borges y las disonancias cognitivas a la luz del pensamiento complejo

 

Graciela N. Ricci

Università degli Studi di Macerata

Università Cattolica del Sacro Cuore di Milano

 

En el sueño hay formas que se repiten,

quizá no hay otra cosa que formas

J. L. Borges, Otras inquisiciones

 

Le analogie in particolare, sembrano costituire lo strumento perfetto per studiare il funzionamento della mente

D. Hofstadter, Gödel, Escher, Bach

 

1. Introducción

Así como la nueva historia no se contenta con visiones parciales y, como dice Le Goff (13), reivindica la renovación de todo el campo historiográfico ampliando el área de la documentación histórica a una multiplicidad de testimonios, las dimensiones multiculturales del tercer milenio nos invitan a encarar la figura de Jorge Luis Borges con una mirada diferente y plural, según un tema que se vuelve prioritario en este momento crítico que nuestra época está atravesando. Me refiero a los ambiguos dominios de la alteridad, propia y ajena, en la identidad lingüístico-cultural; dominios que se pueden colocar en la compleja zona de frontera intersemiótica que relaciona los núcleos centrales del yo con otros, más o menos periféricos que, a su vez, la constituyen e influyen en su estructura nuclear. Considerando que este trabajo propone una relectura diferente de los múltiples universos que atraviesan nuestra piel y que nos transforman —a pesar de nosotros mismos— en seres intertextuales, quisiera iniciar con una cita de la escritora chilena Marcela Serrano:

Una mujer es la historia de sus actos y pensamientos, de sus células y neuronas, de sus heridas y entusiasmos, de sus amores y desamores. Una mujer es inevitablemente la historia de su vientre, de las semillas que en él fecundaron, o no lo hicieron, o dejaron de hacerlo, y del momento aquél, el único en que se es diosa. Una mujer es la historia de lo pequeño, lo trivial, lo cotidiano, la suma de lo callado. Una mujer es siempre la historia de muchos hombres. Una mujer es la historia de su pueblo y de su raza. Y es la historia de sus raíces y de su origen, de cada mujer que fue alimentada por la anterior para que ella naciera: una mujer es la historia de su sangre. Pero también es la historia de una conciencia y de sus luchas interiores. También una mujer es la historia de su utopia. (Serrano 21)

A las palabras de Serrano, yo agregaría que una mujer es la historia de las alteridades que la habitan, alteridades que están en sintonía con los diferentes horizontes interdisciplinarios que el multiculturalismo nos empuja a atravesar para poder indagar en esa zona híbrida de pasaje entre lo intra y lo intercultural, atravesada por resonancias y disonancias cognitivas. La perspectiva que he decidido encarar es algo insólita, tratándose de un volumen dedicado a Borges, pues no se centra primariamente sobre la figura del escritor argentino, sino mas bien lo refleja a medida que el pensamiento va dibujando, con mirada plural, la evolución de la forma mentis del ser humano a través del tiempo y de lo que sucede actualmente, con el pasaje de la posmodernidad a la complejidad. De tal perspectiva, que equivale a pensar en términos de relaciones y de procesos, Borges ha demostrado ser un genial precursor, por lo cual, hablar del paradigma de la complejidad y de la magnitud de disonancias cognitivas que dicho proceso ha provocado es, indirectamente, hablar silenciosamente de la gran influencia que la escritura de Borges ha ejercido en la transformación del modo de pensar occidental (en realidad, también mundial, porque muchas de las estrategias que la web está utilizando fueron imaginadas y aplicadas textualmente por Borges ya en los años 40).

Como sabemos, el lenguaje humano, que es un complejo instrumento en el campo de la comunicación, del pensamiento y del actuar, es el vehículo de uno de los fenómenos más extraordinarios de la interacción social: la producción de sentido, que se obtiene a través de las varias estrategias que cada lengua ofrece a aquellos que la hablan, y que cambia en base a la cultura que tal lengua construye y transmite. A su vez la literatura, potente modelo secundario de la cultura, con su capacidad de movilizar una pluralidad de sentidos, ha incrementado como analizaremos más adelante la capacidad de la mente humana de interrogarse durante siglos sobre el cómo y el por qué del conocimiento, y ha permitido elaborar indirectamente, como resultado, numerosas teorías filosóficas y epistemológicas a partir de sus entramados textuales. El argumento de este trabajo se propone, precisamente, como una teoría más (en su sentido etimológico)[1] sobre dichas capacidades en relación con las disonancias cognitivas de la mente, considerando a Jorge Luis Borges como un precursor a partir de y debido a las otredades que habitan sus textos y que, me atrevo a hipotizar, han formado parte sustancial de su psique. Haremos una breve síntesis de la evolución de la forma mentis en el tiempo, en relación con el binomio identidad/alteridad y con las disonancias cognitivas que el nuevo paradigma ha acrecentado, para luego comentar la influencia de Borges en la forma mentis del presente. He insertado un doble epígrafe, uno perteneciente al Borges escritor, el otro a un científico, porque considero fundamental aplicar la imaginación con absoluta toma de conciencia, con el objetivo paradójico de pasar de la ciencia a la literatura. En realidad, más que pasar de una disciplina a la otra, habría que trabajar, según el nuevo paradigma, integrando ambas en una tercera disciplina de carácter metafórico-cognitivo, como ha hecho tan bien Borges en su momento, anticipando de medio siglo el contexto actual.

 

2. La mente como espacio arquitectónico

Sabemos que, en la primera infancia, con la activación de la dimensión verbal, el paraíso omnicomprensivo del espacio interior de la mente comienza a fragmentarse en aspectos, conscientes e inconscientes, que el yo proyectará hacia el exterior, en una serie de “construcciones” imaginarias que se irán modificando con las distintas fases evolutivas de su psique. El primer envoltorio y el más cercano concierne el propio cuerpo, al que se irán agregando formas contenedoras progresivas cada vez más alargadas y complejas, como la casa, el templo, la ciudad, el país, el mundo. La casa, en especial, adquiere dimensiones significativas en relación con las experiencias afectivas más cercanas y primigenias del ser humano, y el lenguaje conserva trazas de ello pues el lexema “casa” se relaciona etimológicamente con la piel del cuerpo (Ricci 57-58). Si pensamos que la piel, la oreja y el sistema nervioso son los primeros en desarrollarse en el feto, y lo hacen simultáneamente pues provienen del mismo grupo original de células, comprenderemos por qué el ser humano escucha con la piel de todo el cuerpo y no solamente con el oído, de allí que la relación estrecha entre casa y piel adquiera, desde esta perspectiva, un significado aún más profundo. Recordemos, también, rápidamente que la relación casa-cuerpo materno es muy antigua y aparece ya en los jeroglíficos egipcios, los cuales indicaban con un único signo circular la madre, la casa y la ciudad.

No tenemos referencias precisas sobre cuándo el isomorfismo casa-cuerpo se extendió a la mente como espacio arquitectónico cerrado, porque los especialistas en historia de la psicología no se han ocupado de ello en forma detallada. Sabemos, de todos modos, que la metáfora arquitectónica de la mente posee raíces muy antiguas; prueba de ello son la caverna de Platón, los laberintos de los diferentes rituales iniciáticos del pasado ―incluidos los laberintos alquímicos conectados con la evolución espiritual―, los loci de la memoria en la tradición clásica, las representaciones de Descartes del teatro-mente, las analogías de Leibniz de la mente como un molino con cuartos en los que era imprescindible entrar para comprender su funcionamiento.

Svenbro, un especialista del mundo antiguo que se ha ocupado de psicología cognitiva, en su libro sobre la Phrasikleia, antropologie de la lecture en Grèce ancienne considera que el nacimiento de la tragedia griega fue un momento revolucionario para la cultura occidental porque los griegos nunca habían pasado antes por la experiencia de ver representados sus pensamientos y emociones sobre la escena, encarnados en los protagonistas de la trama. El autor se interroga sobre las consecuencias que puede haber tenido semejante espectáculo en la forma mentis de los griegos y sobre sus implicaciones cognitivas en la relación mente-cuerpo a través de los siglos, y concluye que la participación en la representación de la tragedia puede haber inducido, en ellos, la predisposición a revivir el espectáculo como proyectado en el espacio interior de la propia mente. Considerando las últimas investigaciones sobre la metáfora espacial (Morabito), dirigidas a la orientación de la cartografía interior desde el dominio concreto al abstracto, y a la importancia que se da actualmente al aspecto motor como fuente primaria de dichas metáforas, concuerdo con Svenbro en que la dinámica teatral de la tragedia griega puede haber desarrollado la tendencia a revivir como observador los propios pensamientos y emociones en el espacio de nuestro teatro interior.

El ojo espectador de la mente del período clásico prosigue durante la Edad Media y se amplifica en el Renacimiento, habiendo absorbido el desdoblamiento de la mise en abyme del drama isabelino, como también la fuerte influencia de la filosofía hermética.[2] La configuración hermético-arquitectónica de la mente la volvemos a encontrar en distintos momentos de la reflexión psicológico-literaria de la modernidad, primero con los hermanos William y Henry James a fines del siglo xix, más tarde con las representaciones ya más articuladas de Freud, hasta llegar a las estructuras superficiales y profundas de Jung. Es sintomático que también las ciencias neurocognitivas recurran a la metáfora de la mente como espacio estructurado en subcompartimentos, para construir sus modelos sobre el funcionamiento de la memoria y sobre la organización de la corriente informativa (recordemos el título del volumen del cognitivista J. R. Anderson: The Architecture of Cognition). Last but not least, señalemos la influencia de la literatura postmoderna, con la multiplicación de la focalización narrativa.

Sintetizando, podríamos decir que todos los espacios arquitectónicos se vuelven, en la cultura occidental, especialmente a partir del siglo pasado, proyecciones de una dimensión interior que se experimenta como forma espacial, impregnando las metáforas de la cotidianeidad y no solamente las obras literarias. Sobre este argumento, son interesantes las reflexiones del neuropsicólogo ruso Aleksandr Lurija, para quien la mente consiste en un andamiaje básico típico de todos los seres humanos, pero con una arquitectura individual históricamente determinada que se construye sobre la estructura-base, por lo cual hay una progresiva diferenciación de “estilos” arquitectónicos en la forma espacial interior, a través de los cambios culturales en el tiempo (Mecacci 48).

En este sentido, es importante recordar que, para Occidente, dos fueron los momentos críticos que llevaron a una modificación del espacio mental, en los últimos quinientos años. El primer momento se da con el nacimiento de la época moderna, a través del descubrimiento del Nuevo Mundo y de la astronomía, que expanden los confines de los dominios terrestre y celeste del universo y obligan a modificar la representación del macro y del microcosmos. Con el descubrimiento de América el planeta se vuelve uno y global, en el verdadero sentido etimológico, y todas las certezas que el hombre tenía hasta ese momento se derrumban. Sin embargo, si bien el momento histórico comporta grandes ampliaciones y cambios en los contenidos del conocimiento, no se modifica la organización compacta del saber, al cual se accede siempre con métodos y perspectivas unitarias. El Renacimiento es el fruto de esta primera globalización territorial y humana del planeta.

El segundo momento, tal vez más crítico desde el punto de vista cognitivo, se produce hacia el final del posmodernismo, alrededor de las dos últimas décadas del siglo pasado, cuando comienza a abrirse camino un nuevo paradigma del saber, la teoría de la complejidad. En este segundo momento, con el aumento ilimitado de la información y la fragmentación excesiva de las disciplinas, emerge una nueva figura, el especialista, con conocimientos analíticos de porciones restringidas del conocimiento. Con la expansión de la información los universos se multiplican, cada uno descrito con atributos cada vez más discordantes respecto a los otros, por lo cual los científicos más atrevidos se ven empujados a explorar territorios transversales y heterogéneos, a veces muy alejados de los recorridos disciplinarios de pertenencia, para poder salir de la fragmentación del saber. Ese segundo momento quiebra no solamente los contenidos sino también el mismo espacio del conocimiento, por lo cual es la certidumbre de la unidad del cosmos que se resquebraja, y el método de conocimiento se trasfiere a un segundo nivel: aprender a aprender (Fabbri y Munari 16-17).

 

3. Los aportes de Borges

Después de esta breve panorámica sobre la evolución histórica de la forma mentis del individuo, pasemos ahora a reflexionar en la idea de identidad que lo determina y sobre cómo se transforma la metáfora del espacio mental en nuestra época con la utilización de las nuevas tecnologías. En dicha transformación, Borges ha ofrecido un aporte visionario, poniendo los cimientos del paradigma de la complejidad, aporte que se puede escindir en dos aspectos, uno interno al texto y otro externo. El aspecto interno concierne la intensa capacidad innovadora de los textos borgesianos, tanto en la utilización insólita de lexemas y metáforas (recordemos por ejemplo, el verbo ‘fatigar’ en las acepciones usadas por el escritor) cuanto en las formas estructurales complejas que sostienen las historias relatadas. El aspecto externo podría, a su vez, desdoblarse en dos facetas, tanto por la importancia que Borges confería al hecho de contar historias cuanto por la escasa importancia que daba al yo que las narraba (esto último hace que nos preguntemos hasta qué punto el lenguaje puede expresar plenamente al sujeto que lo elabora, siendo el lenguaje un producto social y el sujeto, dueño de una experiencia que va mucho más allá de las posibilidades de expresión discursiva). Pero antes de comentar los aportes borgesianos, daremos una breve explicación de lo que actualmente se denomina “paradigma de la complejidad,” para poder entender mejor de qué modo el pensamiento y la escritura del escritor argentino han anticipado las transformaciones implicadas en dicho paradigma.

 

3. 1. El paradigma de la complejidad

En la nueva perspectiva, el sujeto epistémico ocupa una posición central en su doble función simultánea, de observador y actor de la situación observada. Doble función que implica, como mínimo, una doble descripción del fenómeno estudiado, pues en un sujeto plurilingüe aquélla se multiplica todavía más, volviendo la dinámica mucho más compleja y densa en connotaciones. La posibilidad de una descripción poliédrica (estrategia ampliamente usada por Borges) obliga a una multiplicación de las facetas subjetivas del observador, y acentúa el concepto de ‘alteridad’ en el binomio yo/otro, perteneciente a las intricadas mallas de la identidad individual. Tal posibilidad hace que el procedimiento de narrar y/o narrarse no implique solamente un acto literario, sino más bien “un pretexto para poder poner en evidencia las relaciones complejas que dan sentido al retículo de conexiones cognoscitivas, relacionales, afectivas, emotivas, sensoriales” (Fabbri x; la traducción es mía) que nos representan como sujeto complejo que conoce y se re-conoce. La teoría sistémica ha propuesto, en estos últimos años, un contexto metodológico que, al mismo tiempo que nos permite valorar nuestros contactos interdisciplinarios y los diferentes conocimientos que nos constituyen, nos provee de los instrumentos y metáforas necesarios para utilizarlos productivamente, especialmente en las situaciones de desafío.

En efecto, la complejidad engloba al sujeto y a su circunstancia en una red de interrelaciones que lo obliga a encarar un proceso no exento de riesgos ―si bien no siempre su peligrosidad resulta manifiesta―, pues adoptar las posibilidades del pensamiento complejo en la vida cotidiana y en la profesional, significa dar sentido, significado y actuación a lo que se observa y se experimenta desde la totalidad del sujeto y no solamente desde la racionalidad. Esa actitud cognoscitiva integral implica aceptar las dificultades e incertidumbres de lo desconocido, saber arriesgarse en las crisis de las nuevas encrucijadas que se van proponiendo y lograr orientarse en las desorganizaciones del caos, especialmente en los procesos de investigación real y concreta de situaciones polifacéticas. Significa también, fundamentalmente, un modo de conocimiento diferente en el que el observador-protagonista reconoce que una única perspectiva no es más suficiente y que, por consiguiente, la acción puede cambiarlo. La identidad, antes concebida como una estructura permanente a lo largo del tiempo, como núcleo de cohesión estable de la personalidad, ha asumido, de acuerdo con las teorías más actuales, la fluida movilidad de un proceso proyectivo que se construye y modifica a cada momento, en una constante re-estructuración de memorias, valores, modelos, creencias y conocimientos. Es, en parte, a esa compleja suma de “yoes” interiores a la que me refiero cuando hablo de disonancias cognitivas, pues la propia alteridad resuena, especialmente en el sujeto multicultural, con una polifonía que ―aunque no siempre armónica―, se revela fundamental en la comprensión y aceptación de la alteridad ajena. Borges es un buen ejemplo de cómo utilizar creativamente las disonancias cognitivas para enriquecer la propia identidad, que él mantenía en continua transformación gracias al diálogo constante con los signos individuales y sociales, que tejían e individualizaban la trama epistémica de su “burbuja semiótica.”

A propósito de “burbuja semiótica,” las teorías de Jakob von Vexkull y, posteriormente, de Heini Hediger, sobre la “burbuja” invisible e impalpable en la cual la vida de todo animal (comprendido el ser humano) transcurre, son especialmente útiles para comprender dicho proceso. Estas teorías, aplicadas al individuo, han sido retomadas y desarrolladas por Thomas Sebeok (11-72) y otros, en su interesante libro Semiotica dell’io. Por cuestiones de espacio, me limitaré a explicar brevemente la definición de identidad y de ‘burbuja semiótica’ que dicho autor propone.

 

3. 2. Identidad/Alteridad

Para Sebeok, el yo es un concepto dinámico en formación y consiste, en realidad, en una pluralidad de “yoes” que se van modificando con la transformación de los modelos del mundo que lo componen y que el cerebro construye, como función principal, en su interacción con los seres humanos. La “burbuja” que rodea al individuo durante toda la vida ―que se expande y restringe en relación con factores ambientales, culturales y vivenciales―, estaría compuesta por códigos de signos, verbales y no verbales (por ejemplo, el código genético, el inmunitario, el neural, el paraverbal, el lingüístico) que, a modo de red de múltiples semiosis, lo envolvería de modo impenetrable, impidiéndole percibir la realidad objetiva. Como consecuencia de esas “burbujas semióticas” que actúan como filtros entre el yo y el mundo, la percepción de los acontecimientos, así como de cualquier otro yo, tanto en la esfera personal como en la de los otros seres humanos, es siempre parcial e incompleta, por lo que nuestro yo cognitivo está constantemente ocupado en meta-interpretar, es decir, en interpretar sus propias interpretaciones del mundo: “Cualquier yo puede y debe interpretar el comportamiento observado de otro organismo únicamente como respuesta a las propias interpretaciones del propio universo” (Sebeok 36).

Según dicha teoría, la mente no es algo impenetrable que se encuentra situado en alguna parte de un único cuerpo sino que habitaría distintos lugares simultáneamente; es decir, que los pensamientos, las pasiones, las sensaciones y cualquier otra experiencia, no estarían localizados en un órgano específico del cuerpo o del cerebro; se moverían, en realidad, en los confines entre el organismo y el mundo, a modo de resonancia neuronal generalizada. De este modo, la identidad de cada uno trascendería los límites del cuerpo, abarcando esa zona de frontera pluridimensional que es la esfera semiótica, y la identidad del yo se constituiría en un proceso constante de metasemiosis Yo-Sé, en el cual el yo es modelado en los signos y se transforma continuamente a través de actos comunicativos y de textos narrativos, orales y escritos. Como diría Bajtín, el lenguaje presupone un interlocutor y el discurso del yo, desde esa perspectiva, no es nunca totalmente suyo, sino que resuena reenviando al discurso de los otros, en una ininterrumpida relación del pensamiento con la interacción social.

Para comprender y comprenderse, entonces, habría que observar actuando, dialógicamente, una dinámica observador-actor que abrace, simultáneamente, el yo nuclear y la zona de frontera interdisciplinaria que nos envuelve y nos contacta, al mismo tiempo, con los otros. Desde esa dinámica, el pensar complejo hace posible el conocimiento creativo, a partir de una interacción inter e intrapartes que nos permite, además, iluminar las zonas semióticas inconscientes que nos habitan. En realidad, estas consideraciones nos permiten deducir que la identidad puede ser considerada un concepto subjetivo que cambia descripción según la teoría que la sostiene y la cultura que la alimenta, lo cual significa que la forma de interpretar los acontecimientos depende de la pluralidad de modelos que hemos activado internamente a partir de los filtros neurológicos, culturales y vivenciales que han contribuido a construirlos. Las investigaciones llevadas a cabo en este sector, subrayan las relaciones de causalidad circular y recíproca que se producen entre los procesos de transmisión y transformación de la información cultural y la estructura de los procesos psíquicos individuales, entre los cuales se incluye la creatividad, que es un producto de la resolución innovadora de las inarmonías provocadas por las disonancias cognitivas.

 

3. 3. Las disonancias cognitivas, definición y funciones

Tal vez sea prudente, antes de proseguir con nuestro tema, aclarar el concepto de “disonancia” en el ámbito de las ciencias neurocognitivas. Para estas disciplinas los sistemas vivientes se colocan en lo que viene llamado “movimiento neguentrópico o de entropía negativa” (Morin 335-345), el cual contrariamente a la degradación entrópica del mundo inorgánico provoca un movimiento opuesto que tiende a una complejidad progresiva de estructuras, a la organización ordenada y heterogénea de los sistemas vivientes y a la diferenciación de funciones cada vez más amplias. El sistema nervioso es visto, según esta perspectiva, como una entidad biocultural en la cual las informaciones genéticas y culturales, introyectadas y elaboradas, se integran para permitir la reproducción de formas y estructuras invariables a través de proyectos biológicos y culturales llevados a cabo por genes y memes[3] transmitidos de generación en generación. El proceso de disonancia cognitiva se puede entender como un ejemplo de invariante del funcionamiento psíquico, pues las disonancias o incoherencias entre elementos cognitivos provenientes de los diferentes “yoes” de la mente, provocan movimientos funcionales que tienden a eliminarlas o a evitar que se intensifiquen, y hacen que la identidad del ser humano aumente progresivamente en complejidad y significación modificando, de este modo, su propia psique y el ambiente circundante. Por ese motivo, los desafíos del mundo y los conflictos emocionales y cognitivos que las disonancias pueden desencadenar, poseen una función basilar, pues obligan a una actuación repentina y creativa para resolverlos.

 

3. 4. Problemáticas

Esta sería la dinámica ideal a nivel teórico. Sin embargo, desde que la técnica y la informática han llevado al ser humano a reunirse en plazas de ciudades inexistentes y a vivir en una realidad hecha de campos de energía, ideas, memes, modelos y estados de ánimo conectados solamente con su cerebro, este pasaje de lo real a lo virtual ha producido un cambio contextual tan grande que el cerebro humano todavía no ha aprendido a diferenciar entre realidad externa y realidad interna, y a reaccionar según las nuevas coordenadas. La consecuencia es que el individuo sigue actuando según los peligros de la “jungla” de cemento exterior, cuando en realidad los peligros más grandes se encuentran en su propia mente. Los resultados más o menos inmediatos parecen ser, además del exceso de estrés y de los acostumbrados síntomas depresivos, las enfermedades del sistema inmunológico y neurológico y el envejecimiento precoz de las células nerviosas del cerebro (Davis 88). De allí que el sentimiento de asombro ante lo desconocido, antes muy apreciado y que Borges amaba provocar, hoy no genera más “maravilla” sino ansia, pues con la aceleración de los cambios y el consiguiente aumento de las disonancias cognitivas, con la modificación del concepto de tiempo, con los nuevo media electrónicos, con la inmersión constante en la realidad virtual y la abrumadora masa de información que la psique se ve obligada a manejar, la forma mentis se está modificando y las fronteras individuales de las burbujas semióticas que rodean al individuo están perdiendo sus contornos a favor de un proceso que podríamos definir, de “mentalización colectiva.” Todo ello ha contribuido a la pérdida del concepto de jerarquía y a la transformación del espacio interno en un lugar de frontera que no es más un escenario o una construcción arquitectónica, pues ha sufrido una transformación de estilo y de consistencia. La alteridad, con el exceso de disonancias cognitivas provocadas por un mundo en constante cambio, se ha vuelto desbordante respecto al núcleo identitario, mucho más inestable que antes debido a una dimensión intangible cada vez más lejos de la experiencia directa. La burbuja semiótica de Sebeok, frente a las nuevas coordenadas del saber, es probable que se haya transformado en un vórtice caótico en el cual convergen una miríada de burbujas no concéntricas sino abiertas, en forma de espirales que se entrecruzan unas con otras, con un no-centro que se mueve vertiginosamente en la pluralidad de dimensiones de la mente.

 

4. Borges y la función narrativa, desde las neurociencias

Borges, como sabemos, ha sido un buen ejemplo de la utilización creativa de sus alteridades, pues su burbuja semiótica ―tejida con las distintas herencias de sangre y de cultura, más las connotaciones aportadas por la situación familiar y contextual que le tocó vivir― anticipó el vertiginoso movimiento de disonancias que, a nivel colectivo, puede ser considerado una característica distintiva de este tercer milenio, con su fermento particular provocado por el auge de la interdisciplinaridad, por el fenómeno de la globalización y de los movimientos migratorios, por los cambios profundos en la concepción del trabajo y por el aumento intensificado de la información científica, que vuelve obsoletas las certezas acumuladas. Todos estos elementos, que contribuyen a densificar las problemáticas complejas del actual momento histórico, nos permiten, sin embargo, señalar que hay tiempos cognitivos diferentes que permiten construcciones del saber de densidad e importancia variables; tiempos y modos que hacen que nos escuchemos, según la ocasión, con símbolos y metáforas que se adaptan a las circunstancias y nos impulsan a releer, desde la edad adulta, las vivencias de nuestras vidas que han sido determinantes para madurar etapas y modificar nuestras coordenadas mentales.

Por eso la función narrativa, considerada desde el paradigma de la complejidad, se vuelve importante en la construcción de nuestra identidad in progress, pues ella nos da, en primer lugar, la oportunidad de escucharnos desde la polifonía de nuestro mundo interior (y recordemos cuánto era importante para Borges escucharse mientras componía en voz alta sus textos poéticos; textos que se transformaban en verdaderos mantras acústicos portadores de “infinito,” a través de la constante reiteración de formas y sonidos). En segundo lugar, nos permite la utilización sistémica del lenguaje para elaborar historias de vida desde diferentes posiciones perceptivas y, por qué no, metafóricas (pensemos en las diferentes identidades ficticias que se construyen a través del chatting virtual); estrategia que Borges utilizó en sus cuentos ya en los años 40. Por ejemplo, en “El Sur”, Borges se sirve del cuento para modificar idealmente su autobiografía; en “La casa de Asterión”, invierte completamente la perspectiva y hace al lector hacer un doble y triple recorrido por los meandros del texto, hasta comprender plenamente los entretelones estructurales de su pensar especular; también en “Tema del traidor y del héroe,” Borges utiliza el texto como reprogramación y anticipación de la historia, proponiendo argumentos literarios en una serie de textos que influirán sobre series o realidades futuras, convirtiendo así relaciones textuales en relaciones causales y viceversa. En realidad, como bien dice Pezzoni:

todo texto es siempre una conspiración para Borges. Es decir, una red de subterfugios para inventar un suceder, una serie con un principio de concatenación que el texto propone [...] El texto se ofrece como ejemplo de los procedimientos con que trabaja la literatura, y se ofrece como texto leído también. Es decir, el texto es una doble producción: producción de sentidos al imaginar una trama posible, una conspiración posible textual, y además una producción de sentidos por el que recibe el texto e interviene en la producción de sentidos. (60)

Los últimos descubrimientos de las neurociencias sobre el funcionamiento especular de las neuronas mirror, nos permiten comprender a nivel científico, y no simplemente especulativo, por qué la lectura de Borges (y, en general, toda la literatura universal) ha podido ser un instrumento de transformación tan importante para el lector atento y receptivo. En efecto, dichas neuronas poseen un comportamiento peculiar, pues se activan con solamente la sincronización de la mirada en las acciones llevadas a cabo por los otros, sin necesidad de realizar el movimiento en primera persona (Pagnoni 73). Ello reviste extremo interés por las consecuencias que se pueden extraer tanto en lo que concierne la génesis del lenguaje humano como a la función de las metáforas cognitivas en la dimensión literaria, pues la estrecha conexión que hay entre el circuito motor, el lingüístico y las neuronas mirror nos permite inferir la importancia vital de la función narrativa en la evolución de la especie humana y en el desarrollo del saber. Lo cual significa, aplicado a Borges, que sus historias, leídas o representadas (en la mente del lector o en cine, televisión o teatro), pueden actuar como potenciales desencadenantes de la actividad neuronal intensificada del observador-lector, según la mayor o menor participación de éste en la escena que está leyendo/observando.

Considerando entonces los textos borgesianos desde las neurociencias, podemos conjeturar que la lectura de los mismos, con las diferentes versiones de un mismo acontecimiento, y con la utilización de estructuras especulares y/o paradójicas, incrementa las disonancias cognitivas; como consecuencia, debe haber provocado probablemente, en el siglo pasado, un aumento de complejidad en las estructuras neuronales de los lectores asiduos ―pocos―, preparados a escuchar atentamente y activamente la pluralidad de historias y de sentidos que sus textos transmitían y generaban. Precisamente por esa razón, Borges no fue comprendido en su momento, y en cambio hoy es escuchado y aplaudido universalmente, porque el lector medio actual ha modificado su forma mentis, madurando las coordenadas necesarias para poder asimilar las disonancias generadas por textos que pertenecen, por su complejidad, más a nuestra época que a la época en la que fueron escritos.

Por tal motivo, en el momento presente, a la pregunta sobre quiénes somos, pregunta que antes o después surge en la mente humana, se responde con la clásica fórmula de contar una historia, porque se ha comprendido la importancia funcional de las narraciones polifónicas, propias y ajenas, en la construcción de la propia identidad; construcción que cambia notablemente según la perspectiva que se elige. Ello explica el auge de la autobiografía ―un entretejido de historia y mito― como técnica narrativa en el campo de la formación e, incluso, en territorios insólitos como la publicidad, el marketing, el knowledge management, la política, pues se está descubriendo la potencialidad de las formas narrativas como modelos de interpretación del mundo, además de instrumentos de reestructuración de las historias de vida.

 

4. 1. Los aspectos dinámicos del idioma

Antes de concluir, me gustaría proponer una última reflexión en relación con la capacidad innovadora de la escritura borgesiana. Me parece importante señalar que la comprensión de la complejidad debería suponer, precisamente, un uso innovador del idioma, a partir de un modo diferente de ver y de re-pensar las estructuras sintácticas. En efecto, la mirada tradicional, en las lenguas occidentales, está dominada por la estructura secuencial sujeto-verbo-objeto, que tiende a la fragmentación analítica del pensamiento, mientras haría falta un uso lingüístico flexible, basado en el movimiento, donde sea el verbo el poseedor de la posición prioritaria (algo se ha elaborado con esta perspectiva en el campo de la gramática de valencias). Al respecto, quisiera mencionar la teoría del físico David Bohm, que propone un “rheomodo” lingüístico (rheo es la raíz del verbo griego que significa ‘fluir’), donde la lengua pueda ser repensada como proceso más que como estructura, y donde pueda probarse su utilización en forma más libre y más informal (54-79). Bohm provee algunos ejemplos de renovación creadora de verbos como re-levar, re-ordenar, re-di-ver (de ‘dividir’), que muestran los aspectos insólitos que pueden adquirir los signos verbales, si son utilizados según las connotaciones implícitas normalmente presentes en su raíz y trascuradas por el uso cotidiano. Claro, habría que ejercitarse también en la capacidad de escuchar con todo el cuerpo (Tomatis 126-127) para poder incrementar los aspectos innovadores y sistémicos del lenguaje pues, con el exceso de rumores circundantes, el ser humano ha perdido la posibilidad de adquirir y elaborar los sonidos inusuales de la propia lengua, por lo cual ésta se ha empobrecido y endurecido notablemente, en relación con su extraordinaria riqueza potencial.

Tenemos que admitir que el modo proyectivo descrito por Bohm puede ser, por el momento, sólo esbozado metafóricamente, pero es posible que en un futuro no tan lejano, una aceptación más amplia de la complejidad lleve a cambios efectivos en el comportamiento lingüístico.

 

5. Conclusiones

Finalizo con unas pocas reflexiones, que serán breves por problemas de espacio, y remito a un futuro trabajo para las explicaciones detalladas. En un mundo donde se habla, casi diría, demasiado de comunicación, tal vez porque ella se ha vuelto una realidad virtual, con interlocutores sin nombre ni rostro, la traducción de la otredad, en sentido amplio, y la actuación plurimodal como respuesta compleja, parecen responder a la función que en el cerebro poseen las neuronas mirror: traducir y responder a lo desconocido, utilizando la organización de los sistemas ya conocidos.

Ahora bien, como han demostrado las investigaciones de las neurociencias, nuestros sentidos, para poder funcionar, están programados para percibir los contrastes y diferencias de un mundo asimétrico y no equilibrado (resultados que confirman las teorías de Lotman[4] y de Matté Blanco), mientras la necesidad de armonía interior del ser humano requiere un estado de perfecta simetría. Según mi criterio, las complejas problemáticas del momento actual, con el exceso de disonancias que provoca, incentiva la asimetría ―especialmente en los habitantes de los macronúcleos urbanos con mayor desarrollo terciario― y produce en la estructura de la identidad un movimiento de fuerte descentralización, semejante, en parte, al efecto que provocan los textos de Borges. La diferencia es que dichos textos, habiendo sido sabiamente dosificados y equilibrados con los conocidos procedimientos reiterativos de metáforas, de historias, de estructuras y lexemas, llevan a incentivar la sensación de simetría y hacen que el cerebro produzca altas dosificaciones de serotonina y de endorfina, mensajeros químicos que aumentan el placer y la satisfacción (efecto que ―se ha comprobado― poseen también algunos textos policiales, como los de Agatha Christie).[5]

En efecto, la reiteración de formas borgesianas quita poder a las asimetrías provocando, en el lector asiduo, un estado de ánimo “oceánico” que equivale a lo que las neurociencias denominan “fusión aural” (Demartini 92), portadora de un perfecto equilibrio y de un inmediato estado alterado de conciencia. Actualmente, esta dimensión casi hipnótica, el navegante de la web la consigue, sin saberlo, con muchas estrategias hoy usuales pero que en los tiempos de Borges eran desconocidas. Estrategias en las que podemos “leer” indirectamente la enorme influencia que los procedimientos de la escritura borgesiana han ejercido sobre las generaciones sucesivas de escritores y de pensadores. Es casi inútil repetir la famosa y visionaria frase de Borges: “Una literatura difiere de otra, ulterior o anterior, menos por el texto que por la manera de ser leída; si pudiéramos leer cualquier página actual como la leerán en el año 2000, sabríamos cómo será la literatura en el año 2000” (218).

 El problema es que, para el ser humano de nuestra época, la excesiva activación de las disonancias cognitivas no encuentra un fácil remedio para equilibrar la asimetría y el ansia que ella provoca; además, la aceleración de los tiempos impide en gran parte la recuperación de la lectura “atemporal,” ese intervalo del ocio y de la lectura meditativa que Horacio defendía agudamente con su carpe diem. El resultado es la búsqueda ilusoria de un Centro interior que otorgue equilibrio a través de psicoterapias breves que actúan a nivel superficial, o de técnicas meditativas fáciles y rápidas que, fuera de contexto, no producen los resultados de armonía y de integración psíquica requeridos, precisamente porque faltan las coordenadas mínimas de tiempo, voluntad y calma imprescindibles para que puedan funcionar. De todos modos, los conceptos de alteridad y diferencia demuestran que hay muchos caminos que conducen al Centro, caminos que dependen de una pluralidad de contextos históricos y sociales que obligan a ampliar los horizontes hermenéuticos y a generar nuevos paradigmas de condivisión ética de objetivos, si queremos sobrevivir como especie.

La situación compleja del presente, donde la realidad se percibe policéntrica, radial y desde una pluralidad de perspectivas, requiere una nueva dimensión metodológica del conocimiento (aprender cómo aprender a aprender, aprendiendo, según Fabbri y Munari 150) y una respuesta que implique la construcción de nuevos campos metafóricos interrelacionados que representen transversalmente las nuevas formas del saber. Aunque actualmente estamos atravesando una etapa de pasaje y debemos todavía movernos en una sociedad donde las instituciones actúan globalmente según el radicado sistema jerárquico y patriarcal, hay que tener presente que la realidad emergente está tan entretejida de sistemas y subsistemas interconectados y paradójicos, que sólo con una respuesta compleja lograremos responder creativamente al desafío de la complejidad, para poderla transmitir en un segundo momento. Es probable que el vertiginoso movimiento de descentralización en que vivimos hará que se diluyan rápidamente los confines y el concepto de jerarquía, y es entonces que se producirá fácilmente el fenómeno de bi-unificación aural a todos los niveles: neurofisiológico, con la fusión aural; perceptivo y cognitivo, con una mayor integración de la conciencia (estado denominado flow of consciousness) (Csikszentmihalyi and Csikszentmihalyi); metodológico, con el nivel de aprendizaje 3, ya mencionado. La imagen metafórica que se aproxima a este universo pertenece siempre a Borges, al famoso cuento de 1941, “El jardín de senderos que se bifurcan,” incluido en Ficciones, un laberinto sin centro y sin fronteras que asombra por las enormes potencialidades, positivas y negativas, que esconde.

La nueva identidad tendrá características emergentes que no podemos prever, pero seguramente continuará siendo percibida como proyecto histórico en formación más que como entidad estática. De tal modo, los cambios obligarán a un salto de nivel que se concretizará en narraciones y autonarraciones in progress, capaces de atribuir nuevos significados y de construir nuevas realidades que, a su vez, en un movimiento de circularidad abierta, lograrán transformarnos y nos permitirán comprender mejor las problemáticas imprevisibles de la sociedad del mañana.

Y ahora sí quisiera concluir con dos preguntas abiertas: ¿la nueva identidad in progress que está surgiendo pero cuyo dibujo final no podemos prever, logrará responder a las problemáticas del tercer milenio? ¿Los textos de Borges, siempre actuales, tendrán dentro de los próximos veinte o treinta años, la misma vigencia, con la vertiginosa mutación de identidad de sus lectores? Al futuro la palabra.

 

Obras citadas

 

Anónimo. “Il segreto di Agatha Christie? <I libri producono endorfina>.” Corriere della Sera. 31 diciembre 2005.

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---, e Alberto Munari. Strategie del sapere. Milano: Guerini e Associati, 2005.

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Notas

[1]  Recordemos que ‘teoría’, al igual que ‘teatro’, proviene de una raíz griega que significa ‘ver’, por lo cual es más un modo de percibir que un modo de conocer. Es importante subrayar esta tonalidad semántica por las implicaciones que se derivan de ella.

[2] Menciono, a título de ejemplo, la obra del monje veneciano Francesco Giorgi (1466-1540), intitulada De harmonia mundi (1525), obra muy consultada por los poetas y que ejerció una gran influencia en la Inglaterra isabelina, a pesar de que en el siglo xvi pasó a formar parte de los volúmenes censurados por el Index. El neoplatonismo de Giorgi seguía la tradición pitagórica de la armonía del micro y del macrocosmos, fundada sobre la ley numérica de la divina proporción; seguía también la teoría de la arquitectura de Vitruvio, que para Giorgi tenía un significado religioso conectado con el templo de Salomón (Yates 43-48). Para la referencia entre literatura y alquimia, véase “El código secreto en la obra de Borges” (Ricci 177-199). Recordemos que la filosofía hermética se conectaba con la famosa Tabula Smaragdina de Hermes Trismegisto a través de la bibliografía alquímica; equivalencia analógica que, creo, tuvo mucha influencia en la construcción de algunos conceptos de las ciencias neurocognitivas actuales.

[3] La palabra, acuñada por Dawkins, deriva del griego mimeme: repetir por imitación; y ha sido abreviada en meme por asonancia con la palabra “gene.” Es utilizada con el significado de “unidad o artefacto de información cultural” (Inghilleri 7).

[4] Al respecto, se aconseja la lectura del libro de Pampa Arán y Silvia Barei, Texto/memoria/cultura, el pensamiento de Iuri Lotman, en especial el punto 2.2 “Funciones de los textos” (46-50).

[5] Véase el artículo anónimo, “Il segreto di Agatha Christie? <I libri producono endorfina>.” Corriere della Sera. 31 diciembre 2005. s.p.