algunas ocasiones como mártires de la patria. Es el caso de la exhumación y traslado a la Capilla del Sanatorio Marítimo de los restos de los religiosos, profesos y novicios de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, calificados como los “mártires de Calafell”, víctimas el 30 de julio de 1936 “de la ferocidad sacrílega y el salvajismo inhumano de la horda roja” (“Los mártires” 1). Otro caso fue el traslado, en julio de 1940, de los restos de los aviadores de la Legión Cóndor a un mausoleo construido a tal efecto donde se podía leer: “A los héroes de la Legión Cóndor caídos por Dios y por España” (“Traslado” 1). Pero sin duda, el más importante de todos, objeto de un especial seguimiento, fue el traslado de los restos del general Sanjurjo desde Portugal a Pamplona. “El General Sanjurjo, Marqués del Rif, Honor de Navarra, Gloria de España, vivo en nuestro pensamiento, vuelve a la Patria”, era el titular a página completa de Diario de Navarra el 20 de octubre de 1939.

No fue únicamente la prensa la que colaboró en la construcción y socialización de este discurso oficial acerca de la “nueva” identidad de Navarra. La literatura del viejo reino también participó generosamente en este proyecto.[7] Un buen ejemplo de ello es la novela El valle perdido, del polifacético Jaime del Burgo Torres. Del Burgo, además de ocupar diferentes cargos en la Diputación Foral y de ser una pieza clave en el carlosoctavismo colaboracionista durante el régimen franquista, fue el autor de numerosos escritos y de varias novelas, entre la que destaca la ya mencionada El valle perdido. En ella, se relata la historia de un aviador que en plena Guerra Civil cae en un valle donde un grupo de antiguos combatientes de la primera guerra carlista sobrevive, completamente aislado, fiel a los valores de los antepasados.

En ocasiones los libros publicados no sólo en la más inmediata posguerra sino también años más tarde tenían una clara vocación pedagógica, un interés a veces explícito, de dar a conocer la historia de Navarra a sus habitantes. Es el caso de Julio Gurpide y su Navarra Foral Siempre Española. El libro es un compendio de toda la mitología del navarrismo escrito para trasmitir la historia de Navarra y de sus fueros a niños y adultos. Entre otros muchos momentos de interés, en las páginas 56-59 se recoge la “Aportación de Navarra a la historia de España”. Tras repasar los distintos momentos cumbre de esa historia, Gurpide se pregunta acerca del “por qué de tan singular aportación”. La respuesta era clara:

porque Navarra, a través de toda vicisitud, acertó a conservar lo que es raíz de España, lo que, según Menéndez y Pelayo, forjó nuestra unidad como Nación y exaltó nuestro poderío: la Tradición, la fe católica. “Dejar España de ser católica era dejar de ser”, se había dicho. Y ambas cosas estaban ocurriendo. En plena apostasía de las masas, disuelta en banderías, rota en separatismos, nuestra Patria, ya en las garras del Monstruo, precipítase a su destrucción.

            En este trance, Navarra es la primera en acudir a redimirla. Y a revivirla. Porque había sido arca guardadora. Y porque supo ser concha derramadora, bautismal. (59 énfasis en el original)

Pero más allá de lo mencionado, el recuerdo de la guerra estuvo presente en muchos otros aspectos de la vida cotidiana, de modo que hasta cierto punto se puede hablar de la existencia de un nuevo calendario festivo-conmemorativo del franquismo, muy marcado por los sucesos de la contienda civil y condimentado además con el recuerdo del pasado imperial de España, revitalizado en la idea de la Hispanidad de Ramiro de Maeztu y con algunas pinceladas de carácter más local. Además, algunas festividades tradicionales sufrieron también una interesante relectura y todo un proceso de reinterpretación, sumando un sentido patriótico y nacional al puramente religioso:[8]

 

calendario festivo-conmemorativo del franquismo

9 de febrero

Día de los Caídos de la Juventud

10 de marzo

Fiesta de los Mártires de la Tradición, instituida por Carlos vii para honrar la memoria de los que dieron sus vidas por España, y recogida por FET y de las JONS.

1 de abril

Día de la Victoria

19 de abril

Fiesta de la Unificación

2 de mayo

Día de la Independencia

1er domingo de mayo

Festividad de la Invención de la Santa Cruz. Romería a Montejurra.

29 de mayo

Día de San Fernando, Patrón del Frente de Juventudes

3 de junio

Aniversario de la muerte del general Mola

2 de julio

Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Recuerdo del Monumento del Cerro de los Ángeles, destruido durante la guerra.

13 de julio

Aniversario de la muerte de Calvo Sotelo

18 de julio

Aniversario del Alzamiento Nacional. Día de la Exaltación del Trabajo

25 de julio

Fiesta de Santiago, Patrón de España y del Arma de Caballería

20 de julio

Aniversario de la muerte de Sanjurjo

22 de agosto

Aniversario de la muerte de varios prisioneros de la Cárcel Modelo, entre ellos Julio Ruiz de Alda, Fernando Primo de Rivera, el general Capaz y Melquíades Álvarez.

13 de septiembre

Aniversario de la “Feliz Dictadura” de Primero de Rivera
Aniversario del fusilamiento de Víctor Pradera

28 de septiembre

Aniversario de la liberación del Alcázar de Toledo

30 de septiembre

Aniversario de la muerte del Coronel Alfonso Beorlegui, en la liberación de Irún.

1 de octubre

Día del Caudillo, aniversario de la exaltación del Generalísimo Franco a la Jefatura del Estado

12 de octubre

Virgen del Pilar. Día de la Hispanidad.

29 de octubre

Fiesta de los Caídos por Dios y por España

Aniversario de la fundación de la Falange

Aniversario de la muerte de Ramiro de Maeztu

4 de noviembre

La Comunión Tradicionalista conmemora la onomástica de Carlos vii

7 de noviembre

Recuerdo de los sucesos de Paracuellos del Jarama

9 de noviembre

Aniversario de la concesión de la Cruz Laureada de San Fernando a Navarra

20 de noviembre

Aniversario de la muerte de José Antonio Primo de Rivera. “Día del Dolor”

4 de diciembre

Cumpleaños de Francisco Franco

8 de diciembre

Inmaculada Concepción, “Día de la madre”

 

Este calendario festivo-conmemorativo del franquismo tenía a su vez variantes en distintas organizaciones de la Falange, como, por ejemplo, el Frente de Juventudes, “obra predilecta del régimen” que “encuadra, educa y orienta a las futuras generaciones de España” (“Significado” 1). El Frente de Juventudes celebraba, como queda explicado en este interesante texto de Diario de Navarra del 2 de diciembre de 1943, nueve fiestas importantes. Las fechas, así como la explicación de su significado, reflejan perfectamente el universo simbólico de los primeros años del franquismo (“Significado” 1).[9]

 

calendario festivo del Frente de Juventudes

 

9 de febrero

Día de los Caídos

“en este día el Frente de Juventudes conmemora la muerte de todos los caídos, simbolizándola en la del primer Caído del SEU, Matías Montero”[10]

1 de abril

Día de la Canción

“el día de la Victoria de las Armas nacionales, hace llegar  hasta el último rincón de España voces juveniles que simbolicen el júbilo gozoso de este día”

30 de mayo

Día de la Juventud

Día de la Juventud, día de San Fernando, Patrono del Frente de Juventudes, en que se exalta “el sentido religioso y el vigor físico”.

18 de julio

Día del Valor

“el valor y la virilidad del Ejército español es este día el tema de exaltación ante los pequeños camaradas”

2 de agosto

Día del Amanecer

“en este día los afiliados parten a los más altos riscos de la Sierra para salvar con hogueras el amanecer, evocando la salida de las carabelas españolas para descubrir el nuevo mundo”

1 de octubre

Día del Caudillo

“día del homenaje al Generalísimo de los Ejércitos, Jefe Nacional de la Falange y Caudillo de España”

29 de octubre

Día de la Fe

“el pensamiento de José Antonio es llevado por toda España por el Frente de Juventudes, en este día en que se alzó la voz de la Falange”

20 de noviembre

Día del Dolor

“la muerte de José Antonio ha de estar siempre presente en la memoria de los pequeños afiliados al Frente de Juventudes”

8 de diciembre

Día de la Madre

“en la fiesta de la Purísima Concepción de la Virgen los niños y jóvenes españoles encuadrados en el Frente de Juventudes manifiestan de manera especial el amor y respeto hacia sus madres”

 

Además de las muchas conmemoraciones de diversos acontecimientos de la guerra, especialmente los relativos a la muerte de combatientes, otras muchas festividades del calendario litúrgico se ven sometidas a una “relectura bélica”. Es el caso, por ejemplo, del 8 de diciembre, celebración de la Inmaculada Concepción, Día de la Madre. Esparza, como de costumbre, resulta meridianamente claro al respecto desde su columna, el 1 de diciembre de 1943:

En una Patria, como España, deudora a las madres, de aquella juventud magnífica que la salvó del caos, en una ofrenda voluntaria de sangre, emocionante y sublime, el señalar un día de honor y de amor a la madre era un deber, porque era enseñar ante el mundo la más bella y conmovedora lección de patriotismo, dada por la madre. No puede haber Patria sin hogar con sentido profundo y auténtico de hogar y no puede haber hogar sin que la madre se sienta madre ante sus hijos que de ella reciben con el nombre y el amor de Dios, el nombre y el amor de la Patria, donde el hogar es su piedra inconmovible y su raíz. Está bien este día de la madre, y en el día nimbado de la más hermosa luz en que celebramos la concepción inmaculada de la Madre de Dios, la más dulce también y hermosa Madre de los hombres. (1943: 1)

Otro ejemplo, en este sentido, igualmente interesante es el de la romería a Montejurra. La fuerza de la devoción mariana en los años del franquismo y especialmente en los 40 y 50 hizo que las romerías adquiriesen una gran relevancia. De entre todas ellas destaca la de Montejurra por su especial significado de recuerdo a los muertos en defensa de la Cruz. A partir de 1939, el primer domingo de mayo, festividad de la Invención de la Santa Cruz, la Hermandad de Caballeros Voluntarios de la Cruz, organizó una romería a Montejurra. Eladio Esparza lo expresó el 2 de mayo de 1942 con las siguientes palabras:

Mañana, Fiesta de la Cruz, es día de trepar por el Montejurra, recorriendo las catorce Estaciones de sus catorce Cruces. No es la romería de significación ignota que se pierde en el tiempo, pero que el fervor popular mezclado con la levadura de tipismo costumbrista, la mantiene: no, es la romería nuestra, la nacida de nosotros por un motivo actual de épica grandeza y que responde a nuestro modo de ser y de pensar hoy. Montejurra es el monte en el que las Cruces son cruces de nuestros Cruzados, a los que debemos todo honor, todo sacrificio y el recuerdo inolvidable”. (1942: 1)

Con todo, la repercusión de Montejurra en la prensa durante aquellos primeros años fue menor y no sería hasta finales de los años 50 cuando, a raíz de la asistencia del pretendiente carlista, Carlos Hugo, el acto iría adoptando un cariz cada vez de una más marcada oposición al régimen de Franco.[11]

Pero el calendario del Franquismo, además de lo referido, eliminó algunas festividades que le resultaban especialmente molestas, más allá de fechas como la de la proclamación de la República. Me refiero, fundamentalmente, a la prohibición de celebrar el Carnaval emitida en la Orden de 3 de febrero de 1937. Una nota oficial del gobernador civil José López Sanz, el 6 de marzo de 1943, recordaba la vigencia de dicha Orden y la prohibición de usar “dominó y caretas en las calles o lugares públicos incluso en los cafés, casinos y círculos de toda clase, e igualmente los bailes que periódicamente acostumbraban a organizarse con tal motivo” (“No habrá” 1). Eladio Esparza, al inicio de los Sanfermines de 1941, pidiendo el imprescindible decoro también en fiestas, criticaba la “tendencia carnavalesca del peor gusto” que se estaba adueñando de las fiestas de Pamplona (1941: 1), y, a continuación, afirmaba: “San Fermín en Pamplona nunca ha sido carnaval. Felizmente, el carnaval ha muerto para siempre y bien muerto está. No lo resucitemos, con deshonor para nuestra tradición, en las fiestas” (1941: 1).

Pero si hay algún símbolo que representa de forma especial el recuerdo de la guerra, al margen de todas las conmemoraciones, es sin duda el Valle de los Caídos y, en Navarra, el Monumento a los Caídos. Al terminar la guerra civil, Franco decidió erigir un monumento que conmemorase el sacrificio de los españoles por su Patria y que además fuese un recuerdo de la victoria. Tomando como ejemplo El Escorial, símbolo del pasado imperial de España, inició las obras de construcción en 1940 en un lugar cercano a la residencia de Felipe II y panteón de los reyes de España. En Navarra, la Diputación Foral acordó también levantar un monumento en recuerdo de los navarros caídos “por Dios y por España”. El 13 de julio de 1940, tras los funerales en memoria de Calvo Sotelo, “primer mártir de la Cruzada” (“Homenaje” 1), las autoridades se trasladaron a la Escuela de Artes y Oficios, donde se encontraba una maqueta del proyectado Monumento a los Mártires de la Cruzada o Monumento a los Caídos, que se iba a construir por iniciativa de la Diputación Foral de Navarra. En sintonía con la imagen que Franco tenía del Valle de los Caídos, el pie de foto de la maqueta, en la noticia del Diario de Navarra, elogiaba la “severidad escurialense” del proyecto (“Proyecto” 1). Al día siguiente, el rotativo navarro quería unirse a las felicitaciones que todas las autoridades presentes dieron a los arquitectos. “A juzgar por la maqueta, el Monumento será soberbio, una gigantesca obra de arte que responderá no ya a la loable iniciativa de la Corporación foral que exterioriza el anhelo de toda Navarra sino también al titánico esfuerzo que nuestra provincia realizó cuando en santa rebeldía, en un gesto unánime de virilidad, se alzó en armas en defensa de los sacrosantos ideales de la Religión y de la Patria” (“Proyecto” 1).

El 4 de julio de 1942, se reunió el Consejo Foral para tratar un tema de “carácter emotivo y sentimental” como era el recuerdo de los caídos en la guerra. Navarra

tuvo una intervención en la gran Cruzada Nacional que nadie, ni fuera ni dentro de España ha podido superar ni quizás igualar. Este sacrificio corresponde a todos los navarros pero de una manera especial a la juventud combatiente que dio su vida por la Religión, por la Patria y por la Civilización Cristiana. Los que lucharon y viven son los héroes; los que murieron son los héroes y son los Mártires a quienes debemos honrar, como prenda y recuerdo de gratitud imperecederos. (“Ayer en” 1)

Resultaba por ello obligado “erigir un Monumento dedicado a los Mártires de la Cruzada Nacional donde reposasen los restos de los Generales Mola y Sanjurjo, y que sirviese a la vez para conmemorar la participación de Navarra en la lucha contra la revolución marxista” (“Ayer en” 1).

El 15 de agosto, Día de la Asunción de la Virgen, se llevó a cabo la bendición de los terrenos donde se había de emplazar el Monumento a los Muertos de la Cruzada Nacional, prescindiendo, por expreso deseo de la Diputación Foral, “de todo género de discursos y manifestaciones” con el objetivo de mantener los actos dentro de su sentido puramente religioso y piadoso (“Bendición” 1).

Sin embargo, las obras que en un principió se pensó pudieran estar concluidas en un plazo de seis años, se alargaron notablemente y el Monumento no fue inaugurado hasta la visita de Franco en diciembre de 1952. Este año marcó un hito simbólico en la identificación del espacio público pamplonés y navarro con esa idea de Navarra construida por el franquismo. Terminada la contienda militar, la dureza de las condiciones de vida impidió acometer un inmediato impulso de exaltación de la guerra por medio de monumentos o nuevas construcciones. El interés de las instituciones navarras se centró en la reconstrucción de los grandes monumentos históricos —castillo de Olite, monasterios de Leire, Iranzu, la Oliva e Irache, entre otros—, depositarios de una identidad, religiosa y guerrera, anclada en una Edad Media idealizada, no contaminada por la modernidad protestante y revolucionaria.

Hubo que esperar hasta 1952 para inaugurar los primeros grandes proyectos desarrollados tras la guerra civil. En diciembre de 1952, con motivo del iv Centenario de la muerte de San Francisco Javier, Franco visitó oficialmente Navarra por segunda vez. La primera visita fue en noviembre de 1937, en plena guerra civil, para hacer entrega de la Cruz Laureada de San Fernando, concedida a Navarra por su esfuerzo y sacrificio en la defensa de España. La visita de 1952 se prolongó por espacio de 4 días, desde el 2 al 5 de diciembre, con un intenso programa de actividades; entre ellas, diversas inauguraciones, como las de la iglesia de San Francisco Javier y el nuevo barrio de la Chantrea. Pero la más importante de todas ellas, desde un punto de vista simbólico, fue la del Monumento erigido en la Plaza Conde de Rodezno de Pamplona “a los muertos en la Cruzada” ante centenares de personas que representaban a “las madres, los hermanos, las viudas y los hijos de los que dieron su sangre por Dios y por España” (“Texto del emocionante” 3).

El monumento a los caídos constituye un elemento clave en la imagen de Navarra construida por el franquismo. Todo el edificio en sí, desde un punto de vista arquitectónico, estilístico y, qué duda cabe, simbólico, es un compendio de la imagen franquista de lo que la guerra había significado para España y para Navarra. Pero hay un elemento especialmente interesante en cuanto a la construcción y consolidación de un discurso en torno a la identidad de Navarra durante la dictadura a partir de lo ocurrido en la guerra civil. La pintura de Ramón Stolz que decora la cúpula de la basílica sintetiza la doble idea de la Navarra guerrera y la Navarra misionera, tan repetida en aquellas décadas y que, como afirma un artículo de una publicación local de aquellos años, representa “el espíritu religioso y guerrero de la Navarra inmortal, que desde la época de las Cruzadas hasta nuestros días vivió, rezó y supo morir por Dios y por la Patria” (“Las pinturas”).[12]

En torno a la imagen central de San Francisco Javier, que aúna esas dos Navarras (la guerrera y la misionera), la pintura recoge, por un lado, figuras de un gran valor en el imaginario religioso navarro: las cruzadas medievales (con Sancho vii el Fuerte y Rodrigo Jiménez de Rada en la batalla de Las Navas de Tolosa, momento clave en la reconquista; y Teobaldo ii, que murió en las cruzadas, como el propio Luis ix, rey de Francia), los cruceros de Ujué y de Val de Arce, los romeros de Montejurra y la imagen de San Miguel de Aralar, llevada por un sacerdote a caballo. Por otro lado, parte de la cúpula está dedicada a explicar la evolución histórica de Navarra desde la misma batalla de Las Navas de Tolosa hasta la Guerra Civil. Esta parte histórica es un compendio de la historia de Navarra contemplada desde el prisma franquista de la purificación o redención de Navarra y España por la armas. Toda la Historia de Navarra se explica a partir de la guerra de 1936 que se entendería, de esta manera, como una especie de fin de la Historia en la que todo cobrase sentido: desde la guerra contra la Convención francesa de 1793 a la Guerra Civil, pasando por las carlistadas, cada momento histórico se explicaba a partir de la Cruzada Nacional. El artículo titulado “Las pinturas de Stolz para la Cúpula del Monumento a los Caídos”, publicado en la revista Pregón en 1950 lo expresa perfectamente:

LA NAVARRA GUERRERA comprende a todos los voluntarios que desde la Guerra contra la Convención francesa, en 1793, hasta nuestros días, han dado su sangre por Dios y por la Patria. Las figuras se escalonan en orden cronológico. Junto a los voluntarios del 93, destaca, en sombras, la figura de un guerrillero de Espoz y Mina. A su izquierda avanzan dos voluntarios de la primera guerra civil […].

Siguen a estos los de la segunda guerra civil, representados en tres generaciones (abuelo, padre e hijo) junto a un oficial a caballo  que empuña la ‘Generalísima’ (la bandera con la imagen de la Virgen de los Dolores, de la primera guerra).

Finalmente y en el extremo de la roca, bajo la bandera bicolor y la enseña crucífera de un Tercio de Requetés, aparecen cuatro voluntarios de la Cruzada Nacional 1936-1939.[13]

La Historia se cerraba en un círculo perfecto uniendo, a lo largo de los siglos, la Reconquista, primera Cruzada Nacional contra la ocupación musulmana, y la Guerra Civil, una nueva Cruzada, en esta ocasión contra un nuevo infiel que no era otro que la revolución bolchevique, las hordas rojas de la anti-España, utilizando la terminología del momento. En ambas ocasiones, Navarra, fiel a sus valores originarios, habría dado muestras de su capacidad de sacrificio: en la Edad Media, concretamente en la batalla de Las Navas de Tolosa, con la ejemplar actuación de Sancho vii el Fuerte; y en nuestros días, con el voluntariado navarro, protagonista de primer orden en el alzamiento y la propia guerra.

El monumento a los Caídos se venía a sumar al otro gran elemento simbólico de este discurso sobre la identidad de Navarra: su propio escudo. Como ya he mencionado antes, el 9 de noviembre de 1937, en Pamplona, en el homenaje a las Brigadas Navarras, Franco impuso la Cruz Laureada de San Fernando, la más alta distinción militar, al escudo de Navarra. El Decreto 411, de fecha 8 de noviembre, afirmaba:

En el resurgir de España se destaca Navarra de modo señalado por su heroísmo y sacrificio. Fue Navarra la provincia en que se fijaba la mirada de los españoles en los días tristes del derrumbamiento de la Patria; fue el crédito de sus virtudes el que la convirtió en sólida base de partida de nuestro Alzamiento, y fue su juventud en armas la que en los primeros momentos formó el nervio del Ejército del Norte. […]

Es la Cruz Laureada de San Fernando el más alto galardón de nuestras Milicias, el símbolo más destacado del valor y sacrificio heroico. Por ello, nunca puede estar más justificada la ejecutoria que una Cruz Laureada de San Fernando a las Cadenas gloriosas y simbólicas de su Escudo. (En Salas Larrazábal 3-4)

En definitiva, el recuerdo, la memoria de la Guerra Civil jugó un importante papel en la construcción de una “nueva” identidad de Navarra tras la contienda. Pero la memoria de la guerra y los homenajes públicos a los héroes nacionales no quedaron limitados a la más inmediata posguerra, sino que fueron cultivados por el régimen, de forma que su recuerdo se mantuvo vivo hasta la llegada de la transición, una vez fallecido el dictador e incluso más allá.[14] La simbología del régimen franquista mantuvo su fuerza durante muchos años, marcando profundamente la historia reciente de Navarra.

 

Obras citadas

 

“Actualidad. Firmes sobre el timón”. Diario de Navarra 19-5-1943: 1.

Anderson, Benedict. Imagined Communities. Reflections on the Origin and Spread of Nationalism. London: State University of New York Press, 1983.

“Ayer en la Diputación, reunión del Consejo Foral. El Monumento a los Mártires de la Cruzada”. Diario de Navarra 5-7-1942: 1.

Baraibar Etxeberría, Álvaro. Extraño federalismo. La vía navarra a la democracia (1973-1982). Madrid: Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2004.

---. “Tradición e invención en los discursos de la identidad: la democratización de los símbolos de Navarra en la transición”. Actes del Congrés “La Transició de la dictadura franquista a la democràcia”. Barcelona: Centre d'Estudis sobre les Èpoques Franquista i Democràtica-Universitat Autònoma de Barcelona. 529-538.

“Bendición de los terrenos de emplazamiento del Monumento a los Mártires”. Diario de Navarra 15-8-1942: 1.

Box, Zira. “El calendario festivo franquista: tensiones y equilibrios en la configuración inicial de la identidad nacional del régimen”. Construir España. Nacionalismo español y procesos de nacionalización. Ed. Pedro Moreno Luzón. Madrid: Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2007. 263-288.

Caspistegui Gorasurreta, Francisco Javier. El naufragio de las ortodoxias: el carlismo (1962-1977). Pamplona: EUNSA, 1997.

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Notas

 

[1] Véase al respecto los trabajos de Hobsbawm y Anderson y, para el caso concreto de Navarra, Leoné Puncel (1999).

[2] Para esta imagen de Navarra como reserva de ‘lo español’ desde un punto de vista geográfico, histórico y hasta psicológico, véase Caspistegui (2005a: 178-180).

[3] Al respecto de una identidad etnológica de Navarra, de un “pueblo navarro”, véase Leoné Puncel (2006).

[4] Acerca de la censura en la prensa durante el primer franquismo véase el trabajo de Sinova.

[5] Un informe de Valero Bermejo, gobernador civil de Navarra entre 1949 y 1954, hablaba de Eladio Esparza de una forma muy significativa: “se publicó en el año 1940 una Historia, redactada por Eladio Esparza, vuelto ya de sus errores nacionalistas, Historia en la que se afrontaba por completo la interpretación habitual que fundó Campión y que nadie se había atrevido a combatir en épocas anteriores, salvo Víctor Pradera en el año 1921”. “Juicio Crítico de las publicaciones sobre los Fueros de Navarra”, Archivo General de la Administración (Alcalá de Henares), Presidencia, Delegación Nacional de Provincias, caja 41/20796.

[6] Véase también Caspistegui (2005a).

[7] Sobre el papel de la literatura en la construcción de discursos acerca de la identidad de Navarra entre 1870 y 1960, véase el libro de Iriarte López.

[8] Este calendario es una propuesta que recoge algunas de las fechas más significativas, pero que en modo alguno tiene un carácter exhaustivo. Por otro lado, se han incluido fechas que a pesar de no tener un carácter de festividad laboral (véase el Boletín Oficial del Estado, 13 de marzo de 1940, donde se publica la Orden de 9 de marzo disponiendo el Calendario de Fiestas Oficiales), sí fueron objeto de recuerdo u homenaje en la prensa de aquellas décadas y que me ha parecido interesante tener en cuenta. El tema de la construcción de un calendario festivo del franquismo ha sido estudiado recientemente por Box y fue abordado también por Saz Campos.

[9] Al respecto de la imagen de la mujer durante la guerra civil en Navarra, véase Caspistegui (2005b).

[10] En cierta medida, la figura de Matías Montero se equipara a la del primer caído del Partido Nazi en Alemania, del que toma modelo.

[11] Véase al respecto Caspistegui (1997).

[12] El valenciano Ramón Stolz Viciano (1903-1958) fue un afamado pintor muralista de mediados del siglo xx, conocido, entre otros trabajos, por su labor en la decoración de la Basílica del Pilar en Zaragoza.

[13] Con todo, resulta cuando menos sorprendente la mención a Espoz y Mina, enemigo por antonomasia de Zumalacárregui en la Primera Guerra Carlista. Por otro lado, el liberalismo del general y su saña anti-carlista fueron resaltados por su biógrafo José María Iribarren en su Espoz y Mina, el guerrillero.

[14] Véase al respecto los trabajos de Baraibar (2004 y 2005).